DECLARACIÓN DE UN ABDUCIDO: ¡LA LUNA ES ARTIFICIAL Y FUE TRAÍDA AQUÍ DESDE OTRA GALAXIA!


Contactado Alex Collier afirma que nuestra Luna es en realidad el barco de transporte interestelar que fue traído aquí desde un sistema solar distante. Contenía un experimento dirigido por los alienígenas grises y sus amos reptilianos: nuestros antepasados genéticamente modificados.

La mayoría de los escritores de ciencia ficción demostró ser bastante visionario, sino algo profético. El libro “Cartas de Andrómeda”, idea de Job Robinson y Alex Collier, describe una conversación telepática con seres extraterrestres originarios de la Galaxia de Andrómeda. Un antiguo ser llamado Moraney de la constelación Zenetae, transmitió información importante a Collier, cuestionando las mentiras extendidas en nuestros libros de historia.

El Andromedan expuso la manera engañosa en que los seres humanos están siendo gobernados, las mentiras que gobiernan nuestras vidas cotidianas sin nuestro consentimiento ni siquiera conciencia. No se nos dice nada acerca de las verdaderas preocupaciones de la vida real, mucho menos acerca de lo que realmente está sucediendo en nuestro Sistema Solar.

La mayor revelación de Moraney se refería a la verdadera historia de la humanidad y una base secreta en la Luna. El satélite de la Tierra desempeñó un papel vital en nuestra génesis, pero lejos de cualquier manera que se nos ha enseñado así.

La Luna fue traída de la constelación Ursa Minor – 432 años luz de la Tierra – para servir como un barco de transporte para reptiles, híbridos humano-reptilianos y la primera generación de antepasados humanos a descender sobre la Tierra. Nuestra luna hizo su camino en nuestra galaxia arrastrada por un asteroide que se cree que atraviesa nuestra galaxia cada 25.000 años de la Tierra.

Moraney también reveló que nuestra Luna orbita una vez el decimosexto planeta del sistema de estrellas de Chowta, hogar de los andromedanos. Lo que vemos hoy en día de la Luna son, de hecho, los restos de un antiguo vestigio cósmico de 6,2 mil millones de años llamado Maldek, un recordatorio de la antigua guerra entre los tiranos alienígenas grises del Imperio de Orión.

De acuerdo con la información transmitida a Collier por el Andromedan, estamos aquí porque fuimos traídos aquí por una antigua civilización extraterrestre que supera a nuestro Sol en edad.

Para sustentar esta osada teoría, necesitamos abordar la especulación. Los rumores dicen que en la superficie de la Luna, las misiones lunares detectaron la presencia de algunos compuestos químicos desconocidos, y ese descubrimiento fue completamente cubierto. Collier tenía sus limitaciones en este asunto, pero la comunicación telepática de Moraney confirmaba todas las dudas:

“La Luna es hueca. Contiene inmensas instalaciones subterráneas construidas por E.T. y más tarde seres humanos de la Tierra. Hay siete aberturas en la corteza lunar, y las bases subterráneas. Los científicos conservadores se han preguntado por qué tantos cráteres parecen tan superficiales, a pesar de su tamaño.

Los andromedanos dicen, es porque gran parte de la superficie fue construida sobre una cáscara metálica de una cresta espacial circular; O “un portador de la guerra”, como los Andromedans lo describen. ”

Los cráteres de la Luna son profundos y no coincide con un cuerpo cósmico extraviado, sino con una forma uniforme que presiona contra las capas de polvo lunar y roca, pero como estamos solos en esta galaxia, Responsable de los llamados cráteres? La respuesta viene del Andromedan, que cuenta de ciudades y hangares espaciales situados al otro lado de la Luna, que fueron destruidos en una guerra de hace 113.000 años, dejando atrás las marcas visibles desde nuestro planeta.

Los Grises guiaron la primera misión de exploración de estas ruinas en 1950, cuando un equipo de astronautas de la NSA (¡no la NASA!) Explotó supuestamente en una instalación subterránea lunar del tamaño de Nueva York, justo debajo del cráter Jules Verne. Dentro de la instalación encontraron los restos de una batalla violenta, viendo pedazos de cuerpos reptilianos esparcidos por todo el lugar.

“Cuando los astronautas de Apolo aterrizaron en la luna, el Orden Mundial había estado allí por algún tiempo”, escribió Collier. Este conocimiento y tecnología fue retenido de los niveles inferiores de la NASA y nuestros militares. La NASA se ha utilizado como un ciego para evitar que la gente sepa realmente lo que estaba sucediendo allí. Los astronautas fueron silenciados bajo amenazas y lo siguen siendo hoy.

Desde entonces, el Gobierno Mundial mantuvo un programa de población lunar comenzando con 36.000 personas escogidas a mano. Se calcula que la colonia llegará a 600.000 ocupantes en un futuro próximo.

El lado lejano de la Luna está para siempre oculto de la vista e incluso si un número de bases alienígenas se localizaban allí, no podríamos localizarlos desde la Tierra.

Via: ufoholic.com

EX DE LA CIA REVELA QUE EXTRATERRESTRES ESTÁN USANDO NUESTRO PLANETA COMO UN “SUPERMERCADO”.


Un ex empleado de la CIA revela la razón por la cual algunos alienígenas siguen visitando nuestro planeta.Los escalones más profundos del Gobierno de los Estados Unidos llevan a cabo una serie de empresas muy oscuras conocidas colectivamente como Programas de Acceso Secreto.

En 1997, el Senado de Estados Unidos publicó un informe que describía los PAS como “tan sensibles que están exentos de los requisitos de informes estándar para el Congreso”.

Uno de estos SAP infames se centró en personas dotadas de “habilidades especiales”, el programa de visualización remota de la CIA:

“En julio de 1995, la CIA desclasificó y aprobó la liberación de documentos que revelaban su patrocinio en los años setenta de un programa en el Instituto de Investigación Stanford en Menlo Park, CA, para determinar si tales fenómenos como la visualización remota” podrían tener alguna utilidad para la recolección de inteligencia “ . Así comenzó la revelación al público de una participación de más de dos decenios de la comunidad de inteligencia en la investigación de los fenómenos llamados parapsicológicos o psi.

Uno de los participantes en este programa de acceso secreto fue Ingo Swann y su historia es una que realmente le hará considerar lo que es públicamente desechado como un deseo.

Usando su inexplicable poder, Ingo Swann fue capaz de ver y describir el delgado anillo alrededor de Júpiter antes de que los astrónomos tuvieran la oportunidad de detectarlo. Al año siguiente, la nave espacial Pioneer 10 de la NASA ejecutó un vuelo alrededor de Júpiter y las fotografías enviadas confirmaron la existencia del anillo.

Basándose en este éxito, la CIA fue más allá con su formación y el programa de visión remota se consideró la pena invertir en. En cuanto a los archivos desclasificados, el programa continuó durante otras dos décadas y media, período durante el cual el ejército estadounidense fue el principal beneficiario de la inteligencia adquirida a través de múltiples participantes.

La razón detrás de la terminación del programa todavía no está clara y hay un debate en curso con respecto a la cantidad de información que de hecho se desclasificó.

Uno de los incidentes más notables que involucraban a este SAP en particular fue recitado por uno de los mayores partidarios de los programas, el general estadounidense Albert Stubblebine. Según su admisión, los telespectadores remotos descubrieron estructuras en Marte -tanto en la superficie del planeta como debajo de su aparentemente desierta fachada- que no parecían haber sido construidas por humanos.

La historia de Ingo Swann no se encuentra entre los expedientes desclasificados. Aunque participó en el programa, las particularidades de su participación vinieron de un libro que más tarde publicó -Penetration. El libro explora el tema de los extraterrestres y los extraterrestres, y es una de las lecturas más extrañas que hay.

En una ocasión particular, Swann describe un incidente que involucra a un agente secreto que va por el apodo Sr. Axelrod.

Swann conoció a Axelrod mientras trabajaba con científicos en el Stanford Research Institute en Menlo Park, CA. Un día, a pesar de la estricta política de no permitir a los forasteros, el Sr. A logró ingresar al Instituto y convencer a Swann de que lo acompañara en una misión sancionada por el estado.

Axelrod estaba en la buena compañía de “dos ayudantes rubios de ojos azules, de apariencia militar” que eran inusualmente altos y exudaban un aire de misterio. El grupo abordó un Learjet indescripto, sin marcar y voló a la costa oeste; La mejor suposición de Swann fue que aterrizaron en algún lugar del interior de Alaska.

http://misteriomundial.com

Operación Aktion T4: El génesis del Holocausto


A pesar de la abundantísima bibliografía dedicada al Tercer Reich, y a pesar de lo abominable del crimen, un hecho muy poco conocido es que entre 1940 y 1945, el régimen nacionalsocialista auspició el asesinato de cientos de miles de personas cuyas vidas fueron etiquetadas como «indignas de ser vividas». Y por difícil que pueda resultar de creer, la eliminación de discapacitados físicos y psíquicos considerados «incurables» fue un programa secreto concebido y ejecutado por médicos, convirtiéndose de esta forma unos hombres que habían jurado preservar la vida humana en auténticas máquinas de matar al servicio de un régimen totalitario.

La más esencial de las ideas que estructuraron la cosmovisión de Hitler fue devolver la pureza a la mítica raza aria de hombres y mujeres altos, rubios y de ojos azules, a los que consideraba los únicos verdaderamente humanos, que habrían ido degenerando a lo largo de los siglos debido a un proceso de mestizaje. Era necesario, pues, despojar la comunidad de sangre aria de toda clase de impurezas, ya se tratara de la sangre de razas «inferiores» —como los eslavos o gitanos—, «peligrosas» —como los judíos— o de la de los discapacitados, aunque fueran de la propia raza porque, además de no poder procurarse sustento por sus propios medios, consumían recursos sanitarios (camas de hospital, médicos…) que serían necesarios para atender a la población civil y los soldados heridos cuando estallara el inevitable conflicto.

Eugenesia

Esta utopía biopolítica no fue en absoluto una idea original del Führer, sino la puesta en práctica de la parte más siniestra de la infame pseudociencia llamada eugenesia, fundada por sir Francis Galton en 1883, que pretendía mejorar la especie humana mediante cruzamientos selectivos entre los «más aptos» e impidiendo la reproducción de los «menos aptos». Promovida por psicólogos y biólogos, la eugenesia gozó de un amplio respaldo institucional en Estados Unidos, que se convirtió en el primer país donde se promulgaron y aplicaron leyes en las que se articulaba la esterilización eugenésica como medio de evitar la reproducción de los socialmente indeseables y genéticamente inferiores y de preservar la pureza de la raza.

Desde comienzos del siglo XX, el movimiento eugenésico norteamericano contó con el apoyo tanto de instituciones oficiales como de las grandes fortunas, lo que condujo a la aprobación por parte de 32 estados de leyes de esterilización forzada.

En Alemania se conoció como Rassenhygiene (higiene racial), y desde comienzos del siglo XX era impartida como asignatura en numerosas facultades de Medicina. De hecho, la mayor parte de los miembros de la Sociedad de Higiene Racial, cofundada en 1905 por los psiquiatras Alfred Ploetz y Ernst Rüdin, eran médicos.

Estos especialistas estaban particularmente involucrados en el movimiento eugenésico pues, plenamente convencidos del origen hereditario de las enfermedades mentales, aceptaban la imposibilidad de curación de los 340.000 enfermos ingresados en las instituciones y hospitales alemanes y la acumulación de estas taras en su progresiva descendencia generacional. Hitler consideraba la comunidad de sangre aria, el Volk, un organismo vivo, y a estos grupos, «extraños gérmenes patógenos» que amenazaban su salud, por lo que había que exterminarlos de forma aséptica y desapasionada, sin ningún tipo de conflicto moral. Se consideraba a sí mismo un médico bienhechor, y hablaba de bacilos, tumores, parásitos y abscesos y de su programa político en términos de terapia, medidas quirúrgicas, purgas y antídotos.

Los otros «soldados» del Reich

Familiarizados con sus consignas pseudomédicas y paracientíficas, fueron muchos los médicos que acogieron con entusiasmo sus propuestas, y de hecho, fue el colectivo que antes y en mayor número se afilió al Partido Nazi.

Seriamente castigados por la crisis económica que siguió al crack de 1929, para 1932 el 72% de ellos ganaba lo mínimo para subsistir y Hitler les prometía expulsar a sus colegas judíos de la profesión, solucionando su alta tasa de desempleo y ofreciéndoles poder, orgullo, prestigio y dinero al convertirles de meros empleados de la Seguridad Social de la República de Weimar en protectores y guardianes de la pureza racial del Volk; en los «soldados biológicos» del Reich de los Mil Años. El 1 de enero de 1934 entró en vigor la Ley para la Prevención de la Descendencia Genéticamente Enferma, elaborada por destacados higienistas raciales tomando como referente la Ley Modelo de Esterilización Eugenésica estadounidense, que obligaba a esterilizar a los discapacitados físicos y psíquicos recluidos en instituciones.

Los médicos notificaban estos casos para su examen al correspondiente Tribunal de Salud Hereditaria, compuesto por un jurista y dos médicos, que si consideraba que su dolencia estaba dentro de las contempladas por la ley, ordenaba su esterilización.

A la izquierda, un alto y fuerte joven ario cargando su «enfermiza herencia» bajo el título: «Ésta es tu carga». A la derecha, otra propaganda Nazi justificando el programa de eugenesia obligatoria, dice: «Esta persona que sufre defectos hereditarios cuesta a la comunidad 60.000 marcos durante toda su vida».

Alrededor de esta ley se desarrolló toda una industria que hizo ganar mucho dinero a los laboratorios proveedores de material médico-quirúrgico e impulsar la investigación de nuevas técnicas (no exentas de riesgos), más rápidas y que redujeran los días de hospitalización en el caso de las mujeres. Una de ellas fue un método especialmente doloroso, consistente en provocar la inflamación y posterior obstrucción de las trompas mediante inyecciones intrauterinas de diferentes sustancias químicas.

Se estima además que un 12% de las esterilizaciones fueron llevadas a cabo mediante la más rápida técnica de la exposición a los rayos-X. En 1939, con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la práctica de la esterilización cayó en picado. Para entonces, el número de personas esterilizadas «legalmente» podía llegar a las 400.000. Probablemente, el motivo por el que este tipo de intervenciones disminuyó hasta casi desaparecer tras el comienzo de la contienda fue que a partir de esa fecha, el Gobierno del Reich tenía otros planes para los «defectuosos».

Asesinato de niños

El «milagro económico» de Hitler, que en tan solo seis años consiguió acabar con seis millones de desempleados, fue en realidad un castillo de cartón, pues se hizo a costa de un desenfrenado endeudamiento hasta el punto de que el resultado final no podía ser otro que la bancarrota o la conquista de espacio vital que sirviera para eliminar la carencia de recursos monetarios y de materias primas. Con los ojos puestos en Polonia, Hitler decidió que pasando de la esterilización al asesinato de las llamadas «bocas inútiles» se podrían destinar más médicos, personal, camas de hospital y otras instalaciones a los soldados heridos en el frente. Además, en una memoria redactada por su médico personal, Theodor Morell, titulada Exterminio de la vida indigna de ser vivida, el charlatán que acabaría convirtiéndole en un adicto a las anfetaminas estimó que el homicidio de 200.000 discapacitados daría como resultado un capital adicional de 10 millones de marcos anuales.

En segundo plano, con gafas, Theodor Morell, médico personal de Hitler.

En mayo de 1939 se creó un supuesto Comité del Reich para el Registro Científico de Enfermedades Severas Determinadas Genéticamente, compuesto por Hans Hefelmann, de la Cancillería del Führer, el cirujano de escolta de Hitler Karl Brandt; Herbert Linden (médico, consejero del ministro del Interior y responsable de los hospitales y asilos estatales); el oftalmólogo Hellmuth Unger; el psiquiatra Hans Heinze (director del asilo de Brandenburg-Görden), y los pediatras Ernst Wentzler y Werner Catel, todos ellos defensores de la eutanasia.

El 18 de agosto de 1939, solo dos semanas antes de la invasión, dicho comité envió una circular secreta a los gobiernos de cada estado para que instaran a los pediatras a notificar a la Cancillería todo caso de niños de hasta tres años que presentaran minusvalías físicas o psíquicas como el síndrome de Down, la espina bífida o la parálisis cerebral. Los cuestionarios eran remitidos a su vez a Catel, Heinze y Wentzler, quienes, basándose simplemente en los datos recogidos en ellos, decidían cuál debía ser eliminado.

Hospital Psquiátrico de Schönbrunn, 1934. Foto tomada por Franz Bauer, de la SS.

Una vez que se tomaba la decisión, se engañaba a los padres del niño indicándoles que debía ser ingresado en un centro sanitario donde recibiría «el mejor y más efectivo tratamiento disponible». Si mostraban algún tipo de duda, se les decía que este no podía posponerse más tiempo, que pensaran en primer lugar en la salud de su hijo, y que deberían estar agradecidos por las facilidades que se les estaban dando. Y si aun así continuaban oponiéndose a separarse de su hijo, se les amenazaba con retirarles la custodia.

Los niños eran después trasladados a alguna de las salas habilitadas en 30 hospitales, entre los que se encontraban algunos de los más prestigiosos del Reich, cuyos directores y más importantes médicos estaban al corriente de la operación y de acuerdo con cumplir con las directrices del Comité. Los niños eran asesinados mediante sobredosis de barbitúricos o inyecciones de morfina, aunque en algunos centros como el hospital de Eglfling-Haar, en Munich, simple­mente se les dejaba morir de hambre pues su director, el psiquiatra Hermann Pfannmüller, creía que este método llamaba menos la atención.

Después, se enviaba a los padres una carta estándar donde se les informaba de que su pequeño había muerto de neumonía, meningitís o cualquier otra enfermedad infecciosa y que, debido al riesgo de contagio, el cuerpo había tenido que ser incinerado. Para el otoño de 1941, el programa de «eutanasia» de niños se había ampliado hasta cubrir adolescentes de 16 o 17 años. Se ha estimado que fueron unos 5.000 los niños asesinados de este modo.

Operación Aktion-T4

Al mismo tiempo, Hitler había encargado al responsable de la Cancillería del Führer, Philip Bouhler, y a Brandt «ampliar la competencia de determinados médicos con la finalidad de que se pueda garantizar la muerte piadosa a aquellos enfermos que consideren incurables». Para ello se reunieron con quince destacados psiquiatras y directores de importantes instituciones psiquiátricas del país, como Werner Heyde, Carl Schneider, Maximilian de Crinis, Paul Nitsche o Friedrich Mennecke, con la intención de poner en marcha un programa secreto de exterminio de los enfermos mentales, pues Hitler temía tanto el retraso burocrático que supondría su aprobación legislativa como el rechazo del pueblo hacia un régimen que asesinara a sus familiares.

Los nazis usaron la capacidad del cine para llegar a enormes cantidades de público para concienciar a la población de la necesidad de legalizar la «eutanasia» de los discapacitados. En la película «Yo Acuso» (1941), un médico accede a la petición de su mujer, enferma de esclerosis múltiple, de liberarla de su sufrimiento con una inyección letal.

Todos se mostraron dispuestos a colaborar, pues todos eran miembros del partido y algunos, además, de las SS, y, como ya hemos dicho, el colectivo de psiquiatras era el más concienciado con las teorías eugenésicas. Al frente del entramado se puso a Heyde, director de la Clínica Psiquiátrica, catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Würzburg, SS-Hauptsturmführer y asesor de la Gestapo. Como las oficinas se instalaron en el número 4 de la calle Tiergartenstrasse, la operación fue conocida como Aktion-T4 (Acción T4).

El 21 de septiembre, el Ministerio del Interior envió un cuestionario a todas las instituciones que albergaban enfermos mentales instándoles a notificar, con supuestos fines estadísticos, los pacientes con trastornos neurológicos considerados incurables, como la debilidad mental de cualquier tipo, la esquizofrenia o la epilepsia. Los cuestionarios eran reenviados a Tiergartenstrasse 4, donde eran valorados por un equipo de unos cuarenta peritos médicos, que marcaban con una cruz roja a aquellos que debían ser eliminados. Una vez hecha la letal selección, se notificaba a las instituciones que, por motivos de planificación, estos pacientes serían trasladados a otro centro. T4 empleó para su transporte autobuses grises con las lunas pintadas, siendo los encargados de subir a los enfermos miembros de las SS vestidos con batas blancas para dar la impresión de que eran algún tipo de personal médico.

Uno de los autobuses utilizados por ‘Aktion T4′ para trasladar a los discapacitados.

Desde los psiquiátricos, los enfermos eran llevados a alguno de los seis centros de exterminio: Hartheim, Sonnenstein, Grafeneck, Bernburg, Brandenburg y Hadamar, todos ellos dirigidos por médicos. El primero en entrar en funcionamiento fue el de Brandenburg, y el método empleado la inyección letal, pero pronto se descartó por ser demasiado lento. Parece ser que fue Brandt quien sugirió el uso de gas, pues en una ocasión había inhalado gases de un horno estropeado y la sensación que había experimentado fue que, de haber muerto, no habría sufrido en absoluto.

Por ello, esta clase de muerte le parecía en concordancia con la «muerte piadosa» que había ordenado el Führer. Tras comprobar su efectividad, los enfermos eran desnudados y encerrados en lo que parecía ser una simple sala de duchas. A continuación, tal y como había especificado Hitler, un médico abría la válvula que permitía la entrada de gas desde las bombonas instaladas en un cuarto adyacente, y en pocos minutos estaban todos muertos.

Después, los cadáveres eran incinerados y se enviaba a los familiares una carta de condolencia donde se notificaba su fallecimiento por neumonía, ataque cardíaco o una enfermedad parecida y la incineración para evitar la propagación de infecciones. Así fue como se puso en marcha la maquinaria de matar más implacable, rápida, eficaz y económica de la Historia. Los demás centros de exterminio adoptaron el modelo de Brandenburg, incluyendo el importante papel desempeñado por los médicos como ejecutores de los enfermos y el uso del gas para asesinarlos en cámaras maquilladas de duchas, por lo que Aktion-T4 se considera la antesala intelectual y material del Holocausto.

La «banalidad del mal»

Los médicos «expertos» de T4 delegaron la responsabilidad de eliminar a los «enfermos mentales incurables» en los médicos más jóvenes, que aunaban a su falta de experiencia su entusiasmo político y sus deseos de medrar profesionalmente. Una vez que eran reclutados por T4, estos jóvenes médicos recibían instrucción sobre su macabra tarea tanto en los propios centros de exterminio como en instituciones psiquiátricas colaboradoras con la organización, como la dirigida por Carl Schneider en Heidelberg o la de Hans Heinze en Brandenburg-Görden.

Las prácticas de autopsias les ayudaban a mejorar sus conocimientos de anatomía y cirugía. Cuando todo hubo terminado, Heinrich Bunke, que obtuvo su título en 1939 y que participó en los crímenes de Brandenburg y Bernburg, explicó así los motivos por los que se había enrolado en T4: «Me dio la oportunidad de colaborar con profesores expertos, hacer un trabajo científico y completar mi formación».

Es decir, que desde los inicios de su carrera, estos médicos se familiarizaron con el asesinato «administrativo» autorizado por sus superiores, hombres de gran prestigio científico a los que respetaban y en los que confiaban porque les habían formado en las universidades y que, además, cumplían órdenes que emanaban directamente del todopoderoso Führer, el hombre llamado a salvar a la nación; el hombre que prometía seguridad y prosperidad aunque ello significara aniquilar a quienes la amenazaban, tanto dentro como fuera del Reich.

El prestigioso neuropatólogo Julius Hallervorden se aprovechó de la cercanía de su Instituto de Investigación Cerebral Káiser Guillermo de Berlín al matadero de Brandenburg para pedir a los verdugos que le enviaran el mayor número de cerebros diciéndoles: «Ya que vais a matar a toda esa gente, al menos quitadles el cerebro para que pueda examinarlos».

Un buen ejemplo de lo que Hannah Arendt llamó «la banalidad del mal» fue la macabra ceremonia celebrada en Hadamar con motivo de la cremación del cadáver número 10.000. Todo el personal (médicos incluidos) se reunió frente el horno, con el cuerpo desnudo y cubierto de flores expuesto sobre una camilla mientras uno de ellos, disfrazado de sacerdote, decía unas palabras. Cada uno recibió una botella extra de cerveza como gratificación por su dedicación.

Los mataderos de Aktion T4 también fueron utilizados para eliminar a los deportados demasiado débiles para trabajar o a aquellos que mostraban un comportamiento «inadecuado», tras ser seleccionados por médicos de la organización desplazados hasta los campos de concentración. En 1941, estos médicos ya no distinguían si los elementos extraños lo eran desde el punto de vista médico, racial, político o social. Todos ellos amenazaban con contaminar la pureza racial del Volk y debían ser exterminados. El llamado Tratamiento Especial 14f13 constituyó el punto de transición entre el asesinato de los discapacitados «incurables» y las razas consideradas inferiores o peligrosas.

Eutanasia salvaje

Para agosto de ese año, T4 ya era un secreto a voces. El espeso humo que salía de las chimeneas de los crematorios, día y noche, podía verse desde lejos, y un nauseabundo olor a carne quemada impregnaba las poblaciones cercanas a los centros de exterminio.

Carta de Hitler encargando la puesta en marcha del programa de «muerte piadosa».

Las protestas de representantes eclesiásticos como el obispo Von Galen hicieron que Hitler ordenara suspender el programa de «eutanasia», pero una vez establecidas las pautas, el exterminio de las «bocas inútiles» siguió adelante en una nueva fase descentralizada que se conoció como «eutanasia salvaje».

Simplemente se dejó en manos de los médicos y enfermeras de determinadas instituciones, donde eran trasladados pacientes discapacitados de todos los rincones de Alemania, como el hospital psiquiátrico de Meseritz-Obrawalde, administrar la «muerte piadosa» sin necesidad del dictamen final de los «expertos» de T4, convirtiéndose el asesinato de las «vidas indignas de ser vividas» en una rutina hospitalaria más, concebida para el beneficio de la nación. El método más habitual fue la sobredosis de barbitúricos, aunque también se les dejaba morir de hambre, y esta atroz práctica siguió llevándose a cabo hasta el mismo día de la liberación por los aliados.

El 29 de mayo de 1945, en el hospital estatal de Kaufbeuren, en Baviera, y a pesar de tener a las tropas norteamericanas estacionadas a menos de un kilómetro, se «eliminó» a un niño de cuatro años llamado Richard Jenne, que se convirtió de esta forma en la última víctima del programa de «eutanasia». En total, la mayor parte de autores sitúan la cifra de víctimas en torno a las 300.000.

Entrenados para el Holocausto

Cuando durante la Conferencia de Wannsee del 20 de enero de 1942 se acordó el exterminio de los once millones de judíos europeos (la llamada Solución Final), gran parte del personal de T4, embrutecidos y familiarizados con el uso del gas y el asesinato en masa, fueron enviados a supervisar la puesta en marcha de los seis campos de exterminio dotados de cámaras de gas. De hecho, el psiquiatra Irmfried Eberl, director médico de los mataderos de T4 de Brandenburg y Bernburg, fue comandante del campo de exterminio de Treblinka.

A día de hoy, la mayoría de los historiadores están de acuerdo en que T4 fue la antesala del Holocausto, y que sin la colaboración de los médicos en el programa de «eutanasia» hubiera sido muy difícil que este se llevara a la práctica, pues en los campos de exterminio el proceso seguía pasos muy similares a los que se llevaban a cabo en los «mataderos» de T4. Era un médico quien elegía a los destinados para morir según su aptitud para el trabajo; las cámaras de gas eran «duchas para desinfectar» y el letal Zyclon B llegaba en vehículos con el logotipo de la Cruz Roja Internacional u otros organismos médicos.

Campo de concentración de Auschwitz.

La comunidad médica alemana era relativamente pequeña, y resulta difícil creer que los médicos no implicados directamente no supieran lo que estaban haciendo sus colegas, a pesar de lo cual nunca existieron grandes protestas ni un grupo organizado de resistencia. Si la comunidad médica se hubiera opuesto al asesinato de los niños, la tecnología para el asesinato en masa nunca se habría desarrollado. Una parte colaboró consciente y voluntariamente mientras los demás lo aceptaron en silencio.

El decepcionante Juicio de los Médicos

En el llamado Juicio de los Médicos, celebrado en Núremberg entre el 8 de diciembre de 1946 y el 21 de agosto de 1947, un tribunal norteamericano condenó a morir en la horca a Brandt y a Viktor Brack de la Cancillería del Führer, tanto por haber permitido los experimentos médicos en los campos de concentración como por haber planificado Aktion T4.

Sin embargo, de los ocho médicos directamente responsables de los asesinatos en los centros de «eutanasia» que sobrevivieron a la guerra, tan solo Hans-Bodo Gorgass y Adolf Wahlmann fueron condenados a muerte en el juicio por los asesinatos de Hadamar celebrado en Frankfurt en 1947, aunque la pena les fue conmutada por cadena perpetua. Paul Nitsche, que en 1941 había sustituido a Heyde al frente de T4, sí fue ajusticiado, pero por los soviéticos tras ser juzgado en Dresden en 1947. Como también lo fue en 1946 por un tribunal de Alemania Oriental la médica Hilde Wernicke tras ser declarada culpable del asesinato de 600 enfermos mentales en la institución de Meseritz-Obrawalde que dirigía como parte del programa de «eutanasia salvaje».

Pero aunque estos juicios fueron los primeros de una larga cadena que ha llegado hasta nuestros días, nunca las condenas volvieron a ser tan justas. La R.F.A y la comunidad médica internacional optaron por olvidar y ocultar lo que sin duda constituye el episodio más siniestro de la historia de la Medicina para restablecer la confianza médico-paciente y así, unos fueron absueltos en base a informes médicos elaborados por sus colegas que aseguraban que no estaban en condiciones físicas o psíquicas de afrontar un juicio, y otros alegándose que estaban convencidos de la legalidad de su crimen, como ocurrió en 1949 con Werner Catel. El infame Pfannmüller fue condenado ese mismo año a tan solo cinco años de prisión, más tarde rebajados a dos, e incluso Gorgass y Wahlmann fueron puestos en libertad en 1959.

La mayoría de los implicados pudieron volver a desempeñar su profesión, alcanzando algunos reconocimiento internacional, como Hans Sewering, que en 1992 tuvo que dimitir de su cargo como presidente de la Asociación Médica Mundial después de conocerse que desde el sanatorio de Schönbrunn que dirigía, había mandado centenares de discapacitados a encontrar la muerte en el centro de «eutanasia salvaje» de Eglfing-Haar. Así, a diferencia de otros grupos perseguidos por los nazis por motivos raciales, religiosos o políticos que sí recibieron tras el final de la contienda el debido reconocimiento y apoyo social, el exterminio de los discapacitados permaneció oculto durante mucho tiempo y hubo que esperar hasta los años 80 del pasado siglo para que trabajos como los de Robert Jay Lifton, Benno Müller-Hill o Robert Proctor consiguieran rescatar la memoria de las víctimas más olvidadas del nazismo. Más datos en: Los Médicos de Hitler, Manuel Moros. Ed. Nowtilus, 2014.

Artículo publicado en MysteryPlanet.com.ar

La mujer que mató a miles de personas con el poder de su saliva


A principios de 1900, la reencarnación del mal recaía en una cocinera dulce y honrada. La joven Mary Mallon era acusada de ser una asesina serial, la consideraban el mismísimo diablo por matar gente a diestra y siniestra, mientras ella iba con una “careta” de inocencia y amabilidad que desafortunadamente la llevó a una muerte aislada del mundo.

Al inicio del siglo, ya había un gran avance médico en cuanto a las epidemias y su cura, pero aún quedaba trabajo por hacer. Mary Mallon había nacido en Irlanda del Norte en 1869, pero se lanzó en busca del sueño americano y tomó rumbo hacia Nueva York con 15 años de edad. Para su decepción, sólo consiguió empleo como trabajadora doméstica en el aseo del hogar; sin embargo, sus dotes en la cocina le hicieron buscar un mejor sueldo, sin saber que sería su condena a muerte y no sólo la de ella, sino de algunas personas de las que fue acusada de asesinato.

Con un gran sazón y un paladar extraordinario, rápidamente encontró empleo en una casa de verano, propiedad de de Charles Henry Warren en Oyster Bay. Durante las vacaciones, una de las hijas de Warren cayó enferma de fiebre tifoidea. La familia asoció el malestar a los marginados barrios de Nueva York, donde constantemente viajaban. Desafortunadamente, la enfermedad avanzó cada vez más y al cabo de una semana, la madre, otra hija, dos sirvientas y el jardinero enfermaron de lo mismo. Al principio se creyó que era un brote epidemiológico, pero no había registro alguno de una enfermedad similar en la región. De hecho era una zona sin dificultades epidémicas. La situación resultó alarmante y como consecuencia, despidieron a Mary, culpándola de no ser lo suficientemente higiénica en la preparación de la comida.

A pesar de su molestia, Mallon siguió trabajando en otras casas como cocinera. En todos los sitios la recibían emocionados debido a su gran talento culinario; pero desafortunadamente a cada lugar que llegaba, a los pocos meses aparecían casos de fiebre tifoidea que resultaban ser de la misma familia y en todos esos casos, María era la encargada de la cocina. Ante dicha situación, sometieron sus alimentos a una serie de estudios sin resultados concluyentes, hasta que un doctor halló el común denominador: Mary Mallon parecía ser el origen de la misteriosa afección. A pesar de la evidencia, ella nunca había enfermado.

The original healthy typhoid carrier in the U.S, Typhoid Mary (right) poses with a nurse at one of the hospitals in which she was kept.
Typhoid Mary is probably the best-known carrier of the disease. Mary Mallon, pictured here, was a cook in New York in 1906, known to have infected 53 people, five of whom died. She was eventually placed in isolation on an island off New York, where she died.
Dozens of women were consigned to years of living in isolation in a mental hospital because they were carriers of typhoid.
They spent the best part of a lifetime at Long Grove Hospital – a mental asylum in Surrey, despite having none of the symptoms of the disease.
At least 43 typhoid carriers wee taken into the asylum between 1943 and 1957.
Incredibly two of those women were still living in isolation rooms when it closed in 1992 – four decades after antibiotics which can counter the disease were developed.
The extraordinary tale of women consigned to life in the asylum in Epsom was uncovered by a BBC investigation.
Some former nursing staff believe that a number of the women may have been sane when they were admitted, but went mad because of their incarceration.
Source: Internet

Durante 7 años trabajó en 7 diferentes casas y en todas había infectados, incluso un fallecido. Ante el desconcierto que causó el caso sin precedentes, el juez resolvió un remedio urgente: orden en mano, Mary fue aislada en cuarentena en una isla cercana, enseguida alargaron su “condena” llevándola a estar lejos por tres años. El caso rápidamente se volvió tan mediático como era posible en la época dándole un apodo un tanto hiriente: “María Tifoidea”. No obstante, fue liberada bajo la promesa de no volver a trabajar de cocinera.

Más tarde, en 1915, se cambió el nombre y siguió trabajando de cocinera, pero esta ocasión en lugar de Mallon, se denominó Brown. Era una infiltrada. En este mismo año, hubo un nuevo brote de tifoidea y la culpa recayó nuevamente en la cocinera, quien fue descubierta. Volvió a ser llevada a prisión y aislamiento, en donde cumplió sentencia definitiva aislada de todo durante dos décadas, hasta su muerte en 1938 con 69 años de edad. En la autopsia se confirmó que había bacterias en su interior que generaban el contagio.

Durante su vida se convirtió en la mujer más satanizada de los Estados Unidos debido a su enfermedad. Los medios la convirtieron en demonio culpándola de haber matado personas; sin embargo, no lo hizo a propósito. Se dice que fueron alrededor de 55 infectados y tres muertos, aunque en realidad son incontables. La mujer vivió sola y murió de la misma manera debido a que nadie la quería cerca, le tenían temor y establecían una barrera a su presencia. En el aislamiento, ella se enteraba de cada noticia que daban sobre los supuestos asesinatos y el crimen en que estaba inmersa. Pero pronto le dieron un empleo, hecho que la ayudó a liberar un poco la presión que cargaba. Al morir, su trabajo consistía en ser técnico de laboratorio en el hospital en donde estaba recluida, irónicamente.

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