Inner Circle, El santuario satánico de Noruega

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Hace apenas unos meses era detenido en Francia un ciudadano noruego sospechoso de estar preparando un atentado. Su nombre: Varg Vikernes, quien ya había sido tristemente célebre hace dos décadas por cometer un brutal asesinato y ser icono del Black Metal. Este movimiento de música extrema se convirtió en Escandinavia en un auténtico entramado criminal que, valiéndose del satanismo y la extrema derecha, reivindicaba un regreso a las raíces paganas del Viejo Continente, sembrando el caos, la destrucción y la muerte a su paso.
Con los frondosos bosques que rodean los fiordos noruegos como telón de fondo, a principios de los años 90 surgió un movimiento musical que, reivindicando el paganismo y las runas vikingas, una evocación por un pasado mítico mezclado con ideas de extrema derecha, revolucionó la industria, cautivó a miles de seguidores y acabó por convertirse en el estilo no sólo más retorcido y siniestro del metal, sino también en escuela de extremistas e incluso de asesinos.

En el año 1982 el grupo de heavy metal británico Venom publicaba el álbum Black Metal, un icono de la música más oscura cargada de elementos satánicos y letras de contenido sobrenatural que sería determinante para el surgimiento de otros estilos. Precisamente el nombre de aquel álbum clásico serviría de nomenclatura para uno de los movimientos “artísticos” más controvertidos de finales del siglo pasado. De él surgirían bandas míticas para los amantes del estruendo pero también un grupo de exaltados que haría correr ríos de tinta, y de sangre…
El pasado mes de junio era detenido en Francia el noruego Kristian “Varg” Vikernes, de 40 años, multiinstrumentalista y único líder de la banda de Black Metal Burzum, país donde residía con su esposa Marie Cachet, de 25, en su domicilio de Salon-la-Tour, cerca de Limoges. La razón, según la policía gala, es que era “cercano al movimiento neonazi” y “susceptible de perpetrar atentados en un acto de terrorismo de envergadura”, suponiendo “una amenaza potencial para la sociedad, como prueba la violencia de sus declaraciones interceptadas en la web”. A ello se sumaba el hecho de que Vikernes, que mantenía una intensa actividad en Internet, fue uno de los que recibieron el manifiesto del asesino en masa Anders Breivik –ver recuadro–.

El motivo por el que este personaje viene al caso es porque precisamente su historial delictivo se remonta a casi dos décadas, cuando fue uno de los pioneros del citado movimiento musical noruego y autor de un brutal crimen que le mantuvo 16 años en prisión –de los 21 a los que fue condenado–.

Pues bien, hoy en día Vikernes es icono de un movimiento que estremeció los cimientos de la música extrema. Éste no es el único representante de un estilo con cientos de grupos detrás, pero sí quien, a causa de sus actos, hizo tristemente célebre el Black Metal a nivel internacional. La noticia, hace pocos años, de su excarcelación y la más reciente de su nueva detención han vuelto a poner a aquel movimiento tan oscuro que cuesta creer que sea real en primera línea de actualidad.

El resurgir del lobo
Kristian Vikernes nació el 11 de febrero de 1973 en Bergen, Noruega. En su adolescencia aprendió a tocar varios instrumentos y en torno a 1988 fundó un grupo llamado Kalashnikov, que pronto cambió el nombre al de Uruk-hai, como eran conocidos en El Señor de los Anillos los terribles guerreros del mago negro Saruman, mezcla de orcos y trasgos, una tendencia, la de inspirarse en la fantasía épica y en los mitos antiguos que cautivará a todos estos jóvenes ávidos de notoriedad. También los nazis mirarían al pasado nórdico como fuente de inspiración de su imaginario… y los esbirros de la esvástica también ­serían icono de estos músicos extremos, lo que puede darnos una idea del peligroso círculo al que estaban dando forma a finales de los 80.

Cada movimiento tiene su sanctasanctórum, un lugar icónico donde dio comienzo todo: los seguidores de The Beatles peregrinan a The Cavern; los del Grunge a Seattle; los de Elvis a Graceland… Pues los seguidores del Black Metal se reunían en Helvete –infierno en castellano–, la pequeña y siniestra tienda de discos de Euronymous, líder de Mayhem, en Oslo, una de las bandas pioneras, junto a Burzum y Gorgoroth, de un movimiento que cuesta creer naciera en uno de los países cultural y económicamente más evolucionados del primer mundo. Allí se disertaba sobre el satanismo, la evolución de la música más radical –entonces el denominado Death Metal era la gran competencia de los blackmetaleros– y se atrevían, en medio de un ambiente cercano al ultranacionalismo y al culto al Tercer Reich, a fantasear con la erradicación del cristianismo de su tierra, reivindicando sus ancestros paganos.

Euronymous, “Varg” Vikernes y el joven “Dead”, cantante también de Mayhem, fueron los principales protagonistas de un estilo que comenzó siendo un sentimiento –no sólo musical, sino también político y casi una forma de vida– para acabar convirtiéndose en el centro de un grupo de delincuentes que no sólo tocaban acordes e invocaban al señor de las tinieblas con voces de ultratumba sino que vertieron sangre a chorros, como una representación macabra y real de la parafernalia que otros grupos del género utilizaban en sus concurridos conciertos como marketing.

El primero en ser víctima de su propia locura y tendencia a la autodestrucción fue el joven Per Yngve, alias “Dead “–Muerto–, un muchacho delgaducho y pálido lleno de odio y seriamente trastornado. Según se narra en el libro Blod, eld, död, de la autora Ika Johannesson, un texto sobre el movimiento no traducido al castellano y que ha sido recuperado en un magnífico artículo por la revista Rolling Stone, “Dead enterraba su ropa para vestirla podrida, colocaba pájaros muertos bajo la cama para oler putrefacción y pintaba su cara como la de un cadáver”, algo que derivaría en lo que acabó por llamarse corpse paint –pintura de cadáver–, y que contrariamente a lo que todos podamos ­creer no tenía mucho que ver con lo que décadas atrás habían hecho como mero espectáculo los inolvidables Kiss.

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