El enigma de los Manuscritos del Mar Muerto

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Aunque la opinión generalizada es que los textos bíblicos y afines, sobre todo los gnósticos, han de ser interpretados como el reflejo de fuerzas que actúan en el interior del ser humano, al estilo del bien, el mal, el ego y esas cosas, hay gente que no se da por enterada y va por ahí sacando conclusiones historicistas sobre los mismos.

Quién sabe, puede que aquello de “como es arriba es abajo, como es dentro es fuera” sea un concepto extremadamente literal, más radical y poderoso de lo que se pueda llegar a pensar, quienes lleguen a pensar en ello, claro, y que todo ese asunto de la manifestación de los arquetipos en la materia ilusoria tenga desenlaces imprevisibles…

John Lamb Lash en “The Gnostic Theory of Alien Intrusion”, es uno de esos que se dedican a buscar conexiones entre nuestra historia y las complejas cosmogonías gnósticas extraídas de los textos de Nag Hammadi.

Y claro, cuando uno se mete en estos berenjenales, lo normal es que surja lo que nadie que no lea tales cosas puede concebir que surja: “compañeros cósmicos”. Esto es, que los manuscritos del mar muerto encierran la historia de cómo unos tipos sin escrúpulos invadieron la Tierra con bastantes malas artes.

Por suerte, también es posible encontrar las claves para librarse de ellos, que es la parte en que la interpretación se vuelve más “al estilo” de las explicaciones convencionales sobre el ego, el bien, el mal y esas cosas, por lo que no entraremos en ello. Al menos, esta vez.

Es lo que tienen los antiguos y sus cosmogonías tan elaboradas y complejas.

Y es que parece que la sencilla y simple idea de un cosmos con un Dios único y todopoderoso que lo tiene todo controlado de cabo a rabo les resultaba un tanto aburrida.

Las tradiciones más antiguas y herméticas consideran que la Fuente, pura y perfecta, no puede ser la responsable directa de la imperfección.

Ésta tiene que deberse a la actividad de agentes intermedios que han perdido, en el proceso de la cosmogénesis, parte de la perfección primera. Estos agentes intermedios eran, en las tradiciones herederas de las culturas que poblaron Mesopotamia hace seis mil años, los diferentes Dioses y sus cohortes.

Acudiremos aquí a uno de esos libros que no sabes cómo ni por qué lo tienes hasta que se te ocurre un tema como este que nos ocupa: Apócrifos del Antiguo Testamento, una colaboración entre profesores de la Universidad Complutense de Madrid y el Centro Bíblico Español de Jerusalén.

En su primer tomo, se analiza “un conjunto de obras judías (o, excepcionalmente, judeocristianas) escritas en el período comprendido entre el año 200 a. C. y el 200 d. C , obras pretendidamente inspiradas y referidas, ya sea como autor o como interlocutor, a un personaje del Antiguo Testamento”, pero que no fueron incluidas en el canon bíblico.

El Yahvé hebreo parece, cuando no se le presta mucha atención, un buen intento de monoteísmo.

Sin embargo, como su homólogo y antecesor sumerio Enlil, famoso entre los aficionados a las historias de alienígenas gracias a las obras de Zecharia Sitchin sobre la identidad extraterrestre de los Dioses, se muestra más complejo de lo que a muchos les gustaría, con sus cosas buenas pero también malas, estricto a la hora de imponer leyes, firme partidario del gobierno basado en el terror y severo a la hora de castigar a quien no se acoja a su sistema.

Mientras que para los hebreos éste era el Dios supremo, hubo otros que consideraron que no daba la talla, que la pirámide debía tener más niveles hacia arriba.

Es por ello que muchos acabaron refugiándose en textos alternativos que no fueron incluidos en las versiones canónicas de la Biblia, pero que parecían profundizar más en el asunto de las contradicciones entre el bien y el mal, lejos de un simple ángel caído que la lió parda.

Como El libro de Enoc, donde se habla de la lucha entre los hijos de la luz y los hijos de la oscuridad, y otros libros en los que se describe a multitud de seres intermedios entre Dios y sus criaturas.

En los textos de la tradición hebrea no incluidos en el canon del Antiguo Testamento, los ángeles y demonios tienen un protagonismo enorme.

La multiplicación de espíritus buenos y malos se atribuye al influjo de la cultura babilónica, al igual que lo es la serpiente del paraíso como fuerza enemiga de Yahvé.

El nombre de querubines dado a los que guardan el paraíso alude a seres híbridos mesopotámicos, mitad hombres mitad animales, que guardaban los palacios o templos. Los serafines, ángeles con seis alas que se sitúan encima del trono de Yahvé, parecen tener su origen en los Dioses protectores que flanqueaban a los reyes de Oriente, y que en un principio se representaban como serpientes.

El que uno de estos protectores fuera un rebelde se ajusta a la imagen de la serpiente del Génesis, ese ángel que se rebela contra su superior.

En las tradiciones más antiguas, los ángeles no tienen condición moral. Son buenos cuando ayudan a los humanos, y malos cuando no. Sencillamente, aparecen en la Tierra para llevar a cabo una misión concreta.

Esta idea irá cambiando según avanza la tradición y surgen nuevos escritos sobre la misma.

Sin embargo, no parece posible simplificar aquí la existencia de ángeles como la idea de un sistema teológico que reinterpreta a Dios y lo convierte en ser trascendental y fuente primera, siendo necesario así alejarlo de sus criaturas para explicar las imperfecciones del mundo mediante la acción de seres intermedios, al estilo de lo explicado más arriba. Puesto que Dios se seguirá comunicando con su pueblo elegido.

Es decir, tenemos a un Dios que cuida directamente a algunos de sus favoritos pero que gobierna al resto de pueblos mediante ángeles.

Sencillamente, este Dios no cumple con los “exigentes” requisitos de la Fuente, sino que más bien parece tener una graduación superior al resto del reparto y, en ocasiones, delega responsabilidades.

Dios distribuyó los pueblos entre los ángeles y se reservó para sí a Israel.

Cada nación tiene su ángel custodio, habiéndose establecido las fronteras en función del número de “hijos de Dios”. Los ángeles velan para que la historia siga su curso fijado en las tablas celestes, por lo que intervienen constantemente en la vida de los humanos. El poder de estos ángeles es tal que pueden cometer actos tales que ciertas naciones se llegan a apartar de Dios.

Los demonios son ángeles rebeldes que se presentan como enemigos de los hombres.

A su frente está Satán, Mastema, Beliar… depende del libro. En algún tipo de pacto, éste pide a Dios que no encadene a todos sus espíritus, de forma que logra que una décima parte de sus subordinados anden sueltos por la tierra causando el mal, garantizándoles que no serán castigados hasta el fin de los días.

El origen del mal en la Tierra llega con el descenso de los elohim, “Dioses”, la historia del Génesis donde “los hijos de los Dioses” bajaron a la Tierra y se unieron a las hijas de los hombres. Por supuesto, la versión oficial es que no eran hijos de los Dioses, sino de Dios. El plural era algo así como señal de respeto y reconocimiento de su gran poder.

Pero los apócrifos que narran esta historia parecen mucho más divertidos. Se refieren a ángeles que llegaron al planeta para engendrar hijos de mujeres terrestres, de donde surgió una raza de gigantes, los nephilim.

En otras versiones, esa no era la misión encomendada, sino que venían con una intención más noble, enseñar leyes y justicia.

Sin embargo, algunos de ellos, concretamente doscientos, se desmadran al ver a las humanas. El caso es que los príncipes de tal grupo, Semyaza y Azazel, parecen haber desobedecido las órdenes de más arriba, por lo que el asunto acabará con la reclusión y castigo de los insubordinados.

Al contrario de lo que se pretende aparentar con los textos canónicos, los eruditos que escriben sobre los apócrifos veterotestamentarios dicen que
en el mundo de los apócrifos, ángeles y demonios figuran como seres personales; Satán, Mastema, Beliar, Azazel no son personalización de fuerzas nocivas, sino seres personales malos.

[…] hay una intuición verdadera compartida por otras religiones: que entre Dios y el hombre existen seres personales que dan razón de los males que, por su magnitud y calidad, no pueden derivar del libre albedrío del hombre, pues le superan”.

“[…] en el origen del mal tienen mucho que ver seres y poderes suprahumanos (que, por otra parte, no quitan la libertad del hombre), pero tales seres perversos – llámese Mastema, Beliar, Satán o Sammael – se conciben siempre como criaturas bajo el supremo dominio de un solo principio bueno, Dios.
En este sentido de la realidad de estos seres, los autores también apuntan a la Epístola a los Efesios 6,12:
No es nuestra lucha contra la carne y la sangre [el hombre], sino contra los principados, potestades, contra los poderes mundanales de las tinieblas de este siglo, contra las huestes espirituales de la maldad que andan en las regiones aéreas.
Hasta aquí la historia contada por los textos hebreos, pero no reconocidos por el canon bíblico, donde Yahvé es temido pero todavía respetado como poder supremo o “principio bueno”, aunque, como vemos, las historias apócrifas filtran datos, por algo son apócrifos, que permiten atisbar que la cosa no es tan simple.

Ahora vamos con los gnósticos, la otra parte de la historia.

En uno de los documentos de Nag Hammadi, el Apocalipsis de Adán, éste le cuenta a su hijo Set que, en su estado original,
“nos parecimos a los grandes ángeles eternos, pues estábamos más altos que el Dios que nos creó y que los poderes de aquel a quien no conocimos”.
El Dios que nos creó es Yahvé, así que éste hizo una raza humana cuyos individuos fueron infundidos por un espíritu superior, “a quien no conocimos”, por encima incluso del creador de los humanos.

El texto apócrifo no tiene reparo en colocan al Dios del Antiguo Testamento en una posición muy distante de la cima de la pirámide.

Volviendo un momento a los apócrifos hebreos, en ellos también aparecen reconocimientos al grado elevado del ser humano, aunque se señala que éste es a imagen y semejanza de Dios, el cual hace que los ángeles se postren ante el hombre.

Pero Satán se niega a rendirle pleitesía alegando que debería ser al revés, puesto que él había sido creado antes que el hombre, actitud que será secundada por otros ángeles. Es por ello que es expulsado de los cielos y, debido a la envida y al orgullo, se encomienda a la tarea de perseguir al hombre en la Tierra.

Y regresando a los gnósticos, un repaso por el material de Nag Hammadi nos lleva al encuentro de la Hipóstasis de los arcontes o, para que nos entendamos, “la realidad de los gobernantes”, el texto al que se refiere John Lash:
El escrito se presenta como una instrucción sobre el tema de los dominadores (arcontes) de este mundo mencionados por San Pablo.

La intención expresa de este escrito (86.26 – 27) es enseñar la verdad sobre los poderes que tienen autoridad sobre este mundo. El relato empieza con el alarde del demiurgo, el arconte principal, en palabras atribuidas al Dios de la Biblia: “Yo soy el que soy, Dios no es nada separado mí”.

Puede agregarse como objetivo del tratadista cristiano la clarificación de la condición del hombre gnóstico (la raza de Set) y su conflictiva relación con los “príncipes de este mundo”. Con este fin, el autor procede a una rectificación de la historia sagrada.
(Fuente: wikipedia)
El arconte autodenominado Dios se llama Yaldabaoth, nombre que enlaza con el Dios de los hebreos, Yahvé.

Según la hipóstasis, es una criatura demente y cegada por el poder, incapaz de evolucionar debido a que es una limitación de su naturaleza intrínseca.

John Lash distingue en los textos dos tipos de arcontes.

Uno de ellos es referido en los manuscritos, literalmente, como un feto, y el otro como una serpiente con cabeza de león. Tras una guerra que ganaron estos últimos, los primeros se pusieron a su servicio.

Algo que Lash no duda en identificar con los actualmente llamados grises y reptilianos, dos razas de un denominado “grupo de Orión”, que según los que discuten de estas cosas son quienes tratan de someter a nuestro planeta.

De manera que Yaldabaoth, o Yahvé, sería el jefe de un grupo de seres reptilianos y grises a su servicio procedentes desde Orión para crear a los humanos y tratar de someterlos.

Para comprender la historia que cuentan los manuscritos de Nag Hammadi, en vista de que lo dicho puede sonarle muy fuerte a más de uno, seguiremos la narración tal y como la cuenta Stephan Hoeller, psicoanalista e investigador de los textos gnósticos, en su libro Jung y los evangelios perdidos.

Así, al menos, evitaremos los posibles “trucos” narrativos de Lash…

Yaldabaoth y el resto de arcontes nacieron, al igual que todo lo creado, de Sofía, la madre celestial de todos los seres vivos.

Negándose a reconocer su filiación y creyendo ser un auténtico Dios, decidió crear su propio sistema. Mezclando luz y oscuridad, creó un mundo imperfecto y débil, pues la oscuridad impedía desarrollar una armadura de luz que pudiera protegerlo adecuadamente.

Es así como atrajo fuerzas terribles de más allá del sistema del mundo.

Sofía decidió acudir en secreto en ayuda de la Tierra, moviéndose de un lado a otro sobre ella y confiriendo su sabiduría y su amor sobre el sistema creado por el autoproclamado Dios. Los gobernantes creyeron que únicamente ellos habían creado y ordenado el mundo, pero el espíritu de Sofía dio secretamente al lugar espléndidas pautas arquetípicas que introdujo en el tejido de su obra.

Uno de estos arquetipos era el hombre, cuya imagen fue proyectada ante los arcontes por Sofía.

Los gobernantes quedaron cegados ante la visión y el poder que anunciaba, así que decidieron hacer una réplica, pero esta resultó defectuosa, una criatura apagada e insensata. Sofía introdujo su fuerza vital en el nuevo ser usando a Yaldabaoth como intermediario que exhaló su aliento sobre el hombre. Es así que el gobernante creyó haber sido él el auténtico creador de la criatura mejorada.

Pero los gobernantes terminaron por darse cuenta de que el hombre era un ser espiritual, ajeno a los poderes arcontes, y que su inteligencia excedía la de ellos. De nuevo, la superioridad del ser humano sobre su creador…

Si los hebreos acusan a Satán de odiar a los humanos de la Tierra por la superioridad de estos, los gnósticos no tienen reparos en acusar al cabecilla de todo este tinglado.

Así, siguiendo con la Hipóstasis de los arcontes, Yaldabaoth, enfurecido, atacó al hombre y lo arrojó a la región más oscura de la materia para que languideciera allí, sumido en la pena y en la privación. He aquí que enlazamos con Adán. Pero Sofía le envió ayuda para que le asistiera y diera sabiduría espiritual: Eva.

Ésta, como espíritu de sabiduría, entró en Adán y se ocultó en él, de modo que los gobernantes no la pudieron capturar.

Éstos, entonces, decidieron usar maneras de influir en nuestras mentes recurriendo a lo que hoy en día llamaríamos técnicas de condicionamiento subliminal a base de engaños y simulaciones.

Su poder no radicaba tanto en lo que podían hacer como en lo que la víctima creía erróneamente que podían hacer.

El engaño, en este caso, consistió en el Edén, cuyas bellezas y placeres estaban diseñados para mantener al hombre cautivo en, como hemos dicho, “la región más oscura de la materia” y que él mismo fuera su propio carcelero, sin intenciones de escapar.

Este confinamiento en las profundidades de la materia es visto por Lash como una alusión a la manipulación genética a la que, según algunas teorías sobre el pasado extraterrestre de la humanidad, fue sometido el homo sapiens. La cosa es que esto no lo dicen sólo unos cuantos tipos aficionados a asistir a convenciones “sci-fi” disfrazados de trekkis.

Francis Crick, uno de los descubridores del ADN y premio Nobel de Medicina en 1962, apoyó esta hipótesis de la manipulación por inteligencias superiores en un alarmante debate para la comunidad científica, al considerar la “panspermia dirigida” como la explicación más “razonable” a la evolución del Ser Humano.

Para reflexionar sobre estos asuntos, resulta altamente recomendable leer el artículo “El Muñeco Humano” que al respecto escribió el periodista e investigador Andreas Faber-Kaiser en 1989 en relación a su libro El muñeco humano.

Regresando a la hipóstasis, en esta versión Sofía es la serpiente del paraíso que ofrece la fruta prohibida: el conocimiento necesario para rebelarse y hacer frente a los arcontes.

Esto es, la sabiduría como llave para darse cuenta de la “Verdad” y emprender la acción.

Avanzando en la historia, los descendientes de Set, el tercer hijo de Adán, lograron una gran evolución espiritual de manera que, con el tiempo, fueron minoría los humanos que permanecían fieles al engaño de los arcontes.

Entonces llegamos al diluvio. Los gobernantes decidieron aprovechar la catástrofe que se avecinaba, de cuya historia, huellas posteriores y advertencias ya hemos tratado, para acabar con la civilización infiel y salvar a los suyos: Noé.

Pero Norea, otra descendiente de Eva sólo reconocida por los gnósticos, y otros “conocedores de la Verdad” fueron avisados por los ángeles fieles a Sofía y también se salvaron. Tras la gran inundación, la humanidad vivió en sufrimiento permanente, debido a la supremacía arconte.

La verdadera gnosis se hizo escasa y hubo de ocultarse ante el peligro de ser descubierta por los fieles a los gobernantes tiranos.

A pesar de todo, la humanidad no estuvo sola. Además de los fieles a Sofía, algunos ángeles tiranos se habían apartado con el tiempo de la maldad de Yaldabaoth.

Uno de ellos fue Abraxas, o Sabaoth, su hermano.

Como se habrán dado cuenta los seguidores de Sitchin, estamos ante un calco de la historia de Enlil, Enki y el resto de los Anunnaki, sólo que con una mayor complejidad y profundidad donde entran en juego diferentes planos de realidad, o densidades, y connotaciones espirituales que van más allá de una simple historia de invasores e invadidos.

Si se nos ocurriera enlazar la sabiduría ofrecida al hombre en el Jardín del Edén, el conocimiento necesario para escapar a las limitaciones impuestas por Yahvé, con las historias de Abraxas o su homólogo sumerio Enki, y le diéramos un toque de teoría alienígena, acabaríamos en la Hermandad de la Serpiente, el término acuñado por William Bramley en Los Dioses del Edén para referirse a una comunidad de seres que quisieron ayudar a los humanos.

Esta hermandad, sin embargo, habría sucumbido pronto a los largos tentáculos de los gobernantes tiranos para convertirse en un arma de engaño. Algo así como nuestros actuales servicios de inteligencia, contra-inteligencia y contra-contra-inteligencia…

Así, los arcontes podían usar formas de seres de luz y hermosos discursos de esperanza con que convencer a los humanos de estar en presencia del Bien, debido a la tendencia de estos a prestar gran atención a las apariencias y su disposición a identificar con la verdad todo aquello que les resulta agradable.

Según el escritor John Lash, los gnósticos abordan el tema de los arcontes desde una perspectiva cosmológica, buscando las razones de su entrometimiento en los asuntos de la Tierra, pero también explican sus modos de comportamiento y sus objetivos.

Tal y como nos narran, los arcontes envidian a la humanidad y se alimentan de su miedo. El Antiguo Testamento, precisamente, gira continuamente en torno a la exigencia de temer a Dios.

Sobre todo, tratarían de impedir que sigamos evolucionando en el proceso de ascensión espiritual.

De acuerdo a los gnósticos, la expresión “hijo del hombre”, anthropos, se entiende como el reflejo de Dios en la Creación, una manifestación de la divinidad cuyo destino era desarrollarse en todo su potencial.

La narración de Sofía proyectando el arquetipo humano en los cielos para que los arcontes desearan crearlo nos debería hacer reflexionar sobre el importante papel que juega la oscuridad en la consecución de los planes cósmicos, y cómo es usada, por tanto, con unos fines superiores que se escapan a la perspectiva del hombre sobre la Tierra.

En palabras de Hoeller, el hombre realizado,
“es el ideal del incógnito de nuestra especie. […] Es el viajero inmortal que ha soportado todas las adversidades que puede infligir nuestro planeta”.
En otro texto de Nag Hammadi, el Evangelio de Felipe, se dice que el mundo que habitamos surgió por un error. En la interpretación de Lash, nuestro viaje existencial ha sido distorsionado por alguna influencia externa.

Esta idea, por cierto, es recogida por otras fuentes tan dispares como el chamán don Juan de los libros de Castañeda:
“los seres humanos están en un viaje de consciencia, el cual ha sido interrumpido momentáneamente por fuerzas extrañas”.
Tales serían los conocimientos que Sofía trataría de mantener en la Tierra con la esperanza de que sus fieles mantuvieran el hilo transmisor, mientras que otros harían todo lo posible por tergiversar la sabiduría ancestral en beneficio de objetivos más oscuros.

En resumen, asumiendo esta hipótesis, los apócrifos nos estarían diciendo que la vida en la Tierra es un juego, no ya como un concepto filosófico o una metáfora al uso, sino como la más pura y absoluta de las verdades. La única Verdad.

Que no somos sino cobayas voluntarias (espíritus llamados por Sofía para corregir la torpeza de los arcontes) en un experimento cósmico donde el bien y el mal no son sólo fuerzas, sino piezas como nosotros, con cara, manos y pies, que se manifiestan en nuestro espacio y tiempo con un rol físico establecido.

La metahistoria de Lash, al abordar de manera tan poco convencional los manuscritos de Nag Hammadi, nos hace cuestionar la realidad en sí misma.

Como mencionaba al principio, estamos ante la extrapolación de unos arquetipos procedentes de planos de conciencia más sutiles, ante su reflejo en la densa realidad histórica, “la región más oscura de la materia”.
“Como es dentro, es fuera”.
Al mismo tiempo, le da al fenómeno ET un aspecto más complejo, con una realidad basada en diferentes densidades o planos de realidad que conectan con las cuestiones espirituales del universo.

Algo equivalente, por cierto, al material de Laura Knight-Jadczyk y sus alienígenas de cuarta densidad tratando de manipularnos continuamente, según le cuentan otros seres más benignos desde sexta densidad…

Pero bueno, quizás estemos yendo demasiado lejos en este asunto de mezclar apócrifos del Antiguo Testamento, manuscritos del Mar Muerto y teorías alienígenas que ven grises y reptilianos en textos sagrados.

Y es posible que esto no sea más que un exceso frivolidad. Intentar una reflexión seria con tanto refrito entre verdades y fantasías no debe otorgar muchos puntos ahí fuera, en el mundo real…

En fin… Sólo una cosa más antes de finalizar.

Se me había olvidado comentar algo sobre esa historia del Génesis que explica el “origen del mal” en este planeta, en que los hijos de los Dioses bajaron a la Tierra, se unieron a las hijas de los hombres y engendraron una raza de gigantes denominada “nephilim”.

Según el Peak´s Commentary on the Bible, publicado en 1919, en arameo, la palabra para referirse a la constelación de Orión es “nephila”, y los nephilim, “los descendentes de Orión”…

Unos fenómenos, estos arameos…

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