Samhain: El regreso de la Oscuridad Halloween


Samhain, el fin del verano y el comienzo de un nuevo ciclo completo para los antiguos celtas. Una fiesta de transición y apertura al otro mundo marcada por el retorno de la Oscuridad. El año mismo regresa al vientre del Otro Mundo, desde donde crecerá para volver a florecer. Todo crecimiento verdadero ocurre en la oscuridad, la fuente de vitalidad está en el inconsciente, antes que el consciente descubra las formas limitantes de la racionalidad. Las semillas germinan debajo de la tierra, fuera del alcance del sol. Un niño toma forma secretamente en el mundo sin luz del vientre, y su formación está completa al nacer. El impulso de crear un poema o cualquier otra obra de arte, no proviene en esencia, del reino de la lógica o el propósito consciente, sino de elementos sin conceptualizar debajo del nivel de la conciencia. Con esos conceptos en mente, los celtas daban comienzo a un nuevo año.

Las fogatas siguen siendo, aún hoy, una parte de la celebración estacional, aunque en muchas partes de Gran Bretaña, su significado fue elegido para el Día de Guy Fawkes, que cae en el mismo periodo. Aun así, la imagen del fuego sigue asociándose firmemente con la estación, y retiene su poderosa carga simbólica.

Durante el último siglo, la práctica de encender fogatas aún era común en ciertas partes de Gales, aunque sus connotaciones tenían más que ver con la protección que con la renovación.

El ritual de la Fogata

El ritual de la fogata fue claramente el foco religioso de los festivales en tiempos precristianos. Desde Irlanda es de donde proviene la mejor evidencia tradicional y la mejor subestructura mitológica para la práctica. Aunque Samhain se celebra, con seguridad, en los centros rituales de las tierras tribales en toda Irlanda, era sobre todo en la «Fiesta de Tara», enfocada en la residencia del Alto Rey como punto fijo de estabilidad en el corazón de toda la tierra, desde donde se basaría la renovación del año, y de allí se esparciría hacia las divisiones secundarias de la tierra. Todos los fuegos de los hogares, en la víspera de Samhain, debían ser extinguidos. Entonces, se encendía la fogata sagrada, no en Tara, sino en Tlachtga, a doce millas hacia el Noroeste.

Este es el lugar de entierro de la heroica Tlachtga, la hija de Mogh Ruith, al que la tradición irlandesa rememora como un druida arquetípico de inmenso poder: y a ella se la recuerda primordialmente como a una hechicera.

Así, el fuego del año nuevo es visto, muy adecuadamente, como el regalo de la Diosa a la tribu. Las ofrendas, tal vez objetos con los que se pretendía representar los deseos de los suplicantes, o los padecimientos que debían sanarse, eran echados a la hoguera, y luego se hacían arder teas, a fin de reencender todos los fuegos de los hogares de la tribu, el fuego de Tara primero, para estar seguros, pero también todos los corazones de las granjas que quedaron a oscuras para el comienzo del año. Al recibir la llama del comienzo del nuevo ciclo, la mente de uno podía centrarse en nuevos proyectos, nuevas esperanzas.

La hospitalidad con los muertos

Entre la multitud de visitantes del Otro Mundo que llegan sin ser llamados a la esfera humana y, a veces, no son bienvenidos, estaban los muertos de la tribu. Era deber de los vivos demostrarles a sus antepasados, el propio respeto y hospitalidad. Se dejaban las puertas y ventanas sin trabar, a modo de invitación para que entraran los espíritus. Parece que la imagen que prevalecía para estas visitas de los muertos, era la de un gran slua o anfitrión de gente (generalmente) invisible, que vagaba por las tierras de casa en casa, quedándose en la de los parientes que le habían pertenecido, para compartir el festival con ellos. Se dejaba comida separada en un costado, para que la consumiera esta «compañía silenciosa».

En Gales, esto era bwyd cennad y meirw. (‘la comida para la embajada de los muertos’); en Bretaña, era boued gouel an Anaon (‘la comida para la fiesta de los muertos’), y estaba prohibido que los vivos la tocaran mientras durara la fiesta. La obra de Tangi Malmanche titulada Marvailh an Ene Naoniek (‘El Cuento del Alma Hambrienta’) brinda una vívida ilustración de la maldición que, de acuerdo con la creencia popular, iba a descender sobre cualquier impío y codicioso que osara comerse la comida de los muertos: quedaría impedido, después de su propia muerte, de separarse de sí mismo. Encontramos aquí la exigencia celta por conseguir equilibrio y simetría, con los acontecimientos en el mundo de los vivos que determinan los del mundo de los muertos, y viceversa. A veces esta simetría podría expresarse en formas diferentes, como en distintas versiones de la costumbre cennad y meirw, que permitía que la comida se compartiera con los muertos, al compartirla con los vivos.

Los cenhadon y meirw (‘mensajeros de los muertos’) iban de puerta en puerta y, entonando una rima apropiada, pedían «tortas de almas» preparadas especialmente, llamadas pice rhanna en el sur de Gales, las cuales comerían entonces, como representantes carnales de los parientes muertos del que las ofrecía. En este caso, la comida de los muertos, en lugar de ser tabú, se convertía en un sacramento para el que pretendía consumirla ritualmente. A menudo, los cenhadon eran los débiles y pobres de la comunidad, de modo que entretener a los muertos también constituía una manifestación de solidaridad social, un fortalecimiento de la tribu.

En todos los dichos y canciones asociadas con la costumbre en Gales, el término rhannu (‘compartir’ ) es ubicuo y muestra la importancia de ese concepto en el corazón del ritual. Aunque los ideales morales cristianos, sin duda, ayudaron a reforzar esta práctica, sus orígenes casi con certeza, precedieron la cristianización.

Tal como sucede en muchas otras áreas de la cultura donde la fiesta de los muertos juega un importante papel, la hospitalidad hacia los propios muertos no sólo significaba el ofrecimiento de comida y bebida, sino que también tenía las implicancias emocionales de una reunión familiar. Había comunión y conversación con los contemporáneos y la satisfacción de ver el crecimiento y la vitalidad de las nuevas generaciones.

En este contexto, la algarabía durante las fiestas de Samhain, celebradas por numerosas familias en las granjas, literalmente está dirigida al entretenimiento de los muertos, como lo ponen en evidencia prácticas similares en otras partes. Uno de los pasatiempos que más comúnmente se permiten en esas fiestas en casi todo el mundo celta, donde las tradiciones más antiguas no dieron paso al imaginario comercial del Halloween americanizado, es ir a la pesca de manzanas. Aunque existen razones bastante obvias por las cuales las manzanas deberían ser el rasgo prominente de la fiesta, ellas son, después de todo, el último fruto que se recoge antes de que la estación de la cosecha se cierre ritualmente, parece que aquí concurren al trabajo, correspondencias simbólicas más sutiles, vinculándolas con el mundo de los muertos. Las manzanas ofrecen los tres colores primarios (la piel roja, la carne blanca y las semillas negras) y, como todos los otros fenómenos naturales que poseen esta propiedad, son una manifestación del poder del Otro Mundo.

Qué es lo que se pretendía representar exactamente con el recogimiento de una manzana flotante sin la ayuda de las manos, además de ser una ocasión de tumultuosa diversión , ya no queda del todo claro, pero por cierto, parece ser otro cuso, como la costumbre de cennad y meirw. de los acontecimientos de nuestro mundo que tienen el propósito de reflejar como espejos los del otro mundo, aprovechando la momentánea remoción de la barrera entre ambos. Las manzanas en el balde son, para el ojo interior, las manzanas de Afallon. Tal vez se pensó en el juego para que ayudara a los muertos a arribar al final de su viaje en el Otro Mundo: quizás convocó una bendición de los muertos sobre los vivos. Ciertas versiones escocesas de la costumbre, por cierto, sugieren un enjuiciamiento de fuego y agua desde el Otro Mundo (los dos «elementos» operativos en la tradición celta), tomados como modelos por las creencias sobre el viaje del alma: luego de la pesca de manzanas (el «Juicio por agua»), de un soporte se suspendía un palo con una manzana en una punta, y una vela encendida en la otra, y los jóvenes tenían que pegar un salto y atrapar a la manzana con sus dientes, sin quemarse con la llama de la vela.

La disolución

Romper las reglas del comportamiento aceptado socialmente y dar rienda suelta a los sentimientos más animalizados de uno es para muchos, el motivo de la festividad. En algunas partes del mundo celta, esto significa quebrar las apariencias del decoro calvinista impuesto por un «nuevo orden», a menudo un tanto anticelta.

Los jóvenes le hacen pagar a sus mayores, especialmente si sienten que sus necesidades no fueron satisfechas o que fueron dejadas de lado injustamente. A las personas poco generosas o amables, aunque tengan un prestigio social muy encumbrado durante el resto del año, esta noche les arrancarán todos los nabos de sus campos. Se hacen trucos entre los vecinos, algunos ingenuos otros algo maliciosos, aunque ya están preparados a causa del espíritu de la estación.

Explotando el temor generalizado de la invasión sobrenatural, bandas bullangueras se disfrazan como muertos errantes (tal vez un eco de la costumbre de cennad y meirw, o como siniestras criaturas del Otro Mundo.

En Irlanda, grupos de buachaillí tuí con sus rasgos oscurecidos con máscaras de paja, sugieren espíritus de la tierra liberados de su obligación contractual con la tribu al final de la Cosecha. A veces los disfraces son, realmente, atroces. Dentro de esta cadena de costumbres, la más significativa y antigua, aparentemente es la de cruzar vestimentas: los jóvenes de sexos opuestos se intercambian sus ropas. En Gales, a esos grupos de gente joven que van por ahí en Calan Gaeaf (primer día de invierno), vestidos con trajes del sexo opuesto, eran llamados gwrachod (‘hechiceras’ o ‘brujas’). Mientras que por un lado, esto se hacia seguramente para evocar la actividad realzada de los practicantes de magia, percibida por la tradición folclórica como una presencia peligrosa y alarmante, en esta noche de contacto con el Otro Mundo, bien pudo haber un significado mas profundo para la imaginería, relacionado con el tema de cambiar de sexos, asociado comúnmente con la hechicería mundial. En muchas tradiciones de los nativos americanos y siberianos, el chamán, al abandonar los códigos de comportamiento y vestimenta que son socialmente apropiados para su sexo, trasciende las limitaciones existenciales del género y se torna capaz de experimentar la naturaleza humana como un todo equilibrado, estableciendo una polaridad en su propio ser, y de no permanecer identificado sólo con la mitad de un par de opuestos.

La disolución de la persona social incompleta y espiritualmente improductiva, permite el surgimiento de una identidad fresca, más abierta a los dones del Otro Mundo, y capaz, entonces, de la influencia mágica en el medio ambiente. Los Gwrachod, al reflejar este tema, ilustran una posible aplicación de la disolución, que es una de las principales fuerzas que trabajan durante el periodo Samhain.

La atemporalidad

También dependiente de la disolución, está el tema de la atemporalidad. que subraya el hecho de que es posible en el punto culminante del año, que la gente salga de su locus en el momento actual y perciba la línea del tiempo en su contexto mayor, con el pasado y el futuro visibles. En términos prácticos, esto se traduce en una oportunidad para realizar adivinaciones.

Las prácticas efectuadas para predecir el futuro fueron uno de los principales pasatiempos permitidos en las fiestas de Samhain, en todas partes dentro del mundo celta.

La amplia mayoría de las prácticas registradas tiene que ver con la predicción de matrimonios. Por medio de ciertos piseoga, a uno se le concede una visión que despierta o que duerme, sobre el compañero de nuestro futuro matrimonio: o el comportamiento de ciertos objetos en un escenario ritual, por ejemplo, un par de avellanas balanceándose mientras se quiebran con el calor del fuego del hogar, se usa para medir la perspectiva romántica de una pareja especifica en la comunidad.

En siglos pasados, cuando los matrimonios arreglados eran la norma en la sociedad rural y la gente joven tenía muy pocas oportunidades de mantener una relación romántica independiente, las preguntas sobre el propio matrimonio, y por consiguiente, sobre el futuro sexual, era comprensiblemente una prioridad cuando se realizaban las adivinaciones. En la actualidad, dado que las relaciones sexuales se han convertido, en su mayoría, en el resultado de una elección personal, la adivinación sobre los matrimonios ha perdido el poderoso atractivo que solía tener. Aun así, la atemporalidad de Samhain nos invita a ver más allá del presente, y existen innumerables causas para sentir ansiedad y para aquellos factores fuera de nuestro control en nuestras vidas en esta era, que pueden motivarnos a hacer uso de métodos adivinatorios.

El sacrificio

El más olvidado de los temas de Samhain en la actualidad, es el del sacrificio, salvo que en ciertas comunidades rurales, especialmente en Irlanda, aún se practica la matanza anual de animales comestibles durante esa estación. Tradicionalmente, esto sucede en Martinmas, el 11 de noviembre, próxima a la antigua fecha de Samhain, de acuerdo con el calendario Juliano.

Para los antiguos celtas, cuya riqueza se hallaba en los rebaños y que daban una especial importancia a todo lo atinente a sus animales, Samhain señalaba el retorno de los rebaños, desde las pasturas de las tierras altas a la vecindad de los asentamientos humanos, donde recibirían refugio y alimento en base a heno y cereal, durante la fría estación. Aquellos animales que ellos consideraban no valía la pena mantener durante el invierno, eran sacrificados en esta época, pero la naturaleza del acontecimiento era tan religiosa como utilitaria.

La energía de la vida en la sangre que corre, se hundía en la tierra, representando una ofrenda a los espíritus de la tierra, los amos Fomorian de la fertilidad y la plaga, en pago por su cooperación durante el periodo de cosecha, y como propiciación, para asegurar el crecimiento de los cultivos en el año entrante.

Aun en épocas tan tardías como el siglo XIX, la naturaleza sacra del fluir de la sangre, aún seguía expresándose en la tradición. Como lo manifestó Amhlaoibh ó Súilleabháin en su diario, en 1830: «Is gnách fuil do dhoirteadh, oíche Fhéil Mártan» (‘Es usual derramar sangre en la víspera de Martinmas’). En Kildare, y tal vez en otras partes de Irlanda, se mataba un gallo, se lo llevaba adentro de las casas y su sangre se salpicaba en los cuatro rincones, a modo de protección contra las influencias malignas relacionadas con las funciones de los cuatro cuartos. Luego, los miembros de la casa se comían el ave como alimento ceremonial. Sin embargo, parece que el cerdo fue el animal más comúnmente usado para sacrificios en este contexto, en tiempos más remotos.

En todas estas costumbres, la importancia de enviar regalos sanguíneos a los poderes del Otro Mundo como garantía de fertilidad, es la motivación dominante.

Conclusión

El materialismo alentado en los últimos siglos en la cultura occidental, condujo a una imposibilidad generalizada para enfrentar las consecuencias emocionales de la muerte, para manejar el dolor de la separación por otro medio que no sea la negación o el olvido. Samhain viene a recordarnos la actitud radicalmente diferente de los celtas hacia esos temas: mientras que no se disimula ni la tristeza ni el dolor, nuestra relación con un pariente o un amigo muerto no termina con su desaparición física, sino que continúa en un plano diferente, y cuando el cambio del año disuelve las fronteras que normalmente existen entre los planos, se busca de manera muy activa, la renovación del contacto consciente con los que partieron. A fin de darle la bienvenida a los muertos que regresan en el espíritu celta, por lo tanto, debemos sobreponernos al temor que podría despertar en nosotros por tener que sufrir la pena de la separación otra vez, al recordar la partida de nuestros seres queridos con mucho realismo. La comprensión de que la estructura aparentemente rígida de nuestro universo material procede de y está contenida en el potencial infinito del Otro Mundo, y que la muerte es una transformación y no un final, nos ayudará a combatir ese temor.

Libro consultado y recomendado: «Rituales Celtas», de Alexei Kondratiev.