LOS ENTERRADOS VIVOS

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Se trata de uno de los miedos más intensos y primarios. El ser humano siempre ha sentido pavor a despertar en el interior de un ataúd, sepultado bajo tierra. La historia está plagada de casos semejantes y de inventos y trucos para escapar a esa posibilidad. Desde la época griega hasta hoy, la pregunta siempre ha sido la misma: ¿de verdad se entierra viva a la gente?
A comienzos de los años 80 del siglo XX, la prensa alemana publicó una serie de reportajes sobre posibles fallos en el diagnóstico de la muerte de diversos ciudadanos. Realmente no hubo datos concretos para asegurar que esas personas habían sido enterradas vivas, pero los diarios sensacionalistas hincharon la noticia hasta crear un tremendo clima de alarma social.

Volvía a resurgir un miedo que parecía ya superado: ser sepultado en vida. Precisamente fue Alemania la nación que más había temido esa posibilidad en el pasado, la que más debatió sobre el tema y de la que surgieron los inventos más fascinantes para erradicar tal miedo.

Ya desde la Antigüedad clásica se conocen casos de personas a las que se enterró sin certificar correctamente su muerte. Tanto el cónsul Acilio Aviola, como el pretor Lucio Lamia, despertaron en sus respectivas piras funerarias antes de ser incinerados. El historiador Plinio “el viejo” menciona estos episodios y algunos más en los que personas que fueron llevadas en sus féretros regresaron a casa andando tras “revivir” en el último instante. Plutarco habla de un hombre que se despeñó y permaneció inmóvil durante tres días, volviendo en sí cuando sus amigos ya lo trasladaban a la tumba, y Platón relata otros sucesos semejantes en sus escritos.

En aquel tiempo la medicina consideraba como signo de muerte más fiable la ausencia de latidos en el corazón, pero hoy se sabe que determinados casos de traumatismo craneal, la epilepsia, la hipotermia o la intoxicación por drogas, pueden colocar al sujeto en una situación muy cercana a la muerte, pero con posibilidad de reanimación.

En el pasado esto no se sabía, aunque ya el célebre médico griego Galeno aconsejara ser prudentes ante la histeria, la asfixia, el coma y la catalepsia. Tal recomendación no evitó que, con toda seguridad, cientos de personas acabaran “resucitando” en sus féretros o mortajas, muriendo por la ausencia de aire.

El hombre aprendió a vivir con esa posibilidad, hasta el siglo XVII, cuando el miedo a despertar sepultado fue el centro de un acalorado debate entre los científicos de la época. La culpa la tuvo el libro de Christian Friedrich Garmann De miraculis mortuorum, un tratado sobre los milagros de los muertos que vio la luz en 1670 y que se fue ampliando hasta llegar a las doce mil páginas. En él, Garmann refleja las creencias y supersticiones del mundo de los cadáveres. Los lectores encontraban en su lectura cuerpos sin vida que aumentaban de tamaño, se movían, reían, y hasta cadáveres cuyos corazones continuaban latiendo.

De aquel libro provienen muchos de los relatos que, a la postre, sembrarían el terror a ser enterrado vivo. Hay historias de mujeres muertas que, tras ser desenterradas, se observa que dieron a luz a niños en el féretro, cuerpos que aparecían con los dedos comidos y con las mortajas arrancadas a dentelladas. Para los hombres de aquella época todo se debía a casos de vampirismo o a milagros de carácter apocalíptico.

Tuvieron que pasar 50 años para que el libro Disertación sobre la fiabilidad de los signos de muerte, del médico y traductor francés Jean-Jacques Bruhier, explicase que esos fenómenos no se debían a la actuación de vampiros, sino al imperdonable hecho de haber enterrado vivas a tan desdichadas personas. Bruhier suponía que al despertar de su letargo, el “muerto” se automutilaba en pleno ataque de histeria al descubrir su verdadera situación, llegando incluso a comerse sus mortajas.

El miedo se extendió con rapidez, y afloraron otros libros como el Tratado sobre los gritos y la masticación de los cadáveres en la tumba. Estaba claro que los signos de certificar la muerte utilizados hasta entonces eran poco seguros. Para ejemplarizarlo se mencionaban casos como el del soldado François de Civille, de quien se decía que había nacido mediante cesárea de su madre muerta y exhumada. Más tarde, herido de gravedad durante el sitio de Ruán, fue enterrado en una fosa común para estupefacción de su criado, que lo sacó de allí al constatar que seguía vivo. Y aún por una tercera vez, sería enterrado en vida y sacado de la tumba a los tres días.

Con estas historias lo que se conseguía, más que otra cosa, era atemorizar a la población europea que veía que los médicos eran incapaces de certificar, con total seguridad, cuándo alguien entraba en el mundo de los muertos, a excepción de los signos de putrefacción, que sí se consideraban señal inequívoca de muerte.

Las casas de muertos

Así fue como surgieron de la imaginación popular tretas e inventos para burlar esa posibilidad y escapar incluso de la tumba si uno recobraba la consciencia en su interior. El método más antiguo fue el de alargar el momento del entierro. En un primer instante, los cuerpos considerados sin vida eran enterrados a las pocas horas del fallecimiento, pero cuando el público supo que los médicos podían fallar al certificar la defunción, se comenzó a pedir en el testamento que el entierro se pospusiera hasta tres días, para dar tiempo a que el cuerpo “despertara”. El problema residía en que si realmente se trataba de un cadáver, el proceso de putrefacción provocaba la emanación de olores insoportables, además de la visión constante del familiar deteriorándose.

Para remediarlo, en Alemania surgieron las llamadas Leichenhaus –casas de muertos–. La primera se construyó en Weimar en 1792 con el nombre de Vitae Dubiae Asylum o “Asilo para la vida dudosa” y su diseñador fue el médico Cristoph Wilhelm Hufeland. La idea era levantar un lugar en el que se albergaran los cadáveres en un entorno cálido a la espera de que surgieran los signos de putrefacción, o bien, el “despertar” del cuerpo.

Con el tiempo se construyeron más “hogares” semejantes en otras ciudades europeas dotándolas de mayores adelantos. En la de Berlín, unos hilos que se ataban a los dedos de los internos iban conectados a una gigantesca campana central. Si uno de ellos despertaba, el movimiento reflejo del cuerpo la haría sonar avisando al vigilante. Algo parecido sucedía en la Leichenhaus de Munich, donde la campana se sustituía por un armonio de grandes dimensiones con fuelles que contenían aire a presión. Aquí el inconveniente estribaba en que los gases de la putrefacción accionaban a menudo el armonio involuntariamente, convirtiendo el trabajo del guardia en una pesadilla.

Tampoco se escatimó en lujos. La “casa de muertos” de Berlín disponía de diferentes salas según fuera el sexo y la condición social del difunto, otras se construyeron en mármol al estilo de la Villa Rotonda de Andrea Palladio, incluso las hubo con jardines adornados a base de esfinges y estatuas…
Estas construcciones cayeron en desuso muy tempranamente, hacia el final del siglo XIX. En primer lugar por el alto coste que representaban, y en segundo lugar por su escasa utilidad. Durante los 29 años en los que estuvo en funcionamiento la Leichenhaus de Breslau, tan sólo 19 cadáveres entraron en sus salas. Un dato parecido al del resto de localidades. Además, ni uno sólo de los 46.000 cadáveres que se calcula albergaron todas las Leichenhaus llegó a “resucitar”; ocasionando, por el contrario, un olor pestilente en las estancias que impresionaba profundamente a familiares y a turistas como Mark Twain o Wilkie Collins, que pagaban su entrada al ser catalogadas como puntos de interés turístico.

Ataúdes de seguridad
La alternativa a las “casas de muertos” fueron los ataúdes de seguridad. El primero lo construyó en 1792 el duque Fernando de Brunswick, en un intento por disipar su pavor a ser enterrado vivo. El ataúd estaba provisto de una ventanilla que dejaba entrar la luz, un respiradero y una tapa con cerradura en lugar de clavos. A su muerte, el duque sería enterrado con las llaves del féretro y de la cripta.

Otros ataúdes iban provistos de tubos que conectaban el interior de la caja con el exterior del cementerio por los que se podría respirar y pedir auxilio. También los había conectados a la campana de la iglesia mediante un hilo, o con potentes timbres mecánicos instalados en la cabecera.

A pesar de que hasta 1925 tan sólo en Estados Unidos se presentaron 22 patentes para ataúdes de seguridad, estos tenían tantos inconvenientes que no anularon el miedo a despertar en la sepultura. Muchas personas siguieron optando entonces por incluir en sus testamentos la petición de que se les enterrara decapitados o con las venas abiertas. Por ello, el interés se centró en mejorar la certificación de la muerte ya que los médicos se confesaban incapaces de distinguir un vivo de un muerto en ausencia de descomposición corporal.

Se crearon concursos para investigar sobre los signos de muerte. Así surgió el premio “Manni”, en cuya tercera edición se presentó un invento revolucionario: el estetoscopio. Su creador fue el médico Eugène Bouchut y tuvo que competir con otras ideas como la de verter astringentes en el estómago por medio de una bomba estomacal, colocar sanguijuelas cerca del ano del difunto o tenazas en los pezones para propinar sacudidas eléctricas, verter agua hirviendo en un brazo, clavar una larga aguja en el corazón o quemar las sienes con un hierro al rojo vivo. Tan disparatadas ideas mantenían la misma finalidad: averiguar el verdadero estado del presunto cadáver. Afortunadamente, el vencedor fue Bouchut, al convencer al jurado de que la ausencia de latidos en el corazón durante dos minutos era signo inequívoco de falta de vida. Y para certificarlo, nada mejor que su estetoscopio.

El inconveniente residía en que los estetoscopios de la época eran muy primitivos, fabricados de madera maciza. Para remediarlo, su creador sugirió aumentar la auscultación hasta los cinco minutos, pero sus detractores no aceptaron la propuesta. A finales del siglo XIX, sin embargo, su método basado en la ausencia de latidos audibles era considerado ya por los médicos como una muestra fiable de la muerte y fue el criterio seguido hasta la actualidad, a pesar de las reticencias de ciertos facultativos escépticos y alarmistas que no creían en la efectividad del aparato.

¿Realmente hubo enterrados vivos?

Parece ser que efectivamente los médicos, hasta no hace mucho tiempo, fallaron en múltiples ocasiones sobre sus veredictos a la hora de declarar a alguien difunto. Las causas ya se han esgrimido anteriormente: la escasa fiabilidad en los signos de muerte utilizados hasta la llegada del estetoscopio.

La interrogante reside en saber si ese fallo se cometía con asiduidad o, por el contrario, era algo esporádico. Para averiguarlo no pueden contabilizarse las historias de revividos que ilustraban las páginas de los diarios sensacionalistas de entonces, ya que investigadores escépticos del siglo XIX como Eugéne Bouchut o Alexander van Hasselt demostraron que muchas de estas crónicas periodísticas procedían de la imaginación y que incluso manuales de medicina sobre enterramientos prematuros se basaban en las mismas a la hora de ser redactados.

Gran parte de las pruebas que los alarmistas manejaban se basaban en informes de cadáveres y esqueletos hallados en posturas antinaturales tras su exhumación. No se tenía en cuenta que el traslado del ataúd o los propios gases de la putrefacción podían provocar que los cuerpos cambiasen de postura dentro de la caja, e incluso provocar la expulsión de un feto del útero materno. Además, hoy se sabe que las ratas pueden inferir en un cuerpo lesiones idénticas a las que se atribuían a esos hombres en un forcejeo por liberarse del ataúd, incluyendo la mordedura de dedos y de la mortaja.

Todo apunta a pensar que esos diagnósticos erróneos se producían cada vez con menor asiduidad, a excepción de los períodos de guerra y de epidemias, donde la necesidad de deshacerse de los cuerpos llevaba a menudo a sepultar a moribundos por miedo al contagio.

Con el paso del tiempo, los médicos se volvieron más cuidadosos en sus dictámenes por el miedo y la presión popular, y aún así, en los siglos XIX y XX, todavía se contabilizaron historias de enterramientos prematuros. Como es natural, no existen informes en los que un facultativo reconozca su error, pero efectivamente a través del tiempo ha sido posible conocer diversos casos que desgraciadamente llegaron a producirse.

En 1867 una mujer despertó en su ataúd cuando el sepulturero ya estaba echando tierra sobre él. En el archivo fotográfico del Wellcome Institute de Londres se conservan dos imágenes de un hombre en la ciudad china de Nanking, con aspecto de mendigo, al que se le creyó muerto por una parálisis y se le dio sepultura. Una semana después, unas personas oyeron golpes procedentes de la tumba que, al ser abierta, mostró a su ocupante totalmente escuálido, pero vivo. La fotografía se tomó a comienzos del siglo XX. Sin embargo, incluso en una época tan avanzada como 1986, un drogodependiente despertó en el depósito de cadáveres de Redhill, Inglaterra, tras permanecer varias horas rodeado de cuerpos inertes.

Estos casos seguramente no serán únicos, pero la profesión médica prefiere no hablar de ellos, amparándose en la supuesta infalibilidad actual de los signos de muerte y en la obligación de efectuar un examen al cuerpo. Además, el pudor de las familias o la intención de proteger al facultativo incompetente han provocado, según los estudiosos, su silencio.

A comienzos de los 90 se publicaron algunos libros alarmistas que no tuvieron éxito y aunque todavía pudieron verse titulares como el publicado en 1995 en Londres con la leyenda de “Connie Palmer falleció en una casa de pompas fúnebres de Wellington, Nueva Zelanda, después de que su madre Carold, víctima de un ataque al corazón, se incorporara en su ataúd”, el miedo a ser enterrado en vida ha perdido mucha de la fuerza que tuvo antaño. Quizá porque, como aseguran los empresarios de las funerarias, todo cadáver que pasa por un taller de embalsamamiento no vuelve a levantarse. Quién sabe…

FUENTE: http://www.akasico.com/

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