Bolas de Fuego en una casa de Rusia


“Era el 16 de noviembre de 1870, al caer la noche. Yo volvía a mi casa después de un viaje de algunos días. Vivíamos en esa granja desde hacía un año y medio. Mi familia se componía de dos señoras ancianas (mi madre y mi suegra, de unos 60 años), de mi mujer, que tenía entonces 20 años, y de una niña de pecho, mi hija.”

“Apenas dichas las primeras palabras de saludo de bienvenida, me dijo mi mujer que las dos últimas noches no se había casi dormido en casa, debido a oírse unos ruidos extraños, y grandes golpes en el granero de la casa, en las paredes, en las ventanas. De lo cual había deducido mi mujer que la casa se hallaba encantada por el diablo”.

Después cuenta el señor Schtchapov que también él, durante cinco noches seguidas, oyó golpes extraños que se producían casi sin interrupción ya en las paredes, ya en las ventanas. Que estos golpes se renovaron el día 23 de diciembre y duraron también varios días, y entonces empezaron a cambiar inopinadamente de sitio varios objetos y, cosa curiosísima, mientras los cuerpos suaves caían al suelo produciendo el ruido característico de los cuerpos duros, los que eran duros realmente no producían ningún choque. La noche de Año Nuevo (1871) dejáronse oír otra vez los golpes, y en esta ocasión el fenómeno pudo ser observado por una reunión de personas bastante numerosa. A las personas que estaban fuera les parecía que los golpes eran dados en el interior de la casa, y las que estaban dentro decían que los golpes eran dados en la pared, por la parte de afuera. Luego continúa diciendo el señor Schtchapov:

“El día 8 de enero mi mujer vio un globo luminoso saliendo de debajo de la cama, de pequeño tamaño primeramente y luego, según su decir, aumentando hasta el volumen de una sopera y ofreciendo una gran semejanza con una pelota de goma encarnada. Le causó su contemplación tal susto que cayó desvanecida”.

“Otro día, mientras estaba tomando el té de las cinco, oyó mi mujer nuevos golpes dados en el brazo del canapé en que estaba sentada y cuando me coloqué yo en su sitio los golpes fueron dados en el lugar donde ella se sentó, sobre el encerado del canapé y hasta en los pliegues de su vestido de lana. La seguían los golpes por todas partes de la casa. Francamente, empezábamos todos a tener miedo. La inflexible realidad de esos fenómenos produciéndose a la luz del día y tan íntimamente unidos a los pasos de mi mujer nos afligía muchísimo y a mi pobre esposa hasta la hacía llorar”.

“Mi mujer sentía una debilidad muy grande y una fuerte necesidad de dormir siempre que debían producirse los fenómenos y si en ese momento se hallaba en la cama caía en un profundo sueño”.

“Un día, al volver tarde a casa y cuando mi esposa estuvo en la cama, renováronse los golpes y objetos de todas clases fueron lanzados a través de las habitaciones, muy peligrosos algunos, pues un cuchillo que estaba encima de la estufa fue proyectado con fuerza extraordinaria contra la puerta. Desde entonces, poníamos en lugar seguro todos los objetos cortantes o pesados. Pero fue trabajo perdido: sucedía con frecuencia durante la noche que los cuchillos y tenedores, cerrados cuidadosamente por nosotros en un armario, se dispersaban violentamente por toda la estancia, y algunos venían a dar contra la pared, muy cerca de nuestro lecho”.

“Confieso que empezaba a temer seriamente tales manifestaciones, que comenzaban a hacerse terribles, por lo que acogía con verdadero reconocimiento a cuantas personas venían entonces a visitarme y se quedaban con nosotros por la noche, movidas por el interés o la curiosidad.”

“Con todo cuidado y cronológicamente, varias personas que fueron a estudiar los fenómenos y yo íbamos registrando en un cuaderno especial las manifestaciones. Hacíamos por turno guardia en el cuarto de mi mujer, en donde ordinariamente comenzaban los golpes”.

“Intentamos al principio someter los fenómenos a una clasificación, dividiéndolos en varias categorías. Pero siempre, como si fuese hecho expresamente, se producía algún hecho para desmentir nuestra clasificación. Por ejemplo, al comienzo de nuestras observaciones seguimos con la mirada el vuelo de los objetos que, lanzados de la mesa por una fuerza invisible, se dirigían hacia todos los lados de la estancia, alejándose siempre del lugar en que mi mujer se hallaba, lo cual nos llevó a la conclusión de que mi esposa estaba dotada de una fuerza de repulsión, una especie de corriente negativa. Pero he aquí que de pronto hubimos de llegar a una conclusión absolutamente contraria. Mi mujer se acercó al armario y apenas lo hubo abierto, una gran cantidad de objetos se lanzaron con ímpetu sobre ella para luego dirigirse en todas direcciones. Sin embargo, aunque procurábamos estar constantemente cerca de mi mujer y no perderla ni un momento de vista, nunca logramos ver el instante preciso en que los objetos se ponían en movimiento. No lográbamos verlos sino en el curso de su trayectoria o en el momento de caer. Persistiendo en nuestro estudio, rogamos a mi mujer que fuese tocando los objetos todos que había en el armario, uno después de otro. Pero mientras nosotros mirábamos de cerca nada se movió. Mas, de pronto, un objeto cualquiera, como una cuchara, cuando nadie tenía fijos sus ojos en él, se lanzaba al espacio y pasando por encima de nuestras cabezas iba a caer a una distancia regular. En tales condiciones fue necesario atribuir a mi mujer una fuerza de atracción, como ya le habíamos atribuído una fuerza de repulsión. De manera que a cada momento nos hallábamos frente a hechos contradictorios que destruían todas nuestras suposiciones”.

“Todo esto era nuevo para nosotros, pues en aquella época todavía no se hablaba de fenómenos psíquicos. El señor Akutin, un ingeniero químico que estaba estudiando los fenómenos declaró que en vista de que los mismos no podían ser incluídos en ninguna de las categorías definidas por la ciencia y que, no obstante, los hechos eran evidentes y de una realidad para él indiscutible, se abstenía por el momento de aplicarles teoría científica alguna y se limitaba a designarlos con el nombre de elenismo, por llamarse mi mujer Elena.”

“En algunos casos se produjeron las manifestaciones sin necesitar la presencia de mi esposa.”

“Un día, al declinar la tarde, vi un pesado canapé hacer piruetas por el aire y caer otra vez sobre sus cuatro patas, estando mi madre tendida en él, con gran terror por su parte, naturalmente”.

“Tuve también ocasión por dos veces, de comprobar lo que se llama ahora “fenómenos de materialización” y que entonces teníamos nosotros por cosas del diablo”.

“Otro día vio mi mujer en la parte exterior de la ventana una mano fina y sonrosada como la de un niño, con unas uñas muy lisas, que tamborileaba sobre los cristales. En ese mismo lugar vióse sorprendida otro día por la vista de dos formas vivas muy semejantes a las sanguijuelas, las cuales produjeron en ella una impresión tan desagradable que se desvaneció. Otra vez fui yo mismo testigo de un fenómeno semejante. Mi mujer dormía. Yo me hallaba solo en casa, y había pasado ya bastante tiempo espiando para descubrir al autor de los golpes que se oían en el suelo, en el cuarto de mi mujer. Tenía yo todavía la sospecha de que podía producirlos mi esposa fingiendo dormir. Muy quedo me acerqué muchas veces hasta la puerta, pero cuantas veces dirigí mi furtiva mirada al interior del cuarto cesaban los golpes, para comenzar de nuevo en cuanto me alejaba o volvía siquiera los ojos a otro lado, como si lo hiciera expresamente para burlarse de mí”.

“Pero una vez, creo que fue la vigésima, hice bruscamente irrupción en el cuarto en el momento preciso en que comenzaban de nuevo los golpes, y me detuve en el umbral, helado de espanto. Una manecita rosada de niño, se levantó bruscamente del suelo y desapareció bajo las sábanas de mi mujer dormida, y yo pude ver perfectamente cómo ondulaba el cobertor de un modo inexplicable, indicando el paso de aquella manecita desde los pies de la cama hasta cerca de los hombros de mi mujer, donde por fin se quedó quieta”.

“En otra oportunidad, mientras nos hallábamos todos reunidos en la sala grande, una luz azulada apareció debajo del lavabo, en el cuarto contiguo, y se dirigió hacia el cuarto de mi mujer, que no se hallaba entonces allí, y casi instantáneamente vimos que algo estaba ardiendo en esa última estancia. Mi suegra, que estaba allí, se me adelantó y se ocupaba ya en apagar el fuego, sobre el cual había echado un cántaro de agua. Me detuve yo en la puerta, sin dejar pasar a nadie, y me puse a examinar si no podía el fuego haber sido producido por alguna otra causa, fuera de la chispa que todos habíamos visto, y no pude descubrir absolutamente nada. Un fuerte olor a azufre llenaba la estancia, despedido por la ropa quemada, que estaba caliente todavía y despedía un gran vapor como cuando se echa agua sobre un hierro calentado al blanco”.

“Un día me vi obligado a ausentarme para un negocio muy urgente. Con pena abandoné a mi familia en momentos tan precarios y para mayor tranquilidad mía rogué a un joven vecino nuestro que se quedase en casa durante mi ausencia”.

“Al volver a mi casa, después de varios días, me encontré a mi familia haciendo las maletas y dispuestos a marcharse”.

“Me dijeron que ya era imposible vivir en aquella casa, pues objetos de toda clase se inflamaban espontáneamente. Me relataron que la noche de mi partida, las manifestaciones fueron acompañadas de globos luminosos que aparecían delante de la ventana que da al corredor exterior. viéronse muchos de esos globos, y presentaban distintos tamaños, variando entre el de una manzana grande y una nuez, de un color rojo oscuro o violeta claro, y más bien opacos que transparentes”.

“Esa especie de meteoros se sucedieron bastante tiempo. Ocurría que uno de estos globos de fuego se acercaba a la ventana, daba numerosas vueltas por la parte exterior de los cristales y desaparecía sin ruido alguno, reemplazado por otro globo que venía de la parte opuesta, y aun muchas veces sucedió que se presentaron varios a un tiempo”.

“Esos globos, lo mismo que fuegos fatuos, parecían querer entrar en la casa. Mi mujer no dormía todavía entonces. La noche siguiente sucedió que estando mi familia sentada en la escalera exterior de la casa, pues el tiempo era caluroso, vio nuestro joven vecino al entrar un momento que una de las camas estaba ardiendo. Pidió socorro y empezó por tirar al suelo las ropas incendiadas y después de haber apagado las llamas y mirado cuidadosamente que no quedase rescoldo en ningún sitio, salió para dar cuenta de lo que había sucedido, y mientras estaban todos extrañados, sin acertar a explicarse cómo pudo producirse el incendio, pues no había en el cuarto ni luz ni fuego encendido, notaron que un fuerte olor a chamusquina salía otra vez del propio cuarto.”

“Esta vez era el colchón el que ardía por debajo y había ya el fuego tomado tal incremento que era imposible atribuirlo a una falta de atención por parte del que había apagado el incendio primitivo”.

“Pero habían sucedido cosas mucho más graves aún, a consecuencia de las cuales la estancia en esa casa hacíase ya absolutamente imposible”.

“Era necesario cambiar de habitación enseguida, a pesar de las dificultades que para el traslado nos ocasionaría el deshielo y las crecidas que habían comenzado ya”.

“Y no de esos días en que yo estuve ausente, nuestro joven vecino estaba en mi casa tocando tranquilamente la guitarra. Acababa de salir otro vecino, un molinero que había ido de visita. Algunos momentos después salió también Elena, mi mujer”.

“Apenas había cerrado la puerta tras de sí, y encontrándose en el vestíbulo, sintió que el suelo cedía bajo sus pies y que un ruido ensordecedor llenaba la estancia. Al mismo tiempo, vio aparecer una chispa azulada, semejante a la que nosotros habíamos visto salir de debajo del lavabo. No tuvo tiempo más que de lanzar un gran grito. En seguida se vio envuelta por las llamas, perdiendo el conocimiento”.

“Cuando Elena pegó el grito, nuestro joven vecino, que estaba dentro de la habitación que ella acababa de abandonar, lo sintió, pero en forma de una especie de lamentación muy quejumbrosa y débil, como si viniese de lejos. Después de un momento de estupor, se lanzó fuera de la casa, presa de un doloroso presentimiento. En el vestíbulo vio una gran columna de fuego y en medio de ella la figura de Elena. Sus ropas habían comenzado a arder por la parte inferior y ella aparecía toda rodeada de llamas. Comprendió al primer golpe de vista que el fuego no podía ser muy denso, pues los vestidos de la pobre mujer eran finos y ligeros. Se precipitó sobre ella para apagarlo con sus propias manos. Pero las llamas eran muy tenaces, pareciéndole que tocaba cera fundida con las manos”.

“A sus voces de auxilio acudió el molinero y entre ambos lograron extinguir el fuego y llevar a la cama a mi mujer, que se encontraba desvanecida”.

“Nuestro joven vecino resultó con quemaduras en ambas manos que le produjeron grandes ampollas, debiéndolas llevar vendadas. En cuanto a mi mujer, cosa curiosa, no recibió una sola quemadura, aunque sus ropas habían quedado enteramente destruídas hasta arriba de las rodillas”.

“¿Qué nos tocaba hacer?. Al contemplar las manos destrozadas de nuestro vecino y las ropas de mi mujer en parte consumidas por el fuego, sin poder hallar el menor indicio de ningún líquido inflamable, decidí que en efecto no teníamos más remedio que abandonar esa casa, lo cual hicimos el mismo día”.

“Nos fuimos a vivir a la casa de un amigo nuestro en un pueblo vecino. Allí permanecimos, sin que se produjera incidente de ninguna clase, hasta terminada la estación de las lluvias”.

“Después que hubimos vuelto a nuestra casa, no se repitieron más los fenómenos. No obstante, decidí que fuese demolida la casa entera, y reconstruida de nuevo”.

Fuente: Alejandro Aksakoff.

Publicado en Revista Espiritista “La Conciencia”, Nº 207, julio-agosto-septiembre de 1966