La Extraña desaparición del Coronel Fawcett

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En el inmenso estado brasileño de Mato Grosso (901.420 Km ²) se esconde un enigma tan apasionante como el misterio de Paititi. En el corazón de la llamada Sierra del Roncador, se halla el ingreso a un mundo perdido que se protege tras su indócil selva y las flechas de los aguerridos indios del Parque Xingú. Un escenario que parece haber sido extraído de una película de ficción. No obstante, al dar un vistazo a este paisaje, es inevitable asociarlo con Paititi. Más aun al encontrar claros indicios que apuntan a una raza de seres superiores que viviría en las entrañas de la Tierra y que, por si ello fuera poco ―al igual que otros puntos en el planeta que los mencionan― estarían protegiendo los anales de la  “verdadera historia del hombre, su origen y misión”. Una afirmación que se repite una y otra vez.

Desde hace mucho se ha mencionado la zona del Roncador como un paraje que “esconde” uno de los ingresos a ese mítico y esquivo reino subterráneo. Un punto en el mundo que es rico en diversas leyendas y, también, en misterios. No gratuitamente, en 1925 el investigador George Lynch sostuvo en la prestigiosa revista Science at Vie que en el inexplorado Mato Grosso se halla el origen de todas las civilizaciones de occidente. Recordemos que ese mismo año, el Coronel inglés Percy Harrison Fawcett ―medalla de oro de la Real Sociedad de Geografía de Inglaterra y jefe de la comisión encargada de delimitar las fronteras entre Perú y países vecinos― llevó a cabo una arriesgada expedición hacia aquellas selvas indomables. Un viaje del cual no regresaría.

 

Arriba: fotografía del Coronel Fawcett
La desaparición de Fawcett, debido a sus intachables credenciales y reconocimientos, encendió un interés inusitado en esta región del Brasil. Más de un investigador se preguntaba qué diantres había ocurrido con este Coronel, que más tarde inspiraría al propio Steven Spielberg el hoy famoso personaje de Indiana Jones, quien, al igual que Fawcett, se zambullirá en la selva y otros puntos del mundo en pos de misterios.

Lo inquietante es que Fawcett partió en busca de una ciudad secreta en el Roncador, denominada por él “Z”. Y hasta la fecha, a más de ocho décadas de su expedición, no se sabe a ciencia cierta qué pasó con el avezado Coronel, que desapareció de pronto en medio de las selvas del Xingú con sus dos acompañantes, su hijo Jack, de 22 años, y el fotógrafo Raleigh Rimmel. Un detalle intrigante en torno a su desaparición fue revelado en 1952 por otro de sus hijos, Brian, quien afirmó, con seguridad aplastante, que si su padre entró en aquella ciudad perdida que buscaba, la “gente” de allí no le habría dejado salir… ¿Quiénes no le habrían dejado salir?

La propia esposa del Coronel había sostenido que cuando vivían en el extremo Oriente aparecieron unos “hombres extraños” que le anunciaron hechos extraordinarios para el futuro de toda la familia, anticipando, incluso, el destino de Fawcett. Esos hombres serían “emisarios” de la Hermandad Blanca o Academia Invisible que vigila el mundo. A todo esto se sumó el descubrimiento científico de Machu Picchu por Hiram Bingham, en 1911, hecho que daría al Coronel mayor fuerza a su convicción de partir al Roncador, años más tarde. La “invitación” de aquellos misteriosos personajes y la noticia de Machu Picchu fue el primer estímulo. Pero no el único.

El nombre “Roncador” se debe a los extraños sonidos que parecen surgir del suelo. Un hecho inexplicable en el lugar ya que el viento no puede generar tremendos fragores que parecen generarse en las entrañas. Ya se ha descartado cualquier tipo de actividad sísmica en la zona. Entonces, ¿quién o qué genera esos sonidos, que a veces son metálicos o mecánicos? Estos datos fueron interpretados por Fawcett como el indicio de actividad de un mundo subterráneo.

El explorador, desde luego, sabía que en Brasil ―así como en otras regiones aún sin investigar de América del Sur― yacían escondidas ancestrales ciudades de piedra, ocultas bajo el conveniente manto selvático. Ya en sus viajes por el continente, Fawcett había oído hablar de “indios rubios, de ojos azules”, como remanente de una cultura olvidada que llegó desde tierras muy lejanas luego de un cataclismo. Aquel hilo lo aventuró en 1921 a la búsqueda de la ciudad perdida de Bahía, también en Brasil.  Pero lo cierto es que al margen de su silenciosa pesquisa ―poco se sabe en realidad lo que encontró Fawcett y decidió callar― existe un centro arqueológico en Bahía, concretamente en Igatú, cerca de Andarai en plena meseta Diamantina. Algunos la conocen como “La Machu Picchu de Brasil”.

Es importante echar un vistazo a ese misterio en Bahía por cuanto es la ciudad que aparece en el “manuscrito 512”, que se conserva en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro. La existencia de ese enclave, y las revelaciones del polémico texto, pusieron a Fawcett tras una “pista” que él creía lo llevaría a una ciudad de piedra abandonada, en donde reposaría la clave para ingresar al mundo intraterrestre.
El Manuscrito 512

 

Habría aparecido a mediados del Siglo XIX, con el controvertido título: “Relación histórica de una oculta y gran población antiquísima sin habitantes que se descubrió en el año 1753”.

El documento, carcomido en parte, inicia su relato narrando una expedición de bandeirantes al interior del Brasil. Aquel grupo había partido de Sao Paulo. Se cuenta allí que gracias a un venado blanco ―que salió de la nada― fueron guiados hasta las mismísimas ruinas de una ciudad de piedra. Los aventureros, luego de haber sorteado un valle de tupida selva e innumerables ríos, se hallaron atónitos ante una entrada formada por “tres arcos de gran altura”, coronados con inscripciones. Entonces decidieron entrar. Y allí descubrieron, en el centro de una plaza de esta ciudad abandonada, una columna de piedra negra, coronada por la estatua de un hombre señalando con la mano derecha, en dirección norte…

El manuscrito narra otros detalles extraordinarios de esta expedición que aumenta aún más la intriga. El relato, sin duda, empuja a cualquiera a lanzarse en busca de aquellos misterios. Pero, ¿quién fue el autor? ¿Y hacia dónde apunta la presunta estatua humana que hallaron? Penosamente, al hallarse parcialmente carcomido por las termitas, ciertas partes del documento se perdieron y se pensó que entre ellas estaba el nombre de quien lo redactó. Ante ello, algunos historiadores, como era de esperarse, dijeron que todo era un fraude. Sin embargo, era cuestión de tiempo y estudio dar con el nombre del autor de “512”. El historiador Pedro Calmón, luego de un minucioso trabajo, logró identificar al autor del manuscrito: el capitán Joao da Silva Guiamares, fallecido entre 1764 y 1766.

El texto, originalmente, había sido descubierto en las estanterías de la Biblioteca Pública de la Corte de Río de Janeiro. Más tarde se reprodujo, aunque parcialmente, en el primer número de la revista del Instituto, exactamente en el año 1839.

Fawcett conocía al dedillo la narración de aquel insólito documento de apenas 10 páginas, pero que contenía la información suficiente para orientar al Coronel hacia otras ciudades perdidas en el Brasil. Actualmente, el Manuscrito 512 continúa entre los archivos de la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro, en la sección “manuscritos”, serie “obras raras”. Y es así: quedó solo como una obra rara.

No obstante al misterioso texto, el estímulo más poderoso con que contó el Coronel para penetrar finalmente el Mato Grosso, fue otro. Y quizá tan inquietante como el relato del mismo manuscrito.

 

Arriba: Fawcett sostenía la existencia de anacondas gigantes en la selva amazónica.

 
El atlante de basalto
El hecho que motivó finalmente a Fawcett a partir en busca de “Z” en la Sierra del Roncador fue una extraña estatuilla de estilo egipcio, hecha en basalto negro (roca volcánica vitrificada), que llegó a sus manos gracias al famoso novelista Sir Rider Haggard ―autor de la fascinante obra “Las minas del Rey Salomón”― quien la consiguió, precisamente en el Brasil, a fines del siglo XIX. Una estatuilla de basalto que recordó a Fawcett el relato del Manuscrito 512: una piedra negra que se alzaba en medio de la ciudad de piedra, con la figura de un hombre sobre ella señalando al norte… ¿Podía ser una casualidad? ¿También era de basalto esa estatua?


Para averiguar si había alguna conexión, el Coronel recurrió a una discutida investigación psíquica por recomendación expresa de sus amigos de la Sociedad Teosófica. Así, a través de la psicometría, se determinó que la extraña estatuilla (de unos 25 cm. de altura), venía de la Atlántida. Supuestamente, fue rescatada por un superviviente que la mantuvo a su custodia en una ciudad de piedra construida en la selva de Brasil… Lo curioso es que la estatuilla representaba a un sacerdote sosteniendo una tabla con 24 extraños signos. Al parecer, Fawcett logró descifrar 14 de estos símbolos al hallarlos en piezas de cerámica prehistórica, también halladas en Brasil. Y se piensa que utilizó esta información para alcanzar su objetivo. Aquella escritura, se dijo, era una especie de “contraseña” o “password” para entrar en el mundo perdido del Roncador. Aunque todo esto suene tan raro y fantasioso, hay que decir que existen diversos estudios serios sobre la inscripción que esgrime la estatuilla.

Arriba: representación de la estatuilla de basalto. El “sombrero” del personaje recuerda es casco de Alcir. Y los símbolos de la tabla que sostiene se asemejan a los que muestran algunas de las láminas de oro halladas en la Cueva de los Tayos.

El estudioso argentino de origen israelí Aldo Ottolenghi, en su obra “Civilizaciones Americanas Prehistóricas” (1980), se adentra de lleno en el misterio de esos signos. De acuerdo a su opinión ―y hay que decir que es un experto mundial en escrituras ancestrales― por las complejas y exactas características que muestra la estatuilla como “lenguaje arcaico”, constituye una prueba de su autenticidad.

Por alguna razón, esa estatuilla llegó a manos de Sir Haggard para que, finalmente, Fawcett la posea como la ratificación de un viaje que venía pensando realizar. El objeto ―como si se tratase de una profecía― acompañó al osado explorador inglés en su último y extraño viaje al Mato Grosso. ¿Tenía que devolverlo a su lugar de origen?

 

Matalir-Araracanga: la ciudad que truena

Aquel es el nombre nativo con el que se suele identificar a la ciudad intraterrestre del Roncador. Como mencioné anteriormente, debe su denominación al extraño ruido, a veces como de “truenos”, y otras ocasiones como de “máquinas”, que parece surgir del suelo. Matalir-Araracanga sería la presunta instalación subterránea que genera aquellos “sonidos imposibles”. Pero no necesariamente se trata de tecnología de los intraterrestres. Algunos místicos suponen que en verdad nos encontramos ante mantras o “cánticos sagrados” de los habitantes subterráneos del Roncador. Como fuere, este fenómeno de los “sonidos” ha sido reportado en otros puntos similares en todo el mundo, incluyendo el propio desierto de Gobi.

En el caso del enclave que comparte China y Mongolia, se ha oído muchas veces que las caravanas que atravesaban el desierto asiático escuchaban un “canto antiguo” salir de las entrañas de la tierra. Inmediatamente todo quedaba en silencio. Hasta los animales que venían con la caravana se calmaban. Incluso el viento, frecuente en aquellos parajes, también, misteriosamente, desaparecía. Al cabo de unos instantes más, todo volvía a la normalidad… Entonces los lamas allí presentes afirmaban que este hecho sucede cuando el Rey del Mundo, el Supremo Maestro de Shambhala según sus creencias, está orando por la humanidad. ¿Ocurre lo mismo en Roncador?
Sólo he citado aquí los datos más resaltantes que envuelven a ese lugar mágico del Mato Grosso. En agosto de 2004 tuve la ocasión de estar allí, y puedo dar fe de los “sonidos” y avistamientos ovni que se ven en la zona. Y un sinfín de relatos de gente que desapareció buscando la entrada al mundo subterráneo o al propio Fawcett.

 

Arriba: Expedición de Ricardo González con un equipo internacional en Sierra del Roncador (agosto 2004).
Una de las expediciones más sonadas se llevó a cabo en 1996, bajo la iniciativa del empresario brasileño James Lynch. Pero el tipo no tuvo mucha suerte: los indígenas secuestraron a todo el equipo durante varios días, y sólo fueron liberados tras pagar un cuantioso rescate. No obstante, ello no quiere decir, necesariamente, que una suerte similar corrió la expedición del intuitivo Coronel.

Quizá, Fawcett no murió bajo un inesperado ataque de los indios, o picado de muerte por alguna víbora. Nunca se halló su cuerpo.  Sólo algunas falsas noticias del supuesto cráneo del Coronel que pronto fueron desmentidas desde Inglaterra al comparar el hallazgo con los registros dentales en el Ejército al que sirvió en la Primera Guerra Mundial. ¿Y si el Coronel llegó a su destino, siguiendo los acertijos del Manuscrito 512 y el mensaje secreto de la estatuilla de basalto? Al menos así lo pensaba su familia.

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