¿El Anillo de Fuego del Pacífico se está despertando? Grandes eventos geológico desencadenan preocupaciones


Algo está sucediendo en el Anillo de Fuego del Pacífico y todo el mundo necesita estar preparado.

En los últimos meses, el mundo se ha visto inundado de historias de desastres naturales devastadores que han causado olas de catástrofe en partes de América del Norte y Central y Asia. Estos sucesos han puesto de relieve cuán vulnerable y frágil es la humanidad cuando se enfrenta a la fuerza chocante de los flujos y reflujos naturales del planeta.

Según los expertos, es evidente que la Tierra está experimentando actualmente algunos cambios importantes. Potencialmente, la parte más vulnerable de la Tierra es la región conocida como el Anillo de Fuego del Pacífico que se encuentra en el perímetro de la cuenca del Océano Pacífico.

El Anillo de Fuego del Pacífico es un área de intensa actividad sísmica que está poblada por un enorme círculo de casi quinientos volcanes, la mayoría de los cuales están activos hasta cierto punto. Los signos sugieren que esta vasta región de la Tierra, que es responsable de la gran mayoría de los terremotos y la actividad volcánica en el planeta, está a punto de sufrir un cambio importante que podría significar una catástrofe para millones de personas que viven en sus alrededores.

Recientemente, más de diez mil personas fueron ordenadas a abandonar sus hogares en la isla melanesia de Vanuatu, que se encuentra en el perímetro suroeste del Anillo de Fuego debido a las graves erupciones del Monte Manaro. Se cree que esta erupción será la primera de una serie de explosiones volcánicas durante los próximos meses con el Monte Agung en Bali, mostrando claras señales de que también entrará en erupción en un futuro muy cercano.

La noticia de que Océania se está viendo afectada por los cambios en el núcleo de la Tierra sigue escenas devastadoras a través de América del Norte y del Sur después de una inusual oleada de actividad volcánica. Recientemente México fue golpeado por una erupción catastrófica del volcán Popocatépetl que se encuentra al sureste de la Ciudad de México.
La erupción provocó dos devastadores terremotos que causaron daños significativos a la ciudad y una enorme pérdida de vidas.

Mientras tanto, en Costa Rica, se han producido tres importantes erupciones volcánicas en el último año y una serie de terremotos.

Los eventos sísmicos en México fueron seguidos por una explosión de terremotos en los Estados Unidos, con varios detectados fuera de la costa de California dando lugar a temores de que la acumulación de presión sobre la falla de San Andreas esté llegando a una conclusión potencialmente catastrófica.

Estados Unidos es considerado particularmente vulnerable a los cambios en la actividad sísmica debido a la presencia del super volcán en el parque nacional de Yellowstone que ha estado mostrando signos de actividad inusual con un enjambre de terremotos menores en los últimos meses.

Además de la presencia de Yellowstone y la línea de falla de San Andrés, Estados Unidos también es el hogar de la zona de subducción de Cascadia que tiene el potencial de producir un terremoto de mega-empuje que alcanza una magnitud de más de nueve en la escala de Richter que podría devastar la costa del estado de Washington, Oregon y Colombia británico.

Los estallidos renovados de actividad sísmica en todo el mundo podrían resultar catastróficos para los seres humanos y sirven para demostrar cuán frágiles son los seres humanos cuando se enfrentan a las fuerzas de la naturaleza y cuán indefensos son los gobiernos más poderosos del mundo para proteger a sus ciudadanos contra el poder de la Tierra. Habida cuenta de la posibilidad de que se produzcan graves catástrofes en todo el mundo, sería prudente que todos se prepararan para las peores situaciones posibles, a fin de protegerse a sí mismos y a sus familias de la destrucción causada por las catástrofes naturales, ya que los recientes acontecimientos han demostrado que los gobiernos del mundo simplemente no están equipados para ocuparse de la protección de sus ciudadanos en medio de catástrofes naturales devastadoras.

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Campana de hace 300 millones de años encontrada dentro de un trozo de carbón


En 1944, cuando era un niño de diez años, Newton Anderson estaba alimentando el horno de carbón en la casa de sus padres. Por casualidad dejó caer un trozo de carbón sobre el suelo del sótano y se rompió por la mitad, revelando que contenía una campana en su interior.

El carbón bituminoso que se extrajo de una veta subterránea en el condado Upshur de Virginia Occidental, EE.UU., está fechado como del Período Carbonífero, que se supone que ocurrió hace aproximadamente 300 millones de años.

Entre 1963 y 1964 un hombre llamado Boris Bilas llevó la campana al Departamento de Geología de la Universidad de Delaware en Wilmington, donde fue estudiada. Ellos confirmaron que la campana había sido hecha a mano. Más tarde el Dr. John Morris del Instituto para la Investigación de la Creación analizó el artefacto en el laboratorio de la Universidad de Oklahoma, allí un análisis de activación nuclear determinó que la campana es principalmente de bronce y reveló que contiene una mezcla inusual de metales, diferente a cualquier producción de aleaciones modernas conocidas.

Han pasado varias decadas y hasta ahora nadie sabe realmente quien fabricó esta campana y como llegó a estar incrustada dentro del carbón

Muchos especulan que podría haber existido una civilización que sufrio un gran cataclismo hace millones de años atrás, y una de sus campanas, fue enterrada con una masa flotante de escombros vegetales que más tarde se convertiría en carbón y que finalmente terminaría, millones de años después, en la carbonera de Newton Anderson.

El descubrimiento de la campana presenta un grave problema para las escalas de tiempo evolutivo.

¿Cómo es posible que se pueda encontrar una campana de bronce incrustado en el carbón que se formó antes de que los dinosaurios siquiera evolucionaran?

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Cuando el dios Extraterrestre Viracocha convirtió piedras en soldados


La leyenda andina cuenta sobre una singular batalla en donde, al verse los incas superados en número, invocan a su máxima deidad Viracocha, quien responde convirtiendo rocas en soldados. En este artículo, pondremos el mito a la luz de la hipótesis del antiguo astronauta. ¿Pudieron los «soldados de roca» ser un arma utilizada por el mismísimo dios de los incas para salvar a su pueblo?

El conflicto de los incas con los chancas es quizás el episodio más conocido y decisivo en su historia. Fue en 1438 que el caudillo Hanan chanca Anccu Hualloc reunió más de 40.000 hombres de guerra y emprendió la conquista del Cusco, destruyendo todo a su paso hasta rodear la ciudad.

Se cuenta que el gobernante inca Hatun Tópac (Huiracocha Inca) y su hijo, el príncipe heredero Urco, huyeron cobardemente de la capital abandonando a los cusqueños a su suerte ante la inminente llegada del poderoso ejército chanca. La anarquía reinó entonces hasta que el joven príncipe Cusi Yupanqui (Pachacútec Inca), hermano menor de Urco y segundo en la sucesión, encabezó valerosamente la resistencia.

Cusi Yupanqui reclutó a algunas etnias vecinas para defender la ciudad del numeroso ejército enemigo, pero nadie quiso unírseles más que la etnia de los Canas. Ante esta adversidad, el príncipe acudió en sus rezos al dios creador Viracocha Pachaychachi, quien finalmente se le aparece en un sueño y le dice que enviará soldados para asistirlo en la lucha desigual, además de prometerle una aplastante victoria.

Un día después del sueño, los chancas se apostan en la colina Carmenca, mirando hacia lo que pensaban sería una fácil conquista. La batalla es inminente entre los invasores y los defensores de la ciudad. Y es en este momento cuando lo impensado sucede: las piedras de los alrededores son transformadas en guerreros que atacan a los chancas a discreción, haciéndolos retroceder.

Tal como había prometido el dios Viracocha al príncipe, los incas —motivados por este «acto divino»— ganan la batalla y, cumplido su cometido, los misteriosos soldados líticos vuelven a su forma original.

Posteriormente, varias de las rocas que habían «cobrado vida» serían llevadas a diferentes templos y veneradas como huacas (ídolos).

La gloria de Viracocha

Hasta aquí la leyenda. Los historiadores ortodoxos creen que los soldados de piedra, llamados pururaucas, solo fueron parte de una astuta estratagema que consistió en disfrazar montículos de rocas como soldados y ubicarlos de tal manera que los chancas pensaran que los incas eran más numerosos. Otros afirman que muchas de las etnias que en un principio rechazaron participar del conflicto, esperaron a observar que bando lograba ventaja en el campo de batalla para unírsele, dando así la impresión de haber salido de la nada, de las propias rocas.

No obstante, tal vez estas interpretaciones se queden chicas si pone a consideración el poder militar de los chancas y la naturaleza del dios Viracocha.

Según supuestas fuentes incaicas, los Hanan chancas eran muy feroces al momento de la lucha, cuando capturaban al enemigo lo hacían prisionero de guerra. Les propinaban crueles castigos para demostrar al enemigo que no debían meterse con ellos; los escalparlaban, es decir, estando aún con vida los prisioneros les arrancaban la piel, los colgaban de cabeza para que la sangre se concentre en la parte superior del cuerpo y les hacían unos pequeños cortes en la parte frontal de los dedos de los pies, es ahí de donde comenzaban a arrancar la piel poco a poco, mientras el prisionero daba gritos despavoridos. Otra forma de intimidación consistía en hacer copas a partir de los cráneos de los prisioneros, en donde bebían la sangre de los enemigos.

Teniendo en cuenta semejante nivel sanguinario por parte de los chancas, es difícil siquiera imaginar que se asustaran a causa de piedras disfrazadas de soldados o que huyeran despavoridos ante algún ataque sorpresa de otra etnia que, matemáticamente, tampoco habría podido superar en potencia a su ejército.

En cuanto a Viracocha, un «dios instructor» —al que se le pueden encontrar interesantes paralelismos con Kukulcán (maya), Quetzalcóatl (azteca), Oannes (sumerio), entre otros— es descrito como «el Hacedor» y, a la vez, como un —más mundano— «héroe mítico». También es conocido como el «dios de los báculos» o «de las varas», debido a que portaba uno de estos objetos que, si nos ceñimos a las leyendas y representaciones, tal vez podría ser o utilizarse como un arma.

Según cuenta el historiador Pedro Sarmiento de Gamboa, hubo una ocasión en que los habitantes de la localidad de Caxha decidieron matar a Viracocha, molestos por su «vestimenta y su porte tan extraño»:

«Ya habían empuñado las armas contra él, cuando, enterado Viracocha de sus perversas intenciones, se arrodilló en un lugar llano, y elevó las manos plegadas y la mirada al cielo; y de lo alto llovió fuego sobre quienes estaban sobre la montaña y quemó todo el paraje; tierra y piedras ardieron como paja. El terror se apoderó de los malvados perseguidores ante aquel espantoso fuego, y corriendo se abalanzaron a donde estaba Viracocha, arrojándose a sus pies en demanda de gracia.

«Viracocha, ganado por la compasión, fue al fuego y lo apagó con su cayado. Pero el monte quedó calcinado y las mismas piedras se habían quedado tan ligeras como consecuencia del enorme calor del fuego, que un hombre podía llevar ahora fácilmente alguna que habitualmente no podría haber transportado un carro, lo cual se puede hoy constatar. Y es cosa prodigiosa de este paraje y monte, que todo haya quedado arrasado en un cuarto de legua; se encuentra en la provincia de Collao».

¿Un cayado capaz de dominar los elementos de la naturaleza a voluntad? ¿Se trata, acaso, de un cayado tan poderoso como aquel que utilizaba Moisés para invocar a Yavhé y que éste interceda por su pueblo asolando tierras egipcias con espantosas plagas?

Al igual que el dios de los hebreos, Viracocha pudo tener a su pueblo elegido en los incas y protegerlo de los chancas con una tecnología capaz de hacer levitar las piedras y utilizarlas como proyectiles. Es lógico pensar entonces que los sanguinarios chancas huyeran al presenciar esta «magia» que superaba no solo su capacidad militar, sino también su capacidad de comprensión.

Por Arkantos Khan.

El descabezado de Riobamba

Era domingo por la mañana. Habían pasado apenas veinticinco años del reasentamiento de Riobamba en la llanura de Tapi. El pueblo despertó alarmado con la noticia de que la noche anterior, un jinete sin cabeza había cabalgado por las polvorientas calles de la nueva ciudad. Más de uno lo había visto.

Por esos días, las guerras de independencia estaban latentes, de modo que cuando se escuchó a las doce de la noche el golpeteo de las herraduras lejanas, creyeron que era algún mensajero perentorio, con noticias frescas de la revolución, pero cuando abrieron los ventanales salpicados de barro, se encontraron con la sorpresa de un jinete vestido de sombra, que galopaba temerario bajo la luna nueva. Su caballo, botas, pantalón y poncho se confundían con la noche. Paralizada habría de quedar Riobamba, cuando los fisgones descubrieron que aquel personaje misterioso estaba descabezado, y agregaron muertos de miedo, que sin lugar a duda, era el espíritu de algún prófugo de ultratumba.

Pasaron los días, las historias del Descabezado de Riobamba se contaban por decenas. Lo veían los bohemios que no soportaban el encierro del sábado sin alcohol, los viajantes infortunados que regresaban al asentamiento de San Luis luego de la jornada de trabajo, y los desvelados que no podían dominar el vicio de mirar por la ventana. Pero en general, cuando llegaba el sábado por la noche, la gente atemorizada, se encerraba en las casas de adobe y teja, con el gran portón de madera clausurado con la tranca por dentro.

Por esos días se especulaba mucho en el pueblo. Unos decían que era el alma en pena de algún decapitado en la guerra, otros que venía a vengarse del mundo descabezando a todo aquel que encontrara a su paso. Otros más clarividentes, creían que los curas, de alguna forma, debían tener la culpa, porque las misas ofrendadas para rogar por la santa alma del Descabezado, no habían servido sino para llenar las arcas de la iglesia. El jinete legendario seguía apareciendo puntual cada semana.

Era un sábado de color claro, tan despejado, que la cadena montañosa revelaba el encanto de los esquivos Cubillines. En el barrio de Santa Rosa, frecuentado por el Descabezado, dos jóvenes que vivían frente a frente se encontraron por casualidad. Uno de ellos tenía la fama de astuto, el otro en cambio, lo conocían como prudente. Desde luego comentaron la aparición del espectro, por esos días, en el pueblo casi nadie hablaba de otro tema.

-A mi que no vengan con pendejadas- dijo el amigo astuto. – Para mí es un pícaro-

Su vecino le dio el beneficio de la duda. Pero ¿Y qué tal si el aparecido ese, de verdad fuera un espíritu del más allá? ¿Cómo saberlo?

Fue así como el vecino astuto, cansado de tener que guardarse los sábados, diseñó un plan para desenmascarar al supuesto impostor. Se le ocurrió mientras lo iba contando.

-Lindo el plan veci- dijo el amigo prudente- pero dígame una cosa ¿Qué hacemos si es verdad? Nos van a ir cargando a la quinta paila del infierno-

Pero el vecino astuto insistió con tal empeño, que no dudó en ofrecerle al amigo de toda la vida un buen trago para espantar el susto.

-Bueno, esa es otra cosa-dijo- Por lo menos de chumadito no ha de doler cuando me lleve el Descabezado.

Así que fueron a la plaza a comprar una soga larga, una poma de trago de contrabando y tabacos cerreros para acompañar al fuerte.

Se reunieron cuando el anaranjado atardecer se transformaba en una noche pintada de estrellas. Bebieron hasta que el miedo les pareció tan pequeño que cabía en la palma de su mano. Conversaron de la vida, de las vecinas y del jinete sin cabeza. Se imaginaron tantos escenarios, todos tan distintos y disparatados, que cerca de las doce de la noche, la inagotable fuente de inspiración se agotó. De manera que fueron a templar la soga. Calcularon, al ojo, más o menos la altura del pecho del decapitado.

-Ahora sí-dijo el vecino astuto en medio de la borrachera feliz- Si logra pasar por aquí, no vuelvo a salir el sábado nunca más en mi vida.

A las doce de la noche, apareció el jinete legendario, apoderándose de la oscuridad con su atuendo temible. Los que se consideraban cuerdos ni siquiera se atrevían a mirar por la ventana. En cambio los vecinos locos estaban ahí, dispuestos a descubrir la verdad, aunque aquello implicara quemarse en la quinta paila del infierno.

Estaban escondidos en la sala del vecino astuto, cuando el Descabezado pasó frente a sus casas, se estrelló con la soga justiciera y cayó de espaldas mientras el caballo siguió su camino imperturbable. Salieron de su escondite en medio de risas nerviosas y apresaron a la supuesta alma en pena. Comprobaron con sorpresa que no era otro sino el párroco de San Luis.

– Es que estaba haciendo mucho frío y me tapé la cara para no agriparme- trató de disculparse el sacerdote rojo de vergüenza.

Antes de entregarlo a las autoridades, los vecinos se escabulleron con el cura a la cantina, en donde confesó su amor irracional por una santarroseña. La pasión lo había perturbado tanto, que el único camino que encontró para consumarlo, fue cubrirse el rostro y aparecer como espectro, porque la sociedad riobambeña asimilaba mejor la idea de un descabezado vagabundo, que la de un cura enamorado.