El Codex Calixtinus

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Liber Sancti Iacobi. Codex Sancti Iacobi. Liber Calixtinus. Codex Compostelanus. Diversos nombres para denominar la compilación que, realizada bajo el papado de Calixto II (1119-1124), iba a servir de guía espiritual a todos aquellos que emprendieran la más famosa de las peregrinaciones medievales, la que llevaba al Finis Terrae del mundo conocido, recogiendo una tradición que se remonta varios milenios atrás, vinculada con la devoción a la naturaleza y el culto solar.
En la Catedral de Santiago de Compostela, enclave mítico de la cristiandad, se conserva la copia más fidedigna del llamado Codex Calixtinus o Códice Calixtino, compilación de textos realizada a mediados del siglo XII y que recoge los datos relacionados con el culto a Santiago y los avatares de la peregrinación destinada a venerar sus reliquias. No puede analizarse la importancia del Camino de Santiago sin el saber que encierra el Codex Calixtinus, pues en él se encuentra la justificación del movimiento medieval que se conoce como la “Europa de las peregrinaciones”. No se tiene certeza de dónde ni quién compiló los cinco tratados que lo conforman, aunque todo parece apuntar al monje cluniacense de mediados del siglo XII Aymeric Picaud, acompañante del pontífice Calixto II en su peregrinación a Santiago, allá por el año 1109. Lo único cierto es que su existencia pronto adquirió gran relevancia, fortaleciendo el descubrimiento de la tumba del santo y haciendo de Compostela el gran centro de los milagros europeos.

Un libro de libros
El Códice Calixtino recoge cinco libros, independientes en su temática, pero directamente vinculados con el culto al apóstol Santiago y los avatares propios de la peregrinación destinada a venerar sus santas reliquias. El primero de ellos, conocido como “Libro de las Liturgias”, supone casi la mitad de todo el manuscrito y contiene sermones y homilías relacionados con el culto de Santiago en su catedral. El segundo, denominado “Libro de los Milagros”, refiere hasta veintidós milagros realizados por el santo en sus devotos. En su introducción, escrita por el Papa Calixto, se hace mención expresa de la universalidad con que eran conocidos los prodigios del santo: “…al recorrer tierras extranjeras, conocí algunos de estos milagros en Galicia, otros en Francia, otros en Alemania, otros en Italia, otros en Hungría, otros en Dacia, algunos también allá de los tres mares, diversamente escritos, como es natural en diversos lugares…”. Los milagros de Santiago generalmente nos presentan una dimensión plural en su lectura que tiene plena relación con los viajes emprendidos por los peregrinos. Así, explican al viajero que en su recorrido está protegido por el Apóstol, que la peregrinación perdona los pecados de quien la ejecuta y que por la fe, es salvado de los peligros tanto corporales como espirituales. Santiago sana, castiga al maligno, da seguridad en el viaje, ayuda en todo momento y perdona la maldad. Estas acciones del Santo resumen el contenido de sus milagros, que por lo general, suponen adaptaciones de otras leyendas de naturaleza hagiográfica. El tercer libro, el más breve, da cuenta de la traslación del cuerpo del Apóstol de Jerusalén a Galicia, de su llegada a Iria Flavia y su posterior enterramiento en Compostela. El cuarto, conocido como “La leyenda de Turpín”, es el más conocido y estudiado, el que ha dado una resonancia mayor al Códice Calixtino. En este libro-crónica atribuido a Don Turpín, versión legendaria del arzobispo Tilpino de Reims, contemporáneo de Carlomagno, se recoge lo más notable de la leyenda de Roldán, se presenta a Carlomagno como prototipo de caballero cruzado, promotor y benefactor de la iglesia del apóstol, al recibir instrucciones del propio Santiago para descubrir su sepulcro en Galicia, liberar y proteger contra los mahometanos el camino que conduce a él. Fiel a este mandato, Carlomagno realiza una expedición en la que enriquece la catedral de Santiago y da fuero especial a su iglesia. Por último, el quinto libro o Liber Peregrinationis, comprende la descripción de la ruta de peregrinación, el llamado “Camino Francés”, con indicaciones topográficas y ambientales muy precisas, más una segunda parte dedicada a la ciudad de Santiago y la descripción minuciosa de su catedral.

Un camino de estrellas
Un día, en Galicia, un ermitaño vio unas extrañas luces mientras oraba en la ermita de San Fiz de Solovio, y decidió contárselo al monje Pelagio, quien acudió para comprobarlo por sí mismo y procedió, a continuación, a informar al obispo Teodomiro. Decididos ambos a desentrañar el misterio, excavaron en el terreno donde emergía la brillante luz y fue entonces cuando, en aquel remoto paraje situado al final de la tierra conocida, encontraron un sarcófago de piedra que, según los entendidos de la época, contenía los restos del apóstol Santiago el Menor. El arcón, denominado desde entonces “Arca Marmórea”, se había fundido con la tierra y había permanecido oculto durante siglos en lo alto de la colina que, a partir de entonces, fue conocida como Pico Sacro.

Décadas después, el obispo Diego II Gelmírez ordenó la construcción de la primitiva iglesia que acogería definitivamente los sagrados restos. Gelmírez poseía buenos contactos con la monarquía reinante; no en vano había sido canciller de Raimundo de Borgoña, primer esposo de Doña Urraca de Castilla, y protegido de su hermano Guido de Borgoña, que luego habría del alcanzar el pontificado con el nombre de Calixto II. Fue precisamente este Pontífice quien envió a Compostela a su mayordomo o canciller Aymeric Picaud, para que escribiese una guía de peregrinación y le informase del fenómeno compostelano. Nacía así el Códice Calixitino y se institucionalizaba la mayor de las peregrinaciones cristianas del medievo, punto de encuentro para europeos de todas las nacionalidades que veían en el camino una forma de lograr la redención a sus pecados y la concesión de sus deseos.

Las luces que vio Pelagio en el Pico Sacro no fueron las únicas constelaciones del camino. De hecho, a lo largo de los más de ochocientos kilómetros que el peregrino jacobeo recorre no hace más que seguir, en la Tierra, la huella estelar de la Vía Láctea.

¿Santiago o Prisciliano?
Resulta sorprendente que fuese Santiago el apóstol elegido como patrón de una de las rutas de peregrinación más importantes de la cristiandad. Aunque, según los Evangelios, era uno de los apóstoles predilectos de Jesús, lo cierto es que fue uno de los menos populares en los primeros siglos de nuestra era. Carente de la dimensión histórica de Pedro, sin el prestigio que le podría haber dado la evangelización de un territorio o país, recibió por parte de la cristiandad primitiva un culto y veneración que podrían ser calificados como fríos.

Esta situación cambia radicalmente en pleno siglo IX, cuando se halló en Galicia lo que se consideró su cuerpo. La primera noticia que tenemos sobre una posible evangelización de España por Santiago es muy tardía, hacia principios del siglo VII. Se trata de un Breviarium Apostolorum, escrito en latín por autores occidentales que, siguiendo fuentes bizantinas, atribuían el occidente europeo a la actividad evangelizadora de Santiago, Felipe y Mateo.

De cualquier forma, Santiago no se convirtió en el ideal patrio hasta el siglo VIII, cuando los resistentes astures, esforzados en la configuración de un Estado que debía forjar su desarrollo frente al poderoso enemigo musulmán, decidieron abonar la idea de un santo protector particular; nacía Santiago Matamoros y la legendaria batalla de Clavijo. Según la tradición, el apóstol se apareció supuestamente al rey Ramiro y le prometió la victoria. Santiago descendió de los cielos sobre un corcel blanco, con coraza de plata y la bandera con la cruz, matando a más de setenta mil moros. Hoy sabemos que dicha batalla nunca existió, si bien sirvió para fomentar el ardor guerrero de las tropas astures que batallaban por recuperar, palmo a palmo, una Península tomada por los musulmanes.

Hay autores que sostienen que el cuerpo que reposa en la tumba del Apóstol pertenece, en realidad, a Prisciliano, un heresiarca gallego decapitado en Tréveris en 385 y llevado por sus discípulos a Galicia para ser enterrado en secreto. El priscilianismo había arraigado en el noroeste hispánico y Prisciliano fue el primer cristiano condenado a muerte por otros cristianos a causa de un delito de opinión.

Culto milenario de Finis Terrae
La leyenda de Prisciliano es una más de las muchas que corren sobre los orígenes paganos del Camino de Santiago. De hecho, algunos historiadores afirman que, aunque la supuesta tumba del apóstol no se encontró hasta el siglo IX, los desplazamientos religiosos al fin peninsular se remontaban varias centurias atrás. La fuerte tradición celta de la zona y el culto a la naturaleza propio de ella, harían de éste un lugar idóneo para admirar dos destacados prodigios: el final de una Tierra que era engullida por una imponente masa de agua, y la puesta diaria del Sol, que sugeriría la muerte material del astro rey de la creación.

En la cultura celta, más allá del Finis Terrae estaría la Isla de la Juventud, donde no podían llegar la muerte ni el dolor; donde, incluso, el propio Sol ponía fin a su esplendor. El triunfo del cristianismo hizo con estas creencias paganas lo que con otras muchas: cubrirla de un velo de ortodoxia y suplantar el camino que llevaba al final de la Tierra, siguiendo la Vía Láctea, por la peregrinación hasta las reliquias del apóstol favorito de Jesucristo. La difusión del Códice Calixtino y la transformación de su quinto libro como la primera guía del Camino de Santiago contribuyó, de esta forma, a mantener viva una tradición celta milenaria.

Carlomagno y Santiago
La obra atribuida a Aymeric Picaud no sólo enlazó con el pasado más remoto de la legendaria Galicia, sino que contribuyó, de manera evidente, a fomentar las leyendas vinculadas al ciclo carolingio y su relación con el culto jacobeo. Así, los escritos del obispo Turpín, que constituyen el cuarto libro del Códice Calixtino, nos hablan de un Carlomagno que vino a España a liberar el sepulcro del apóstol.

Dividido en 21 capítulos, donde se relatan los 14 años de campañas de Carlomagno contra los musulmanes, la crónica de Turpín comienza por la aparición al monarca de Santiago, que le recrimina el olvido de su tumba en poder de los paganos, señalándo la Vía Láctea como camino a seguir para llegar hasta su túmulo y liberarlo del poder musulmán.

Resulta interesante poner de manifiesto las palabras que pronuncia Santiago en su aparición al rey, porque es ahí donde radica la fuerza de la posterior presencia en la tradición de Carlomagno en el Camino de Santiago: “El camino de estrellas que viste en el cielo –se refiere a la Vía Láctea– significa que desde esta tierras a Galicia has de ir con un gran ejército a combatir a los pérfidos paganos, y a liberar mi camino y mi tierra, y a visitar mi basílica y sarcófago. Y después de ti irán allí peregrinando todos los pueblos, de mar a mar (…) y por tus trabajos te conseguiré del Señor en los cielos una corona, y hasta el fin de los siglos será tu nombre alabado…”.

Relata a continuación las conquistas realizadas por España, la fundación de iglesias, así como las diversas batallas y controversias religiosas. De vuelta a la Galia, cuando el grueso de su ejército había traspasado los Pirineos, la retaguardia, mandada por su sobrino Roldán, se vio sorprendida en Roncesvalles por una emboscada de cincuenta mil sarracenos, que atacaron en doble oleada. El ejército franco consiguió vencer a la primera, pero la segunda acabó con él. Roldán, malherido, sopló el cuerno que llevaba para avisar a su tío, con tal ímpetu, que reventó sus venas. Viéndose morir, para que su espada Durandal no cayese en manos enemigas, la golpeó contra una roca, sin lograr otra cosa que hendir la peña. Hasta el día de hoy, los peregrinos se detienen a contemplar esta hendidura.

Una peregrinación didáctica
La institucionalización del llamado “Camino Francés” como vía principal de peregrinaje a Santiago de Compostela, merced a la labor difusora del Códice Calixtino, estableció un recorrido en el que se repiten, sistemáticamente, símbolos vinculados con uno de los juegos tradicionales más famosos de Occidente: el de la Oca.

La Oca es un juego infantil tradicional conocido en toda España, que tiene en la Edad Media y en el Camino de Santiago su origen. Era un juego cabalístico de 63 casillas, del que sólo sabían alquimistas e iniciados, con las señales de las ocas, los puentes y las vieiras del itinerario como símbolos crípticos. En el propio trazado del Camino de Santiago Francés, los mojones que jalonan el periplo y sirven de guía al peregrino se encuentran también marcados por la forma de la pata de una oca en color amarillo. Además, en Logroño el juego está representado en una plaza y su catedral se encuentra sobre un cauce de agua, que junto con todos los puentes que atraviesa el peregrino o caminante son los que aparecen representados en el tablero de la Oca.

Expertos en simbolismo hacen del mismo una ruta de peregrinación espiritual en la que se deben superar ciertas pruebas. Como en todo juego, se busca ganar, lo que en este caso concreto equivale a trascender y a adquirir conocimiento. Hosterías, puente, laberinto, pozo, cárcel y muerte constituyen figuras clave para entender este juego de iniciación. El puente es el primer reto o prueba de un sistema iniciático: representa la transición entre dos formas de vida: la profana y la sagrada. La figura del laberinto muestra lo fácil que es perderse y afirma la idea de un saber que no es intelectual ni se sustenta en los típicos argumentos racionales: se trata de un saber puro, que proviene de la intuición. El pozo simboliza la conexión entre lo interno y lo externo. El agua se encuentra escondida; no se halla como en lagos, ríos o mares. Se trata del elemento purificador por excelencia. Su situación oculta, dentro del pozo, equivale a sabiduría. La cárcel simboliza el concepto de ser prisionero de uno mismo, así como el castigo que se impone al que viola la ley. La muerte representa una última prueba. El individuo que juega, el peregrino, debe morir. Quien ha recorrido el camino y satisfecho todas las pruebas ha conocido la clave. Este conocimiento le propicia una muerte en el sentido conceptual y tras ella sigue su nacimiento a una forma de vida que le permitirá trascender.

FUENTE: http://www.akasico.com

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