EL ORIGEN DEL MARTES 13

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“La conducta supersticiosa se asocia con actividades imprevisibles y en las que el resultado es importante. Los trabajos peligrosos, los juegos de azar, los exámenes o los acontecimientos deportivos están típicamente asociados con rituales supersticiosos. Los rituales además se convierten en una profecía autocumplida, en la que proporcionan al individuo la ilusión del control. Esto vacuna hasta cierto punto al individuo contra el estrés que provoca la incertidumbre.”

Bruce Hood, psicólogo, autor del libro “Supersentido, por qué creemos en lo increíble”

Las supersticiones, como dice Hood, son las consecuencias de una locura habitual que duermen en nuestro razonamiento intuitivo. Y no hay que tomarlas como algo vanal, porque son el origen de muchas de nuestras costumbres (el lapiz de ojos, el salario, la tenencia de mascotas…) y provienen de muchas culturas.

Loki y su invento, la red de pesca.
La inquietud relacionada con el número trece es la que hoy en día afecta a más gente. Los franceses, por ejemplo, nunca dan a las señas de una casa el número trece. En Italia, la lotería nacional lo omite. Las líneas aéreas internacionales saltan ese número en las filas de asientos de los aviones. En los Estados Unidos, los modernos rascacielos, comunidades de propietarios y edificios de apartamentos dan al piso que sigue al 12 el número 14.

Esta superstición se remonta a la mitología nórdica en la era precristiana. A un banquete en el Valhalla fueron invitados doce dioses. Loki, el espíritu de la pelea y del mal, se coló por las buenas, con lo que el número de los presentes llegó a trece. En la lucha que se produjo para expulsar a Loki, Balder, el favorito de los dioses, encontró la muerte.

El mal de ojo también se encuentra en todas las culturas. Una de las teorías más aceptadas por los folkloristas se refiere al fenómeno del reflejo en la pupila. Al mirar a los ojos de una persona, nuestra propia imagen, minúscula, aparecerá en la parte oscura de la pupila. y, de hecho, nuestra palabra “pupila” procede de la palabra “pupilla”, que en latín significa “muñequita”.
Los egipcios tenían un curioso antídoto contra el mal de ojo: el kohl, el primer cosmético de la historia. El lapiz de ojos. Unos círculos de pintura oscura alrededor de los ojos absorben la luz solar y, por consiguiente, minimizan el reflejo en el ojo. Este fenómeno les es familiar a los futbolistas y jugadores de béisbol, que se aplican una grasa negra debajo de cada ojo antes del partido. Los antiguos egipcios, que pasaban largo tiempo bajo la cruda luz del desierto, pudieron haber descubierto por su cuenta este secreto, e ideado esta máscara, no primordialmente con fines de embellecimiento, como suele creerse, sino para otras finalidades de tipo práctico y supersticioso.

Para los romanos, la sal era un elemento tan valioso para condimentar las comidas como para curar heridas, y por tanto acuñaron expresiones en las que se utilizaba esta palabra. “No vale su sal” como oprobio para ciertos soldados romanos, a los que se les daban estipendios especiales para sus raciones de sal, llamados salarium —“dinero de sal”, origen de nuestra palabra “salario”. Por eso da mala suerte derramar sal (y parece que también el salario a fin de mes)

Otra manía nuestra en relación con la buena suerte es la costumbre de tocar madera. Una costumbre que data de hace 4.000 años y que iniciaron los pobladores de Norteamérica. Pero históricamente el árbol que debía tocarse era un roble, venerado por su majestad, su considerable altura y sus poderes mágicos.

Pero si hay una cosa que muchas personas creen que trae mala suerte es romper un espejo. Es una de las más extendidas supersticiones todavía existentes, como portadoras de mala suerte. Se originó mucho antes de que existieran los espejos de vidrio. En el siglo VI antes de Cristo, los griegos habían iniciado una práctica de adivinación basada en los espejos y llamada catoptromancia, en la que se empleaban unos cuencos de cristal o de cerámica llenos de agua. Se suponía que revelaba el futuro de cualquier persona, cuya imagen se reflejara en la superficie del mismo. Los pronósticos eran leídos por un «vidente». Si uno de estos espejos se caía y se rompía, la interpretación inmediata del vidente era que la persona que sostenía el cuenco no tenía futuro

Según la tradición, Dunstan, herrero de profesión pero que llegaría a ser arzobispo de Canterbury en el año 959, recibió un día la visita de un hombre que le pidió unas herraduras para sus pies, unos pies de forma sospechosamente parecida a pezuñas. Dunstan reconoció inmediatamente a Satanás en su cliente, y explicó que, para realizar su tarea, era forzoso encadenar al hombre a la pared. Deliberadamente, el santo procuró que su trabajo resultara tan doloroso, que el diablo encadenado le pidió repetidamente misericordia. Dunstan se negó a soltarlo hasta que el diablo juró solemnemente no entrar nunca en una casa donde hubiera una herradura colgada sobre la puerta.

El temor a los gatos, especialmente a los negros, surgió en Europa durante la Edad Media, particularmente en Inglaterra. Los gatos callejeros eran alimentados a menudo por ancianas pobres y solitarias, y cuando se propagó en Europa una oleada de histeria, en la que muchas de esas mujeres carentes de hogar fueron acusadas de practicar la magia negra, los gatos que les hacían compañía —especialmente los negros— fueron considerados culpables de brujería por asociación de ideas.

Otra de las supersticiones que, además de traernos mala suerte nos puede perjudicar, es la de pasar por debajo de una escalera. Una escalera apoyada en una pared forma un triángulo, figura considerada desde largo tiempo, por muchas sociedades, como la expresión más común de una trinidad de dioses. Por ejemplo, las tumbas piramidales de los faraones se basaron en planos triangulares. De hecho, pasar una persona corriente a través de una entrada triangular equivalía a desafiar un espacio santificado.

Dicen que la persona que persigue la buena suerte, debiera llevar consigo la pata de un conejo. Su origen está en la antigua creencia de que cada pueblo descendía de un animal, que no podía ser cazado ni comido, son los totems. Todavía seguimos esta costumbre a través de las mascotas, de los equipos deportivos por ejemplo. En cuanto al conejo, los celtas, creían que este animal pasaba tanto tiempo bajo tierra, porque mantenía una comunicación secreta con el mundo subterráneo de los númenes. Así que el conejo disponía de una información que a los seres humanos les estaba negada. Y el hecho de que la mayoría de los animales, entre ellos el hombre, nazcan con los ojos cerrados, en tanto que los conejos llegan al mundo con los ojos abiertos de par en par, les confirió una imagen de sabiduría.

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