LOS TEMPLARIOS; LOS CABALLEROS DE JESUS

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Es innegable que los Caballeros del Temple fueron unos adelantados a su época que crearon lo que hoy en día no dudaríamos en llamar una gran multinacional. Su habilidad financiera para levantar tan inmenso imperio económico sigue maravillando en nuestro tiempo. Debido a sus votos, los templarios eran pobres nominalmente, pero la Orden era inmensamente rica.

Son significativas, en este aspecto, las palabras del gran historiador Michelet tras el retorno de los Caballeros Templarios a Europa al caer San Juan de Acre, el último reducto cristiano de Tierra Santa: “Llegaron a Francia siendo portadores de un inmenso tesoro, compuesto de ciento cincuenta mil florines de oro y diez mulos cargados de plata. ¿Qué se proponían conseguir en tiempos de paz con tantas fuerzas y riquezas? No existía otro país en el que contasen con mayor número de plazas fuertes, además se hallaban unidos a casi todas las familias de la nobleza…”.

La inquietud de Michelet debió ser compartida también por Felipe IV de Francia, “el Hermoso”. El monarca debió temer que, al igual que la Orden Teutónica en Alemania, los templarios vieran con buenos ojos el formar su propio estado independiente en suelo francés. Viéndose incapaz de someter a los caballeros a su mandato, decidió acabar con ellos y terminar así con la amenaza política.

Sin embargo, tras el golpe descargado contra los Templarios, quedó claro que el objetivo principal del rey de Francia era la inmensa riqueza de la Orden del Temple. El mismo día del arresto, Felipe IV, que debía a la orden una importante cantidad monetaria, irrumpió en el Castillo del Temple en París dispuesto a fundir el tesoro de Francia con el del Temple, que lo triplicaba. De esta forma no solo solventaba la deuda, sino que conseguía apropiarse de todo.

Pero existe la certeza generalizada de que el rey no logró confiscar todos los bienes que esperaba, ya que después del arresto de los templarios continuó expoliando a los banqueros lombardos y judíos para procurarse algo de dinero. Es indudable que los templarios, que gozaban de grandes influencias en todas las esferas sociales, estaban al tanto de la inminente operación en su contra. A un caballero que se retiró de la Orden en aquella época le dijeron que su decisión era extremadamente sabia, ya que se avecinaba una catástrofe. Inexplicablemente, los caballeros no se resistieron cuando fueron apresados.

A pesar de que se realizaron inventarios en todas las haciendas de la orden en Francia, nunca se encontraron los archivos de los templarios. También se dice que días antes de la detención, el Maestre Jacobo de Molay había encargado destruir ejemplares de la Regla del Temple que contendrían secretos relativos a la Orden. Es por ello que la mayor parte de las acusaciones, incluso si contenían visos de realidad, nunca pudieron ser probadas.
o es ilícito pensar que si los monjes-guerreros pudieron salvaguardar sus archivos secretos, pudieron hacer lo mismo con gran parte de su tesoro monetario. De hecho, no todos los templarios fueron capturados a la vez. Un grupo, entre los que se encontraba el tesorero de la orden, escapó a la redada y fueron detenidos unos días más tarde. Al año siguiente, en pleno proceso inquisitorial, un templario llamado Juan de Chalon realizó un sorprendente testimonio, al que hemos aludido en la leyenda anterior. Según él, algunos dirigentes templarios de Francia huyeron antes del arresto con cincuenta caballeros y, transportando el tesoro de la preceptoría de París y los archivos en tres carros al amparo de la noche, tenían la intención de hacerse a la mar en dieciocho galeras desde el puerto de La Rochelle con destino desconocido.

Nunca se ha podido demostrar este punto, ya que al no haber sido englobada la armada templaria en las requisas ordenadas por Felipe IV en 1307, ningún documento queda sobre la utilización de aquella flota. Algunas teorías apuntan que el destino final podría haber sido Inglaterra o Escocia, lo que ayuda a enlazar al Temple con la masonería, ya que hemos visto que en tierras escocesas la Orden no se llegó a disolver. Las especulaciones se disparan en este punto.

Debemos tener en cuenta que los dirigentes templarios fueron finalmente capturados, lo que nos hace pensar que quizás no pudieron sacar el cargamento del país. También es posible que se tratase de una simple maniobra de distracción, para que el tesoro no fuese buscado dentro del reino francés. Vista la actitud que tomaron los templarios ante el proceso que se desató contra ellos, da la impresión de que los caballeros esperaban salir airosos del envite. En ese caso, hubiese sido mucho más lógico ocultar los bienes de la Orden en un escondrijo cercano a la espera de que todo acabase y poder recuperarlos. Esta es una hipótesis que cobra fuerza con enigmáticos descubrimientos en el suelo francés y que cuenta con aguerridos defensores. De ella nos ocuparemos a continuación.

En 1946, un jardinero llamado Roger Lhomoy aseguró haber descubierto un depósito de cofres y sarcófagos bajo un torreón del castillo donde trabajaba, tras haber realizado unas excavaciones en las cercanías. Nacido en la región, Lhomoy había escuchado decir a menudo que el subsuelo del castillo encerraba un tesoro fabuloso. Algunos no vacilaban en pretender que este tesoro era el de los Templarios, muy presentes en la región. El castillo, ejemplo magnífico de arquitectura feudal, había efectivamente pertenecido unos breves años a la Orden del Temple durante el siglo XII, lo que les facultaría para conocer los subterráneos existentes debajo del mismo.

Al parecer, el jardinero había localizado dos años antes un pozo sellado en la entrada de uno de los torreones. De forma clandestina, por la noche, excavaba ayudado por el material rudimentario al que tenía acceso hasta que logró abrir una galería de unos veinte metros de profundidad. Aseguró que una noche tropezó con un muro, y que, tras apartar algunas piedras, se dio cuenta de que se hallaba delante de la pared de una sala de grandes dimensiones. Intentó alumbrar la sala pero su precario equipo no le permitía ver demasiado, así que se introdujo por la ranura.

Había hallado una cripta de unos trescientos metros cuadrados y cuatro y medio de altura. Parecía corresponderse con una antigua capilla donde podía verse el altar con su tabernáculo y, apoyadas en las paredes, estatuas de Cristo y los apóstoles. Pero lo que llamó sobremanera su atención fueron unos sarcófagos pétreos de unos dos metros de largo y en número de diecinueve, que se alineaban a lo largo de los muros de la cripta. Asimismo, treinta enormes cofres de metal coronaban el descubrimiento del jardinero.

Avisadas las autoridades y extendida la noticia, una multitud se dio cita en el lugar de los hallazgos, pero las decepciones no tardaron en llegar. Nadie se atrevía a bajar por aquella intrincada madriguera excavada por Lhomoy, que constantemente amenazaba con desmoronarse, hasta que el comandante de los bomberos de la localidad, Émile Beyne, se ofreció voluntario. Pero tras avanzar inicialmente por la intrincada galería, Beyne desistió a falta de cuatro metros para el final. Expuso que era demasiado arriesgado y que la falta de aire le impedía proseguir, tras negar haber podido llegar a la capilla descrita por Robert Lhomoy. Éste, respaldado por la opinión pública, pidió continuar las excavaciones y ensanchar la galería, pero inexplicablemente el permiso le fue denegado por el Ayuntamiento. De igual manera, y para sorpresa de todos, se tomó la medida de ordenar que las galerías fueran recubiertas de hormigón y nuevamente selladas.

A pesar de este golpe, Lomhoy continuó en sus trece. Solicitó con éxito una autorización del Ministerio de Cultura francés para proseguir las excavaciones, pero la respuesta del Ayuntamiento fue tajante: lo tacharon de loco y amenazaron con hacerlo encerrar si no desistía de su empeño en excavar. El hecho era enormemente extraño al carecer, a priori, de un motivo justificado. Pero el jardinero no era un hombre fácil de convencer, y tras dejar pasar seis años, con una nueva autorización del Ministerio de Cultura se puso nuevamente manos a la obra.
sta vez el Ayuntamiento tuvo que claudicar. Ya no se trataba únicamente de Lhomoy, sino que este se había traído a dos socios con él. Lo único que pudo hacer el Consejo municipal fue poner objeciones a los trabajos, estratagema que dio resultado. Se les impuso el pago de una cuantiosa garantía además de asegurarse la propiedad de buena parte de los posibles hallazgos. El acuerdo era inviable, y Lhomoy y sus socios se vieron abocados a abandonar el proyecto.

Después de ese fracaso, el asunto quedó en el olvido durante cerca de dos décadas. No se produjeron novedades hasta que en 1962, el Ministro de Cultura francés, André Malraux, ordenó proseguir con la investigación. Tras reabrir las galerías, se procedió a llamar a Roger Lhomoy para que comprobase personalmente los trabajos. Éste, llegó a bajar al fondo del pasadizo, pero decepcionado comunicó que aún faltaba el último metro y medio por despejar. Inexplicablemente, estando tan cerca de la supuesta cripta, la reanudación de las obras se postergó otros dos años. Finalmente, en febrero de 1964, cuando se iba a excavar el último tramo, el lugar fue declarado zona militar y la investigación fue parada definitivamente.

A pesar del escepticismo con la que fue acogida la historia de Roger Lhomoy por los arqueólogos e historiadores de la región, las leyendas locales e incluso los registros históricos que hacen referencia a Gisors dan fe de la existencia de al menos una cripta en el subsuelo de la ciudad. Actualmente han sido desescombrados varios subterráneos que surcan las calles y que parecen unir el castillo de la localidad con la iglesia consagrada a los santos patronos de la villa. La capilla supuestamente hallada por el jardinero es descrita de forma muy semejante en varios textos medievales conservados en los Archivos Nacionales y en textos del siglo XVII.

Se la denomina Capilla de Santa Catalina, y la única incógnita que encierran estas informaciones es si se encuentra bajo en castillo, tal y como relató Lhomoy, o bajo la iglesia anteriormente mencionada, como apuntan otros textos. Según se desprende de las narraciones, en esta cripta finalizaban los túneles subterráneos que atravesaban la ciudad comunicando castillo e iglesia. A la vista de que estos existen, constatada su presencia, no hay motivos para desconfiar de que la Capilla de Santa Catalina sea únicamente invención de la mente fantasiosa de un jardinero aficionado a las excavaciones clandestinas. Incluso el continuo sabotaje de su trabajo por parte de las Autoridades parecen señalar que efectivamente algo esconden los sótanos de Gisors. Algo que no se desea que salga a la luz. ¿Quién es esa mano negra que actúa en la sombra? ¿A que se debe ese interés por mantener ocultos los cofres y sarcófagos que permanecen en la cripta? Cofres que, por otra parte, son mencionados en un documento latino fechado en 1500.

¿Existe una capilla bajo el castillo?

¿Había encontrado Roger Lhomoy, humilde jardinero del Ayuntamiento, el tesoro de los Templarios? ¿Se trataba quizá, como apuntan otras fuentes, de archivos secretos del Priorato de Sión?

Puede que algún día se despejen estas incógnitas. Quizás alguien se atreva a esclarecer algún día lo que otros, por ignorancia, miedo u oscuros intereses, evitaron a toda costa que saliese a la luz. Mientras tanto, los sótanos de Gisors guardan celosamente el secreto.

Sobre lo alto de una colina en el Languedoc francés, Rennes-le-Château es un lugar solitario, ardiente bajo el sol en verano y azotado por fríos vientos en invierno. Su situación dominante sobre el resto de la comarca es la única razón posible de que haya sido habitado desde la más remota antigüedad. La población y el entorno que la rodea son mudos testigos de pasadas grandezas y misterios que desafían al tiempo.

El enigma de Rennes-le-Château se inicia temprano, en la época romana. La leyenda afirma que en algún momento del siglo I, José de Arimatea y María Magdalena desembarcaron en el sur de Francia, trayendo consigo el llamado Grial, que el cristianismo define como el cáliz de la Última Cena o donde José de Arimatea recogió la preciosa sangre de Jesús crucificado. De acuerdo con una de las teorías que más se integran el enigma de la región, cuando desembarcó María Magdalena lo hizo con un hijo de Jesús, estableciéndose así una dinastía mesiánica. Bajo este punto de vista el Santo Grial dejaría de ser un cáliz que recoge la sangre de Cristo para pasar a ser sinónimo de Sang-rial, es decir “sangre real”, que se identificaría con la genealogía de los descendientes de Cristo hasta nuestros días.

En el año 410 los visigodos, acaudillados por Alarico, saquearon Roma, llevándose el Tesoro del Templo que los romanos habían obtenido a su vez de los hebreos de Jerusalén. Dos años después desembarcaron en las costas meridionales de las Galias. La región de Rennes-le-Château les agradó, estableciéndose y fundando un reino permanente que no tardaría en saltar los Pirineos y extenderse por el norte de España. No sabemos si es cierto que el Arca de la Alianza llegó o no al Languedoc con los visigodos, pero no falta quien ha querido ver una relación entre el Arca y la población de Arques, no lejos de Rennes. Posteriormente volveremos sobre este punto. En el siglo VI los merovingios extendieron su dominio sobre el reino visigodo. Estos invasores eran portadores de una cultura sofisticada y enterraban a sus soberanos con joyas y tesoros. La legendaria riqueza de visigodos y merovingios ha dado pie a relatos de fabulosos tesoros aún por descubrir en la región de Rennes.

Pero aparte de lo que cuentan las tradiciones, más o menos fundadas, sobre el Grial, el Arca de la Alianza o fabulosos tesoros enterrados, ¿existe algún indicio que nos haga pensar que este lugar merece su fama como el lugar más misterioso de Europa, escenario de acontecimientos siniestros y guardián del secreto más bien guardado de la historia? Ciertamente. La historia comienza con un descubrimiento excepcional ocurrido hace algo más de un siglo en la iglesia de Rennes-le-Château, en donde un sacerdote católico elevó a nuevas y vertiginosas alturas la leyenda de la localidad.

El día 1 de junio de 1885 el pequeño pueblo de Rennes-le-Château, que por aquel entonces solamente tenía unos doscientos habitantes, recibió un nuevo y joven párroco llamado François Bérenger Saunière. Éste se encontró con que la iglesia a la que le destinaban, que había sido construida sobre unos cimientos visigóticos del siglo VI, se encontraba en un estado lamentable, así que seis años después de su llegada, y alentado por su amigo Henri Boudet, cura del pueblo vecino de Rennes-les-Bains, decidió llevar a cabo unas modestas reformas. Durante la restauración, al quitar la piedra del altar, Sauniere se encontró con que una de las dos columnas visigóticas que la sujetaban estaba hueca. Dentro del pilar halló cuatro pergaminos, dos de los cuales databan de 1244 y 1644 y parecen ser genealogías sobre la descendencia desconocida del rey merovingio Dagoberto II. Los otros dos parecían ser obra de un predecesor de Sauniere, el abad Antoine Bigou, que servía en la aldea un siglo antes.

Antoine Bigou era el confesor de la marquesa Marie de Hautpoul de Blanchefort, perteneciente a una noble y antigua familia de la región, uno de cuyos antepasados fue el Maestre de los Templarios Bertrand de Blanchefort. Depositaria de un gran secreto transmitido de su familia de generación en generación, la marquesa en vísperas de su muerte y no teniendo hijo varón, decide confiar su secreto y unos documentos de considerable importancia a su confesor. Muere haciendo prometer al abad que transmitiría a su vez este misterioso legado a una persona digna de confianza. Bigou, a fin de preservar el secreto, disimuló los importantes pergaminos en uno de los pilares del altar y puso una enigmática baldosa con extraños signos sobre la tumba de la marquesa, que murió el 17 de enero de 1781 y reposa en el pequeño cementerio anexo a la iglesia de Rennes-le-Château.

Al día siguiente al descubrimiento, Sauniere les pide a los obreros encargados de la restauración levantar una losa en la iglesia delante del altar. Se trata de la “baldosa de los caballeros”, colocada cara abajo y que representa a dos jinetes montados un solo caballo, símbolo también utilizado por los caballeros templarios. Bajo ella se hallaba un escondrijo en el cual fue hallada una olla repleta de monedas de oro, un tesoro que debía corresponder al de los nobles de la región, quienes, confiándolo a su párroco Bigou, decidieron ponerlo a buen recaudo amparado en la seguridad del templo, antes de su huida al extranjero provocada por la ejecución de Luis XVI y la caída de la monarquía.

Sin embargo aún quedaban más sorpresas bajo el suelo de la modesta capilla. En la Iglesia todo esta revuelto por la continuación de las obras emprendidas y, debido al descubrimiento del tesoro y los pergaminos, los obreros han sido enviados “a descansar” para dejar el campo libre al cura.
ero el viejo sacristán de la parroquia, Antonio Captier, tiene que tocar el angelus cada noche, como es la costumbre. Bajando de su campanario, ve de repente brillar un objeto en el capitel del viejo balaustre echado abajo por las obras. Visto de cerca se trataba de una redoma conteniendo un papel doblado.

Inmediatamente comunica su hallazgo al señor cura, quién no sólo sabe leer y escribir sino que también conoce los alfabetos antiguos. El descubrimiento de esta redoma marcó el punto de partida del enriquecimiento del abad Saunière.

Sobre el papel, firmado por Jean Bigou, tío de Antoine y su predecesor en la rectoría, figuraba un indicio que lo llevó de nuevo al sitio donde los obreros descubrieron la losa vuelta del revés por Antoine Bigou cien años antes. Lo que el papel describía no era solo un escondrijo sino más bien una cripta. Así pues, lo que la losa de los Caballeros ocultaba era la apertura de acceso a un sepulcro. Sauniere realiza un reconocimiento exhaustivo del lugar. En el escondrijo halla un cráneo de época merovingia y encuentra unas escaleras que penetraban debajo de la Iglesia. Efectivamente, el viejo registro de la parroquia, datado de 1694, hace mención en este lugar de la presencia del sepulcro de los señores de Rennes.

A partir de este día, Bérenguer Saunière y su joven criada Marie Dénarnaud vivieron como si dispusieran de una fortuna inagotable. No está excluido que descubrieran la cripta y saquearan las tumbas, pero… ¿qué es lo que encontraron que les permitió vivir con ostentación y burlarse de todo el mundo, incluyendo al propio Vaticano? El futuro comportamiento de Sauniere parece probar que allí existía algo más importante que un tesoro formado por monedas y joyas, por grandioso que este fuera.

Los dos documentos redactados por el abad Bigou parecen ser extractos en latín del Nuevo Testamento, pero con la peculiaridad de que las letras aparecen redactadas sin espacio entre ellas o algunas alzadas sobre las demás. Evidentemente, Sauniere debió darse cuenta de que su descubrimiento encerraba algo importante, aunque es probable que no supiera de que se trataba en un primer momento.

Henri Boudet sugiere entonces al abad Saunière pedir consejo al obispo de Carcasona, Monseñor Félix Billard. Éste lo envía a París en marzo de 1892, donde es presentado a Emile Hoffet, célebre ocultista y autor de numerosos estudios sobre la francmasonería, quién acoge a aquel cura provinciano en su distinguido círculo. Allí conoció a la cantante y actriz Emma Calvé, quién fundó en 1891, en compañía del Conde de Larochefoucauld, la orden cabalística de la Rosa Cruz del Templo y del Grial. Estos personajes serán a menudo sus invitados en Rennes-le-Château.

Durante su estancia en París adquirió tres reproducciones de cuadros del Louvre. Según parece, se trataba de un retrato de Clemente V, el papa que abolió la Orden del Temple, y dos pinturas obra de David Teniers “El joven” y Nicolas Poussin, tituladas “San Antonio y San Jerónimo en el desierto” y “Los pastores de la Arcadia”, respectivamente. La conducta de Sauniere no era fruto de un repentino amor por el arte pictórico, sino que respondía al punto de partida de una investigación que le tendría ocupado en los años posteriores. Así pues, en los pergaminos del abad Bigou, que actualmente se hallan expuestos en el museo de Rennes-le-Château, podía leerse una vez descifrados:

“Pastora sin tentación. Que Poussin, Teniers guardan la clave (o llave); paz 681. Por la cruz y este caballo de Dios termino (o destruyo) este demonio del guardián. A mediodía manzanas azules”.

El segundo pergamino dejaba ver algo mucho más claro y directo:

“A Dagoberto II, Rey, y a Sión pertenece este tesoro y él está allí muerto”.

A su regreso de París, el abad hace sellar cuidadosamente el escondrijo debajo de la “losa de los Caballeros”. Luego, su fiel criada y él, en el cementerio actúan de forma extraña. Mueven la losa horizontal de la tumba de la marquesa de Hautpoul y se dedican a hacer desaparecer los símbolos de la lápida. Afortunadamente, no sabían que estos habían sido ya copiados por un viejo arqueólogo de la región. La inscripción diseñada por Antoine Bigou, al igual que los pergaminos incluía varios errores premeditados de espaciado y ortografía, y era un anagrama perfecto del mensaje oculto que aludía a Poussin y Teniers. En efecto, si se cambia el orden de las letras encontramos nuevamente la críptica cita del primer pergamino. Pero la tumba contenía otra placa que supuestamente Bigou había hecho quitar y transportar desde un sepulcro en la cercana localidad de Arques.

En ella, en dos líneas verticales se presentaban grabados carácteres griegos y latinos, además de cruces pateadas semejantes a la que conformaba el símbolo de los Templarios. ¿Qué significaba aquello? El cuadro de Poussin aportaba la respuesta a este enigma. En “Los pastores de la Arcadia” está dibujada una tumba sospechosamente parecida a la de Arques, incluso el paisaje es semejante al de la región, pero en el cuadro cuatro personajes señalan una inscripción horizontal que reza “Et in arcadia ego”.

Se trata de la frase que supuestamente expresó la Muerte y que significa “Y yo en la Arcadia”. La Arcadia es una tierra paradisíaca localizada en Grecia, donde se situaban las andanzas de dioses y ninfas entre riachuelos, vegetación exuberante y completa armonía del hombre y la naturaleza. Los pastores de la Arcadia son el prototipo de habitante feliz, modelo para el resto de la Humanidad. Sin embargo, en uno de sus paseos, los pastores encuentran una calavera, que viene a recordarles que incluso en el lugar más feliz y perfecto de la tierra, la muerte está presente y dispuesta a cada momento. La frase es curiosa porque carece de verbo, pero sin embargo debió ser de gran importancia para Bigou o incluso para la marquesa de Blanchefort. A la vista de los pergaminos, tan dados a dobles sentidos y juegos de palabras, no es desechable que la inscripción no sea simplemente una frase alegórica. ¿Es posible que también sea un criptograma? Curiosamente, alterando el sentido de las letras se puede formar una expresión coherente: “I tego arcana dei” es decir, “Yo oculto los secretos de Dios”. O también: “Arcam dei tango”, que se traduce como: “Estoy tocando la tumba de Dios”.

Antes de proseguir, debemos hacer hincapié en que nos hallamos en la región del Languedoc, tierra no solo de romanos y merovingios, sino también de templarios, y sobre todo, de cátaros.
principio del siglo XIII lo actualmente llamado Languedoc no formaba parte de Francia. Era un principado independiente cuya cultura y lengua guardaban más semejanzas con los reinos de la Península Ibérica. En el Languedoc, donde florecían las artes y las ciencias al estilo de Bizancio, se praticaba una tolerancia religiosa que contrastaba con el fanatismo del resto de Europa. A través del comercio marítimo mediterráneo y de los pirineos se introdujeron doctrinas islámicas y judaicas, al mismo tiempo que el catolicismo romano perdía devotos entre la población. Ello formó un propicio caldo de cultivo para originar lo que a ojos de la Iglesia era la mayor y más peligrosa herejía de la cristiandad: el catarismo.

Los cátaros rechazaban la iglesia católica ortodoxa y aborrecían la misa. Repudiaban la fe, al menos en la concepción católica, e insistían en la gnosis como fórmula para el contacto directo y personal con lo divino, así que negaban la validez de todas las jerarquías clericales. También eran dualistas; pregonaban la existencia de dos dioses con una categoría comparable, uno maligno y otro benigno. Para ellos, toda la creación material se debía al dios del mal, el Rex Mundi, y era intrínsecamente mala. Para la iglesia romana la doctrina cátara era sinónimo de herejía, pero lo más grave de todo era la actitud que tomaban ante el propio Jesús. Los cátaros consideraban a Jesús un ser mortal que en nada se diferenciaba de los demás, que había muerto por sus propios pecados y no por la salvación de la humanidad. No había nada místico en él, nada sobrenatural ni divino. Y lo que es más, muchos cátaros dudaban de la crucifixión y se negaban a adorar la cruz.

Cátaros y templarios convivieron en la misma época, y aunque aparentemente y dadas sus creencias respectivas podríamos pensar a priori que ocuparían bandos enfrentados, conocemos suficientemente a los Templarios para no extrañarnos la posibilidad de un entendimiento mutuo. Ciertamente hay claros indicios de que unos y otros simpatizaron. Muchos templarios descendían de linajes cátaros, como el Maestre del Temple Bertrand de Blanchefort. También es sabido que numerosos cátaros fueron acogidos en las filas templarias cuando se desató contra ellos la ira de Roma en forma de cruzada, e incluso se rumorea que muchos miembros del Temple del Languedoc profesaban la fe cátara y no la católica. Durante la “cruzada contra los albigenses”, como fue llamada la represión de los cátaros, la postura de la Orden del Temple fue ostensiblemente neutral y, a veces, da la impresión de que empuñaron las armas en defensa de los herejes.

Como hemos dicho, conociendo los valores que defendía el catarismo se nos hace extraña la asociación, y sin embargo algunos ritos templarios nos lo recuerdan. No creemos que los Templarios fuesen mayoritariamente cátaros, pero… ¿hay algo en sus creencias en lo que coincidían con ellos? Antes de dar rienda suelta a las especulaciones es menester acabar de contar la historia de Saunière.

Tras su vuelta de París, Bérenguer Saunière, que era natural de la zona y conocía bien la historia de la región, continuó con los trabajos de restauración de la Iglesia y con otras obras diversas, gastando una espectacular fortuna, incluso para los tiempos que corren. Acometió la construcción de una torre, llamada Torre Magdala que utilizaría como biblioteca y edificó una opulenta casa de campo a la que denominó Villa Bethania, que nunca llegó a ocupar. ¿Confirma esto que la Magdalena era tan sumamente importante, como podemos extraer del estudio de la Orden del Temple y del Priorato de Sión? Los nombres dados a la torre y a la villa, se refieren inequívocamente a ella. Y un dato que hemos omitido intencionadamente hasta el presente momento: la iglesia de Rennes-le-Château, escenario de la boda de Dagoberto II, está consagrada, como no, a María Magdalena. ¿Y no hemos analizado ya al merovingio Dagoberto y su supuesto linaje de una de las piezas claves del secreto de los Templarios? Indiscutiblemente, esta iglesia parece estar en el epicentro del misterio.

En la entrada de la misma, Saunière hizo colocar las siguientes inscripciones: “Mi casa se llamará casa de oración” y “Este lugar es terrible”. La referencia bíblica completa es: “Mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones” (Mateo 21,13) y “Este lugar es terrible, es la casa de Dios y la puerta de los cielos” (Génesis, 28,17).

Justo al atravesar la entrada colocó una estatua del diablo Asmodeo, guardián de los secretos, donde puede leerse la frase: “Con este signo le vencerás” Pero la frase real, que se debe a Constantino era sólo: “Con este signo vencerás”. Este “le” añadido al original sigue siendo un enigma. Con estos hechos y la figura del demonio a la vista, no podemos dejar de recordar la frase del pergamino que decía “Por la cruz y este caballo de Dios terminó (o destruyo) este demonio del guardián. A mediodía manzanas azules”. Y es que las vidrieras del lado sur de la iglesia de Rennes-le-Château, poseen la particularidad de que en invierno y en días de buen tiempo, los rayos de sol entonces bajos en el horizonte, pasan a través de los dibujos de las vidrieras justamente al mediodía dibujando en la pared opuesta un árbol cubierto de frutos redondos parecidos a las manzanas. Mientras que la imagen se va precisando, los frutos maduran y se vuelven rojos excepto tres de ellos que permanecen azules.

Asimismo, el Vía Crucis es harto sorprendente, diríamos que incluso herético, con lápidas muy llamativas y de tamaño desproporcionado. María Magdalena aparece aquí con el velo de viuda y es curioso que los masones se hagan llamar “el hijo de la viuda”. Como hemos visto en otra leyenda, si el Temple sobrevivió a través de la masonería… ¿no es este un indicio de la continuidad de un linaje, como también pretende el Priorato de Sión? En otra estación Jesús, cuando va a ser sepultado, sangra por su costado de forma abundante, lo que parece indicar que no se trata del cuerpo de un fallecido. Y así con cada estación. En todas ellas Sauniere se encargó de incluir algún detalle inexplicable, alguna desviación de la crónica de las Escrituras, que para un párroco no podría pasar desapercibido, e indican una voluntaria intención críptica. Incluso, todas las estaciones del Vía Crucis están orientadas en dirección contraria a la habitual.

Algunos meses después, Saunière habría recibido la visita del archiduque Jean-Stéphane de Hasburgo, al que los aldeanos llaman “Señor Guillermo”. Hoy sabemos que éste, que era primo del Emperador de Austria, habría financiado las búsquedas del abad para encontrar y descifrar los documentos preciosos disimulados en la iglesia. Pero la historia se iba a interrumpir el 17 de enero de 1917. Curiosamente, la misma fecha (mes y día) que aparecían grabados en la lápida de la marquesa de Hautpoul. Bérenger Saunière, que ya tenía sesenta y cinco años, sufrió un ataque apopléjico en la puerta de la Torre Magdala que le haría fallecer cinco días después. A pesar de que hasta el momento gozaba de buena salud y que la apoplejía fue totalmente inesperada, alguien el 12 de enero había encargado un ataúd para el cura a nombre de su gobernanta Marie Dénarnaud. ¿Estaba revelando Saunière más de lo que debía? No podemos saberlo, pero que el cura era partícipe de un gran secreto nos lo indica la actitud del párroco que le dio confesión. El día 22, el sacerdote que confesaba a Saunière en su lecho de muerte abandonó al poco tiempo la habitación visiblemente horrorizado tras negarse a administrarle la extremaunción. Se dice que cayó en una aguda depresión y que “nunca volvió a sonreír”.

A pesar de había gastado a manos llenas, el testamento de Saunière indicó, ante la sorpresa general, que no poseía nada y que todos los bienes inmuebles estaban inscritos a nombre de Marie Dénarnaud, quién siguió viviendo en Villa Bethania hasta su fallecimiento en 1953. Poco antes de morir decidió vender la casa solariega y le comentó al comprador que un día le haría confidente de un secreto que le haría rico y poderoso. Pero para decepción de este, la muerte de la antigua criada, también súbita e inesperada al igual que la de su amo, hizo que se llevara el secreto a la tumba.

Es casi seguro que Saunière no encontró el tesoro de los Templarios. Hoy sabemos que su fortuna provendría de las donaciones de la nobleza europea y de misteriosas sociedades, aunque se supone que en la zona estaba escondido un gran secreto, quizás relacionado con los Caballeros del Temple. Los hallazgos del entorno y la simbología utilizada en la iglesia parecen querer transmitirnos una historia diferente a la que nos han contado. ¿Pero que es lo que se oculta en Rennes-le-Château? Teniendo en cuenta lo que sabemos de Sauniere, cátaros y templarios, nos atrevemos a exponer una curiosa hipótesis:

Jesús no murió en la cruz. En sus inicios, para expandirse y satisfacer al mundo romano que estaba acostumbrado a deificar a sus gobernantes, la Iglesia suprimió al Jesús histórico y se inventó al Jesús celestial que ha venido administrando desde entonces. Entonces Jesús dejó de ser el depositario de la estirpe de David para ser Dios mismo encarnado. Ese parece ser el gran secreto de Rennes-le-Château. Y también algo que ya nos suena más familiar, a través de los Templarios y del Priorato de Sión, que estaba casado con María Magdalena. Así lo recogen, además, varios textos evangélicos apócrifos. Esta teoría indica que Jesús, su esposa y al menos un hijo huyeron tras la crucifixión a un lugar en donde el paganismo les hiciera pasar desapercibidos. Y este lugar sería el Languedoc. O como apuntan otros investigadores, quizás sus cuerpos fueron trasladados allí por los Caballeros del Temple desde Tierra Santa, en aquella exitosa misión que les encargara San Bernardo, pues hace unos años se produjo el descubrimiento cerca de Jerusalén de una cripta, verdadero panteón familiar, donde se hallaron seis urnas vacías que habían contenido los restos mortales de Jesús, María, José, María Magdalena, Tadeo (presumiblemente hermano de Jesús) y Judas, hijo de Jesús según reza la inscripción en la correspondiente urna.

Naturalmente, de ser cierto todo lo presente en Rennes-le-Château, las pruebas que allí se ocultarían, se echarían por tierra los dogmas del catolicismo en relación con la Asunción, Resurrección y Ascensión. Sería un terrible cataclismo para la propia Iglesia romana, que perdería toda su credibilidad. No podemos dejar de preguntarnos si en las persecuciones que sufrieron cátaros y templarios, y que culminó con su destrucción por herejía, no estaba incluido la preservación de este secreto. Un secreto que hoy en día se hallaría en manos del Priorato de Sión, quien estaría esperando el momento oportuno para dar su golpe definitivo. .

Al igual que Francia fue testigo un día del fin de la dinastía de los Capetos, ¿le habrá llegado su turno a la Iglesia? ¿Volverá algún oscuro desconocido a gritar aquello de “¡Jacobo de Molay, ya estás vengado!”? La mano de la venganza templaria parece ser larga y longeva.

Es posible que las claves para determinar la validez de este tremendo rompecabezas se hallaran en la misteriosa tumba de Arques, que fue dinamitada por el propietario del terreno donde se hallaba en 1971, harto ser molestado por los buscadores de tesoros; y en la críptica inscripción “Et in arcadia ego”. Quizás aún puedan hallarse entre las enigmáticas pistas que parece haber dejado Sauniere, o tal vez salgan a la luz nuevos hallazgos. Esperemos que algún día podamos acercarnos más a la verdad del misterio de Rennes-le-Château.

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