EL ENIGMA DE KEOPS

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12:58:19 PM

La Gran Pirámide de Gizeh es algo más que el monumento que identifica por antonomasia a la civilización más asombrosa que ha pasado por la historia. Se desconoce a ciencia cierta quién la construyó, cuándo y de qué manera se hizo. Tampoco se sabe para qué fueron erigidos sus casi dos millones y medio de bloques. La Gran Pirámide es, al fin y al cabo, el misterio humano por excelencia; un enigma que aún espera a ser desvelado por el hombre.

No es un problema nuevo. Ya desde la propia antigüedad, los cronistas griegos y árabes apostillaban cada vez que mencionaban el nombre del constructor de la Gran Pirámide con un sospechoso “dicen” o un “según afirman los guías locales”. Y es que, al igual que sucede con otros grandes enigmas del antiguo Egipto, como la famosa Esfinge, el Serapeum de Sakkara o el misterioso Laberinto en Hawara, no existe al día de hoy ni una sola prueba que confirme de forma científica quién fue realmente el constructor de este gigantesco monumento.

Al comenzar cualquier investigación sobre la Gran Pirámide no tardamos en darnos cuenta de que el problema de la datación de este coloso va ligado al enigma de quién mandó realmente construirla. El griego Heródoto de Halicarnaso que realizó un viaje a Egipto a mediados del siglo V a. de C. fue el primer historiador que proporcionó un nombre a los investigadores. En el libro segundo de su Historia, que lleva por título el nombre de la musa de la música, “Euterpe”, Heródoto (2, 124, 1) menciona al tiránico Keops (2575 a. C.) como el constructor de la pirámide más grande de Menfis.

Dicho y hecho: el arriesgado testimonio de un guía que no sabía ni que la Esfinge se encontraba en la meseta de Gizeh, tenía el “valor” suficiente como para que la egiptología más ortodoxa comenzara la gran carrera en busca de la confirmación del nombre de Keops. Un monumento anónimo. Por desgracia para nuestras investigaciones, de los autores que anteriormente visitaron y escribieron sobre Egipto, de quienes muy probablemente el propio Heródoto tomara más de una referencia sobre las pirámides -especialmente Hecateo de Mileto, s. VI a. C.-, no ha llegado hasta nosotros absolutamente nada. Sin embargo, no hace falta ir tanto hacia atrás para empezar a dudar del testimonio de Heródoto, ya que todo parece indicar que el llamado por Cicerón, “Padre de la Historia”, fue mal informado sobre el nombre de su constructor.

Manetón de Sebenito, sacerdote grecoegipcio de Heliópolis y promotor en su época del culto a Serapis, recibió por parte de Ptolomeo I Soter (s. III a. C.) el encargo de escribir una Historia de Egipto. Para ello, Manetón se tomó la molestia de consultar la mejor documentación de su templo, en Heliópolis. En los fragmentos 14, 15 y 16 Manetón hace una curiosa referencia al constructor de la Gran pirámide: “Sufis reinó durante 63 años. Levantó la Gran Pirámide que Heródoto dice que fue construida por Keops (…).” Este fragmento del cual conservamos varias versiones idénticas gracias a Africano y Eusebio, parece bastante esclarecedor. ¿Acaso no está dando a entender con ese “que Heródoto dice”, que realmente el de Halicarnaso estaba equivocado? De lo contrario, ¿no hubiera sido mejor decir “llamado Keops por Heródoto”? No se trata de un error de traducción.

Es aquí en donde debemos tener muy en cuenta que, a pesar del valor documental que ofrece el texto de Heródoto, ya que han sido muchos los datos que se han podido corroborar por medio de la arqueología, no lo es menos que otros muchos, quizás los más, han acabado desmintiéndose. Si a esto añadimos la existencia de un libro de Manetón, hoy perdido, titulado Crítica contra Heródoto, en donde el sacerdote heliopolitano ponía los puntos sobre las íes al Padre de la Historia, todo parece indicar la escasa credibilidad de algunas afirmaciones del historiador griego, seguramente, entre ellas la del nombre de Keops.

Por si no existieran suficientes problemas, el resto de autores, para enrevesar más el asunto, ofrecen nombres diferentes al hablar del constructor de la Gran Pirámide. El griego Diodoro de Sicilia, que viajó a Egipto hacia el 60 a. de C., le llamaba Chemmis, y todos los historiadores de época árabe están de acuerdo en denominarlo Suryd. ¿Cuál de ellos tiene razón? Para algunos egiptólogos, todos, ya que se ha visto en cada una de estas denominaciones cierta relación con los dos supuestos nombres de Keops: Khufu y Hnum-Khuf.

Sin embargo, algunos egiptólogos, desoyendo los argumentos de otros investigadores, han preferido dar la razón al criticado Heródoto y buscar la prueba irrefutable que vinculara directamente la construcción de la Gran Pirámide con el faraón Keops. Y es que, más allá de los hallazgos en los monumentos aledaños a la Gran Pirámide, en donde aparece con cierta frecuencia el nombre del faraón Keops, los arqueólogos necesitaban el descubrimiento de una inscripción en la propia pirámide que subordinara de forma concluyente el monumento al nombre de Keops, prueba que, sospechosamente, apareció al poco tiempo de entenderse los jeroglíficos… Multitud de inscripciones.

Hace dos mil quinientos años, Heródoto dejó constancia en su libro de la existencia de numerosas inscripciones en las caras de las pirámides: “y en la pirámide consta, en caracteres egipcios, lo que se gastó en rábanos, cebollas y ajos para los obreros” (Hdt. 2, 125, 6). Esta interpretación que, según cuenta el propio Heródoto, es la que le dio el sacerdote que servía de guía en su viaje por Egipto, no parece convencer a nadie; otro “histórico” resbalón del cronista griego.

Por el contrario, resulta curioso que este mismo pasaje lo encontremos cuatrocientos años después en la obra de Diodoro (1, 64, 2), quizás una prueba que testifique que este último autor se limitara a copiar el texto de su ilustre antecesor. En época árabe, Maqurizi, un cronista que vivió a la sombra de las pirámides entre el 1360 y el 1442 d. C., hacía un barrido sistemático en su Libro de la Advertencia sobre las referencias que otros autores anteriores a él habían dejado sobre el antiguo Egipto.

En el capítulo XL menciona que “sobre estos monumentos los sacerdotes trazaron todas las máximas de los sabios; se escribió sobre todos los lugares posibles de las pirámides, techos, bases, murallas, todas las ciencias conocidas por los egipcios, y se dibujaron las figuras de las estrellas, se inscribieron los nombres de las drogas y sus propiedades útiles y nocivas, la ciencia de los talismanes, de las matemáticas, de la arquitectura; en una palabra, todas las ciencias.” Por su parte, Ibn Khordadabah en su obra Maravillas de las construcciones, decía que las “inscripciones (sobre los bloques de revestimiento de la Gran Pirámide) son tan numerosas y frecuentes que, si las trasladaran al papel, cubrirían diez mil hojas”.

Estas afirmaciones, que no son más que un botón de muestra de la inmensa cantidad de ellas existentes en la literatura árabe medieval, han hecho reflexionar a los egiptólogos sobre la posible existencia de inscripciones en las piedras de recubrimiento de la Gran Pirámide, hipótesis prácticamente admitida hoy día por todos, siempre con miras en el descubrimiento del nombre de Keops por alguna parte. Debido a que este monumento fue utilizado como cantera desorganizada en época medieval, miles de sus bloques han ido a parar a los muros de las mezquitas cairotas, perdiéndose la pista de todas estas inscripciones. Pero, ¿qué hay de realidad en todas estas fabulosas leyendas? ¿Qué decían los miles de inscripciones? ¿Hablaban realmente de Keops o es este rey el que reutilizó un monumento construido mucho tiempo antes que él? Una explosión de pólvora y un nombre. Habría que esperar hasta el año 1837 para poder obtener una mínima pista que resolviera el misterio de las inscripciones de la Gran Pirámide.

Dos años antes, había llegado al valle del Nilo un coronel británico cincuentón, de nombre Richard William Howard Vyse. Su interés por la egiptología, respaldado por el importante apoyo económico de su familia, le llevó a conseguir el permiso ordinario -el famoso firman- para poder excavar en la Gran Pirámide. Este coronel, dinamitando en la célebre cámara de Davidson, situada inmediatamente sobre la cámara del rey, descubrió cinco cámaras más.

Si bien todos los descubrimientos en este monumento se habían caracterizado por ser anepigráficos -sin inscripciones-, incluso la mencionada cámara de Davidson, Vyse, misteriosamente, tuvo mucha más suerte que todos sus antecesores. Y es que no sólo encontró cinco cámaras más repletas de textos, sino que en varias de ellas aparecía escrito el supuesto nombre del constructor de la pirámide, nombre que recientemente se había podido identificar en textos egipcios: la esperada prueba arqueológica que vinculaba la construcción de la pirámide con el nombre del faraón Keops. Envuelto en el típico cartucho que recubría el nombre de todos los faraones, y escrito en tinta roja, allí parecía estar la prueba irrefutable que tanto se había estado buscando.

Samuel Birch, egiptólogo del Museo Británico y encargado de estudiar las inscripciones enviadas por Vyse desde El Cairo, dio los textos como buenos, reconociendo la posibilidad de que se tratase de los nombres de Keops. Pero, una vez pasada la emoción de los primeros momentos del descubrimiento, se comprobó que no todo el monte era orégano. Muy pronto aparecieron las primeras dudas ante tan rápido y sospechoso hallazgo. En 1981, el investigador Zecharia Sitchin nos sorprendía a todos con su libro Escalera al cielo, en donde planteaba la posibilidad de que las marcas de cantería descubiertas por Howard Vyse en la Cámara de Campbell fueran una falsificación de su colaborador J. R. Hills. Esta teoría, siempre según Sitchin, había sido manifestada por uno de los ayudantes de Vyse quien afirmó que el coronel, necesitando justificar sus excavaciones en la meseta de Gizeh ante el cónsul británico, Henry Salt, con un descubrimiento impresionante, decidió “descubrir” la primera prueba epigráfica que vinculara directamente la Gran Pirámide con la figura del faraón Keops.

Sitchin argumentaba su teoría apoyándose en un artículo del propio traductor de los textos, Samuel Birch, en donde, sacando frases de contexto, parecía dar a entender que los jeroglíficos descubiertos por Vyse estaban falsificados. Sin embargo, contradiciendo a Sitchin, si realizamos una lectura completa del artículo de Birch podremos observar que en ningún momento se duda de la autenticidad de los jeroglíficos descubiertos por el coronel. Sitchin también añade que la falsificación de Hills había sido realizada usando la gramática de John Gardner Wilkinson, Materia Hieroglyphica, publicada en Malta en dos volúmenes entre los años 1828 y 1830, en donde el nombre de Keops aparecía supuestamente escrito de forma incorrecta.

Según Sitchin, el nombre correcto de Keops, Khufu, aparece en la mencionada gramática con un error en el primer ideograma, de suerte que Wilkinson confundió el jeroglífico j, un círculo rayado, con el disco solar, un círculo con un punto en el centro. Según Sitchin, éste es el nombre que aparece en la Cámara de Descarga de la Gran Pirámide. Nada más lejos de la realidad, ni en la pirámide está mal escrito el nombre de Keops, ni Wilkinson confundió un ideograma por otro. Simplemente en la gramática aparece el nombre de este faraón escrito con un círculo negro en vez de utilizar la j , el círculo rayado, ideograma que, por otra parte, sí aparece en el nombre conservado en la pirámide.

Aunque Sitchin no tenga razón en sus argumentos ¿demuestra nuestra explicación que las inscripciones son verdaderas? ¿Fueron realmente una hábil falsificación para justificar el firman ante Henry Salt? Otras inscripciones Sin embargo, y al contrario de lo que muchos investigadores creen, no son éstas las únicas inscripciones que han aparecido en la Gran Pirámide de Keops. Si hacemos caso al polémico trabajo de Vyse, Operations carried out on the pyramids of Gizeh publicado entre 1840 y 1842, en él se hace mención a muchas más inscripciones. Éstas, lejos de encontrarse en lugares inaccesibles de la pirámide, como cámaras secretas o túneles intransitables, fueron descubiertas por el coronel británico sobre algunos de los bloques de revestimiento del monumento que aún se conservaban en aquella época (1837).

Vyse aseguraba que encontró algunas misteriosas inscripciones, según él marcas de los canteros que construyeron la pirámide, inscritas en color rojo o negro. En la página 226 del primer volumen de su estudio presenta una inscripción en la que podemos apreciar una serie de jeroglíficos muy deteriorados junto a un recuadro que parece contener un claro pilar Djed. Pero ahí no queda todo. El egiptólogo L. V. Grinsell en su libro Egyptian Pyramids publicado en 1947, también hace mención a extraños grabados descubiertos en los mismos bloques, confirmando cien años después, los hallazgos del coronel Vyse. La mayor parte de estas inscripciones fueron pintadas en color rojo, siguiendo la tónica general de las otras conservadas en la Gran Pirámide.

El contenido de estos textos era, según Grinsell, líneas de medida utilizadas por los arquitectos a modo de referencias o los nombres de algunas cuadrillas de trabajadores empleadas en la construcción del monumento. Sin embargo, uno de los aspectos más llamativos de estas nuevas inscripciones facilitadas por Grinsell fue la presencia del nombre Hnum-Khufu, otro de los apelativos reales del faraón Keops que ya fue descubierto por Vyse en la cámara de Lady Arbuthnot en la Gran Pirámide. Hoy no queda nada de estas inscripciones ¿Se ha extendido la fiebre mixtificadora del coronel Vyse hasta nuestro siglo? Según relata el propio Grinsell, “el mejor momento para poder ver estas inscripciones (todas pintadas de un rojo que se ha apagado con el paso del tiempo) es por la mañana muy temprano.”

Con arreglo a lo descrito por el arqueólogo británico, es conveniente ir con gafas de sol casi al amanecer y buscar en la cara oeste de las pirámides para poder apreciar claramente estas inscripciones. Ver para creer. Sin embargo, Grinsell no proporciona más información que la simple mención de la existencia de estas inscripciones.

Como si de una maldición se tratara, Grinsell murió recientemente sin dejar constancia ninguna de la ubicación exacta en donde se encontraban los misteriosos dibujos por él mencionados… Otro egiptólogo de renombre, el francés Georges Goyon, en su libro Les inscriptions et Graffiti des voyageurs sur la Grande Pyramide (1944), hacía un estudio sistemático de los hallazgos epigráficos realizados hasta la época en este monumento. Para asombro de muchos, Goyon ofrecía una mención muy precisa de la ubicación de una inscripción en los bloques exteriores de la Gran Pirámide. Según Goyon la inscripción se encontraba en la “cuarta hilera de la cara oeste, piedra número 71 comenzando (a contar) por el ángulo norte.

La inscripción está dibujada en pintura roja y colocada al revés.” Un amanecer mudo Aunque parezca mentira, es triste reconocer que prácticamente nada es lo que podemos observar hoy día de estos descubrimientos realizados hace apenas cincuenta años. Quizás la razón principal a tan dolorosa pérdida, resulte un tanto contradictoria. Y es que el viento del desierto, llamado por los egipcios “jamsin”, hacía que la arena cubriera las primeras hiladas de las caras occidentales de todas las pirámides egipcias, taponando incluso en ocasiones la propia entrada al monumento como ocurre en la pirámide de Amenemhat III en Hawara.

Desde que la explotación turística de todas estas pirámides ha obligado a la continua habilitación de los complejos arquitectónicos, retirando la arena siempre que fuera necesario para admirar el monumento en todo su esplendor, las inscripciones han permanecido continuamente a la intemperie, habiéndose borrado todas ellas, si es que existieron, en los últimos cincuenta años. Aunque nadie hace caso a la advertencia de Manetón, hoy muchos egiptólogos siguen creyendo que fue Keops el constructor de la gran Pirámide. ¿Tiene sentido afirmar que el sacerdote grecoegipcio confundió los dos nombres y argumentar que Keops y Sufis son la misma persona? ¿Es que Manetón no disponía de listas reales más fiables que las nuestras, cometiendo un error tan torpe? A pesar de todo, después de haber transcurrido no se sabe cuántos miles de años, quizás más de los que creamos, nadie tiene constancia alguna de quién fue el constructor de este misterioso monumento.

De una manera profética, Gerard de Nerval que viajó a Egipto en 1842, comentaba con doctas palabras en su Viaje a Oriente, que las inscripciones que rebosaban por todas partes en la Gran Pirámide “serán la tortura de los sabios del futuro”. Lo que de Nerval olvidó señalar era que la tortura estaría en la pérdida de esas inscripciones.

Keops: un faraón sin rostro Parece increíble que de un rey del que se le supone la construcción más importante de la humanidad, no tengamos apenas representaciones artísticas con las que hacernos una idea sobre su aspecto. A excepción de la conocida figurilla de marfil del mismo tamaño que un rey de ajedrez (7,5 centímetros), para colmo encontrada en Abydos -a casi 350 kilómetros de su gigantesca pirámide-, u otras dos estatuas atribuidas a su persona, poco más es lo que podemos decir de los retratos de este enigmático faraón. Y es aquí en donde debemos plantearnos si realmente fue el tal Khufu el constructor de la Gran Pirámide. La imagen política de este faraón, tampoco debió de suponer mucho respeto en la antigüedad a sus propios coetáneos egipcios.

Éstos, ni cortos ni perezosos, reutilizaron los relieves de la calzada de su pirámide para decorar sus propios complejos funerarios. Esto sucedió en la pirámide de Amenemhat I (1990 a. C.) en Lischt, lugar en el que podemos encontrar numerosos relieves con el nombre “Khufu”, extraídos impúdicamente de su calzada en Gizeh. En otro arrebato de locura, el egiptólogo Ahmed Fakhry propuso hace treinta años la no menos drástica iniciativa de sacrificar el conjunto de Amenemhat I desmantelándolo, para obtener más información sobre el reinado y la figura de Keops. Gracias a Dios, nadie le ha hecho caso. autor del texto/Nacho Ares Publicado con el mismo título en la revista Karma 7, en 2001 Un dato que añadimos, y que es de interés ante el enigma de las pirámides y que hace referencia a Manetón y la edad de las pirámides. Manetón fue un sacerdote e historiador egipcio que vivió en el siglo III a.C.

Recibió el encargo por parte del faraón Ptolomeo II Filadelfo, de escribir la historia de Egipto desde sus inicios. Para la realización de sus trabajos tuvo acceso a los textos antiguos sobre la historia de Egipto, y gracias a ello tenemos una lista ordenada de los reyes de Egipto, comenzando por Menes, el primer rey de la primera dinastía. La obra de Manetón no se ha encontrado completa: nos han llegado pequeños fragmentos a través de varios historiadores como: Flabio Josefo, Julio Africano, Eusebio de Cesarea.

La gran pirámide, siguiendo las pistas arqueológicas e históricas, parecen datar de hace unos 4600 años. Sin embargo, si hacemos caso a lo constatado por Manetón, la edad de ellas estaría en torno a los 7000 años. Esto no es el único dato sorprendente que nos dejó en su obra. Según contaba, antes de ese primer faraón de la primera dinastía, Egipto estuvo gobernado por dinastías de dioses y semidioses durante más de 24000 años.


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Confirman existencia de observatorios astronómicos incas

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10:58:58 AM

La Dirección Desconcentrada de Cultura de Cusco confirmó la existencia de observatorios astronómicos ubicados en el Parque Arqueológico Nacional de Machu Picchu. El impresionante descubrimiento forma parte de un estudio que se realizó en conjunto con expertos de Polonia.

Las investigaciones se ejecutaron en los observatorios astronómicos de Inkagaray e Intimachay. Este último es un observatorio ubicado en la parte superior e inferior de la Sala de los espejos de la Ilgata de Machu Picchu. Allí se halló una ventana frontal y lateral. Desde ese lugar, los antiguos peruanos pronosticaban los fenómenos celestes, solsticios de verano e invierno así como movimientos de la luna.

En tanto, Inkagaray está situado al noroeste de la montaña Waynapicchu. La edificación tiene dos nichos de forma trapezoidal. Cada orificio tiene unos 5 centímetros de diámetro.

Si bien por siglos se sospechó de los conocimientos astronómicos plasmados en Machu Picchu, esta es la primera vez que un equipo de científicos lo confirma utilizando los últimos avances tecnológicos, así lo reporta Peru This Week. La civilización del Sol La astronomía desempeñó un papel fundamental en la cultura, religión y vida cotidiana de los incas, quienes usaron a los acontecimientos astronómicos para dirigir diversos eventos ceremoniales y planear actividades agrícolas.

La ciudad de Cuzco, por ejemplo, fue construida de tal manera que replica el firmamento nocturno apuntando hacia ciertos cuerpos astronómicos. Las Pléyades era una de las constelaciones más importantes, y su salida heliaca daba inicio al año inca, lo que ocurre de 13 a 15 días antes del solsticio de invierno.

Ellos vieron una relación entre el tiempo en que las Pléyades son visibles y el ciclo agrícola anual. De esta manera, uno de los nombres con que designaban al cúmulo era Collca, que significa «depósito de alimentos» en quechua. Las Pléyades están ausentes del cielo nocturno entre el 3 de mayo y 9 de junio, durante un período de 37 días, que coincide con el que media entre la cosecha y la próxima época de siembra en el altiplano.

Los incas son conocidos por haber erigido observatorios en diferentes lugares con el objetivo de capturar los primeros y los últimos rayos del sol a través de una serie de ventanas ubicadas milimétricamente. El observatorio principal era el Coricancha (quechua: Quri Kancha, «templo dorado»), y estaba completamente cubierto de oro, rindiendo así homenaje a Inti, el Dios Sol.

Teniendo en cuenta estos conocimientos, no debería sorprendernos que la famosa Machu Picchu funcionara como un observatorio ubicado en un lugar muy privilegiado. Este hecho fue notado hace casi cinco siglos atrás por Sarmiento de Gamboa, quien halló un muro con dos nichos trapezoidales, cada uno con un agujero de cinco pulgadas de diámetro. El explorador español escribió:

… Agujeros a través de los cuales puede observarse la posición del sol como si se tratara de un astrolabio. Considerando el lugar donde el sol pega al pasar por los agujeros justo en la época de arado y siembra …

Ahora finalmente la ciencia comienza a reconocer, por primera vez de manera oficial, que las características arquitectónicas de Machu Picchu fueron ideadas y diseñadas con el cosmos en la mente de sus constructores.

Uno de los pequeños agujeros en los muros de Machu Picchu.
Uno de los pequeños agujeros en los muros de Machu Picchu.

La tecnología al servicio de la arqueoastronomía

Las indagaciones científicas fueron posibles gracias al Proyecto Peruano-Polaco, que permitió realizar trabajos de exploración arqueoastronómica a través de equipos de última generación como es el escaneado en 3D y un software especial que posibilitó ubicar la posición exacta de los astros en la época incaica y contrastarla con la de los monumentos en la actualidad.

Los análisis y pesquisas estuvieron a cargo de los profesores Jacék Kosciuk de la universidad Técnica de Wroclaw de Polonia; Mariusz Ziolkowskide, de la universidad de Varsovia, y del propio director del Parque Arqueológico, Fernando Astete.

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«Para el presente año se prevé explorar la cumbre de la montaña Yanantin, para ubicar las sukanqas o marcadores solares, colocados verticalmente en la época incaica, y así tener mayores elementos que corroboren la existencia de observatorios astronómicos. También se realizarán estudios arqueoastronómicos mediante escaneo láser 3D en el sector de Intihuatana y la montaña de Machu Picchu», indicó Astete.


 

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QUE SECRETO NOS GUARDAN LAS PIRÁMIDES ?

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10:49:24 AM

Verlas desde lejos es un espectáculo. El Cairo está repleto de edificios de mu­chos pisos, velados por una capa de contaminación; pero, a poco que uno se asome a una terraza de cierta altura, ellas se las apañan para destacar sobre el hori­zonte como llevan haciendo desde hace ya miles de años. Las pirámides de Quiza forman parte desde siempre del paisaje visual de los egipcios que viven en la región menfita. Menos acostum­brados a ver edificios de semejante porte, grie­gos y romanos las visitaban asombrados, como hacemos nosotros. A sus pies la escala se des­borda y a uno le resulta difícil comprender que se encuentra ante una construcción artificial; aun­que lo peores cuando uno penetra en su interior y descubre que ¡es macizo! Apenas unas pocas estancias en un edificio de 146 m de altura y 230 m de lado. Resulta tan difícil de creer, que desde el momento en que volvió a estar abierta -gra­cias a los esfuerzos del sultán AI-Mamun en el año 820 d. C.-, los occidentales no han dejado de buscar habitaciones ocultas, y algunas han encontrado, la última tiene apenas el tamaño de un cajón y apareció hace unas pocas semanas. La búsqueda de habitaciones ocultas empezó pronto. Ya en 1638 John Greves detectó y explo­ró el comienzo del llamado “pozo de los ladrones” de la Gran Pirámide, pero no es la única don­de se han buscado. En realidad, los exploradores se han mostrado tanto más decididos a encon­trarlas cuanto menos evidentes fueran las prue­bas de que allí había algo por descubrir. Un ejem­plo perfecto lo tenemos en el egiptólogo Alexandre Barsanti. Un día, mientras iba a caballo atajando por el desierto, camino de la pirámide escalona­da de Zawiet el-Aryan donde se encontraba ex­cavando, se dio cuenta de que el suelo estaba cubierto de lascas de granito. Al no ser una pie­dra que se hallara en los alrededores, compren­dió que se podía tratar de algo más interesante. Sus sospechas se confirmaron cuando subió a una duna cercana y descubrió que las lascas de­limitaban un cuadrángulo en el suelo. Eran los restos de un monumento faraónico. Cuando co­menzó a excavar la zona, terminó desenterrando la excavación preliminar de una pirámide de la IV dinastía. El monumento, apenas comenzado, per­tenecía a un nieto de Khufu llamado Baka, que ocupó el trono por breve tiempo. La pirámide no es sino una rampa que desciende hasta una ex­cavación rectangular perpendicular a ella, en cu­yo extremo oeste se encontró incrustado un ata­úd ovalado. El monumento es tan espectacular, que fue usado como decorado natural para la pe­lícula Tierra de faraones. Fue la última vez que se limpió la pirámide, la cual luce hoy repleta de are­na, basuras y plásticos.

Barsanti siempre estuvo convencido de que en esta trinchera había algo más y no dudó en va­ciarla de los bloques que rellenaban varios me­tros de su fondo en busca de cámaras ocultas. Lo que le terminó de persuadir de lo preciso de su razonamiento fue una tormenta, que llenó la base de la trinchera con tres metros de agua. La trinchera permaneció convertida en piscina de agua estancada durante varias horas, hasta que a la medianoche se vació casi por completo de forma repentina. No fue necesario nada más pa­ra convencer a Barsanti de que la cámara oculta que buscaba era por completo real. ¿Dónde si no habn’a ido a parartodo ese líquido? En los do­ce años de vida que le quedaban dedicó mucho tiempo a encontrar dicha habitación… sin éxito. Otro acontecimiento extraño tuvo lugar, años antes, en una de las pirámides más peculiares de Egipto, la Romboidal, construida en Dashur por Esnefru, padre de Khufu. Este edificio desta­ca no solo por el extraño cambio de inclinación a dos tercios de su altura, sino por ser la única pirámide -de momento- que presenta dos cá­maras funerarias en su interior. Una tiene entra­da por la cara norte y la otra por la oeste. Solo una gatera excavada por entre los sillares de piedra comunica ambos grupos de habitaciones. La cosa sucedió el 15 de oc­tubre de 1839, como se descri­be en el diario de su excavador, J. S. Perring. Ese día, como los anteriores, un sufrido grupo de trabajadores excavaban apiñados en el angosto pasillo de la en­trada norte de la pirámide, alumbrados con antorchas. Cuando consiguieron entraren la cámara funeraria norte, inexplicable­mente se desencadenó dentro del corre­dor un fuerte viento que soplaba desde el exterior hacia el interior de la pirámide. Se trataba de una corriente de aire fuerte, que apenas permitía mantener las lámparas encendidas. Estuvo soplando dos días en­teros. Después se esfumó tan repentina­mente como había aparecido. La única ex­plicación que se le ocurrió a Perring fue que en el edificio había una habitación sin descubrir que ponía en contacto el in­terior de la pirámide con el exterior.

Hasta más de cien años después no hu­bo nuevos datos sobre esa habitación. Entre 1950 y 1955 la pirámide fue estu­diada por el egiptólogo Ahmed Fahkry. Junto a su equipo descubrieron nuevos huecos en su interior, pero de escasa entidad -como una chimenea tras la cámara norte-, además de terminar de despejar todas sus habitaciones y pasillos. Mientras excavaban, Fakhry y sus compa­ñeros notaron un suceso peculiar en las entrañas de la pirámide, un ruido cuya du­ración podía ser de hasta diez segundos y se escuchaba bien en los días ventosos. Fakhry concuerda con Perring en que se producía por reverberar el viento en una cá­mara todavía por descubrir. Hace años se utilizó la física de fluidos para intentar definir con más precisión la posibilidad de que exista un hueco sin des­cubrir en la pirámide Romboidal. J. y G. Wegner estudiaron el fenómeno partiendo de que la explicación más lógica para el fenómeno de la corriente de aire es que, cuando Perring desescombró el pasillo, pu­so en contacto dos atmósferas que lleva­ban separadas miles de años. La mayor presión de la atmósfera exterior entró con fuerza en las cámaras de la pirámide in­tentado equilibrar ambas, lo cual explica el viento, pero no su duración. Arduos cálcu­los después, su conclusión fue que los es­pacios interiores conocidos no bastaban para generar tamaña brisa. En realidad, so­lo si se contempla la posibilidad de que en el interior de la Romboidal haya entre 800 y 1.600 m3 de espacio vacío oculto en algún lado, podría comprenderse el fenó­meno. Se trata aproximadamente del vo­lumen de media piscina olímpica. A todos los egiptólogos nos encantaría descubrir que Esnefru diseñó su pirámide con unos pequeños apartamentos privados de 800 m’ habitables y con techos de dos metros de altura. La información que podrían con­tener esas cámaras dispara la imaginación del más estoico de los historiadores pro­fesionales.

En ocasiones no son los egiptólogos los que realizan los descubrimientos, sino ex­pertos en otras ramas que, llevados por su amor por el antiguo Egipto, estudian con otros ojos. Liberados de las anteojeras que impone a veces la ortodoxia, son capaces de ver detalles que para un historiador re­sultan extraños. Uno de estos casos se dio en 1998, cuando un arquitecto francés, Gilíes Dormion -acompañado de Jean Verd’hurt- realizó un descubrimiento sor­prendente: un grupo de cámaras desco­nocidas en la pirámide de Meidum, a unos 80 km al sur de B Cairo.

La de Meidum es una pirámide de pie­dra cuya estructura original tenía siete es­calones, ampliados luego hasta los ocho, los cuales Esnefru rellenó y recubrió se­guidamente, convirtiéndola en la primera pirámide de caras lisas de Egipto. Su inte­rior es sencillo, con un corredor descen­dente que alcanza la cámara funeraria -con techo en falsa bóveda- tras pasar por dos nichos consecutivos conectados, un corto corredor horizontal y ascender por un pequeño pozo. A ningún arqueólogo le pa­recía que hubiera nada extraño en su di­seño, por eso tuvieron que posarse en ella los ojos de un arquitecto que ya tenía prac­tica en ello, pues de años antes ya había realizado un descubrimiento parecido en la Gran Pirámide.

Dormion se encontró con que, arquitec­tónicamente hablando, los dinteles que cu­brían los menos de la pirámide de Meidum -de 2.10 m de longitud- eran demasiado largos para lo que se estilaba en el Reino Antiguo, además de no presentar ninguna fractura por el peso que soportaban. Sabía que la única apücación posible era la exis­tencia sobre los dinteles de algo que re­bajara la presión vertical que soportaban. Pedidos tos permisos a las autoridades del Servicio de Antigüedades, por aquel en­tonces interesadas en realizar avances científicos, en vez de por salir en las noti­cias de todo el mundo, se concedió la au­torización. En el techo del tramo horizontal que comunica los nichos con la chimenea, una fractura entre los sillares permitió in­troducir una microcámara y descubrir una pequeña estancia con techo por aproxi­mación de hiladas. Comprobada la exis­tencia de este primer hueco, se concedió permiso para realizar dos microperforaciones en el techo de los nichos, que desem­bocaron cada uno de ellos una sala de descarga similar. Dos perforaciones más en el techo del corredor descendente demos­traron que sobre el cuarto inferior coma un corredor paralelo, también con techo en fal­sa bóveda con unos 15 m de largo por 1,40 m de alto. Algo semejante había conseguido diez años antes el mismo Dormion, pero esta vez en la Gran Pirámide y con otro compa­ñero, Jean Patrice Goidin. Serían su interés y probaturas los que parecieron dar el pistoletazo de salida de los estu­dios de ingenieros por escudriñar las partes no accesibles del monu­mento e intentar comprobar si exis­tían nuevas cámaras ocultas.

Tras analizar la pirámide con ojos de arquitectos, consideraron que presentaba una serie de ano­malías constructivas que sólo se podían explicar como medios de ocultar la cámara funeraria ver­dadera, que se encontraría ocul­ta al norte y ligeramente por de­bajo de la cámara del rey, pro­tegida de la presión del edificio por el paraguas contra la pre­sión que suponían las cámaras de descarga. Por otra parte, la particular disposición de los sillares de una zona del corredor de acceso a la cámara de la reina les llevó a pensar que tras ellos se ocultaban varias estancias desconoci­das. Como arquitectos, no podían com­prender el motivo de que los sillares estu­vieran dispuestos de tal modo que sus jun­tas se prolonguen de arriba abajo sin interrupción, lo que debilita el muro. Sus deseos de comprobar la hipótesis les lle­varon a solicitar los permisos de estudio, que les fueron concedidos. Su objetivo era realizar primero varias mediciones de microgravimetría para detectar huecos en la masa del edificio. Realizados en 1986, los estudios en­contraron algunas anomalías, mas no pa­recían concordar sus la hipótesis para la cámara del rey. Más suerte tuvieron cami­no de la cámara de la reina, donde las má­quinas sí detectaron los deseados huecos. El único medio de comprobar su existen­cia era horadando la roca, lo que les fue concedido. Las tres microperforaciones es­tancas que se realizaron a 15 m de la cá­mara de la reina les permitieron encontrar en la masa de la pirámide una peculiar are­na de cuarzo, quizá el relleno de una ha­bitación… A pesar de tener que irse un tan­to corridos al no haber podido verificar sus teorías, parece que ver a un par de adve­nedizos estudiando el sacrosanto monu­mento hizo que los egiptólogos reacciona­ran. Al año siguiente un equipo de la Universidad de Waseda (Tokyo) estaba en su interior intentando descubrir esas elu­sivas cámaras secretas. Repitieron las me­diciones de los franceses. Siempre a la úl­tima en cuanto a cuestiones técnicas, los nipones utilizaron además un escáner electromagnético, cuyas ondas podían pe­netrar varios metros en la roca. Los resul­tados fueron muy sugerentes. Primero co­rroboraron los hallazgos de los galos en el corredor de la cámara de la reina, porque en ese punto detectaron una cavidad de entre 2,5 y 3 m de altura que parecía es­tar rellena de arena y prolongarse desde el corredor hacia la pared oeste. Lo más es­pectacular, no obstante, se detectó casi en la esquina oeste de la pared norte de la cámara de la reina. Allí, donde se suponía que todo era macizo, el escáner detectó que tras un primer sillar de 3 m de grueso nacía ¡un pasillo de 1 m de anchura, 1,5 m de altura y unos 30 m de longitud! Es decir, que el corredor de acceso a la cá­mara de la reina contaba con un herma­no que coma paralelo a él hasta llegar a la gran galena. Por desgracia, el organigrama de las au­toridades arqueológicas egipcias estaba cambiando y al nuevo encargado de Sakkara y Quiza no le pareció adecuado hacer un agujero de menos de 2 cm de diámetro en un sillar para realizar lo que sin duda seria un descubrimiento arqueo­lógico asombroso. El argumento esgrimido fue salvaguardar la integridad física del monumento. Una política muy sensata, ex­cepto cuando uno ve los cables de la luz sujetos con alcayatas y comprueba que los agujeros sí son bienvenidos, pero siempre que sea uno mismo quien salga en direc­to en la tele haciéndolos… o casi. Hay que reconocer, no obstante, que po­co después sí se tomaron medidas sen­satas para salvaguardar la salud de la pi­rámide. Los miles de visitantes diarios que entraban en ella soltaban a la cargada at­mósfera de su interior montones de vapor de agua y sales en forma de sudor disipa­do o, sencillamente, frotado contra las pa­redes. No es fácil alcanzar la gran galena sin apoyar un brazo en el muro cuando en dirección opuesta baja un tropel de japo­neses, o caminar encorvado por sus co­rredores sin tocar la pared en busca de equilibrio. Ese sudor terminaba conden­sándose en las paredes, humedeciéndo­las y recubriéndolas de sales, muy dañi­nas para la piedra. La primera medida fue limitar el número de visitantes a 300 dia­rios y, después, contribuir a la salud de la atmósfera interna colocando unos poten­tes y diminutos ventiladores en los con­ductos “estelares” de la cámara del rey. Para estudiarlos en detalle, el Instituto Arqueológico Alemán encargó al ingeniero germano Rudolf Gantenbrink la construc­ción de un pequeño robot para limpiar los conductos. Bautizado Upuaut, tras su tra­bajo en la cámara del rey, en 1992 su her­mano y versión mejorada, Upuaut 2, fue utilizado para estudiar esos mismos con­ductos en la cámara de la reina. Dotado de tracción independiente y una cámara de vídeo, en el conducto norte, el robot vio interrumpido su camino por una barra de hierro atascada desde los inten­tos de exploración del mismo durante el siglo XIX, pero el conducto sur se encontró con notables sorpresas. En vez de termi­nar su recorrido a 8 m de la cámara de la reina, como todos creían, subió y subió y siguió subiendo durante 65 m, hasta tro­pezarse con una pequeña losa de piedra con lo que parecían dos asas de cobre. Esta mal llamada “puerta” -difícilmente puede calificarse así a una loseta de cali­za de 20 x 20 cm- produjo un sin fin de especulaciones sobre lo que podn’a haber detrás. Dada la tendencia de los arquitec­tos egipcios a interrumpir los accesos a las cámaras funerarias de las pirámides con grupos de tres rastrillos de piedra, lo más probable es que detrás hubiera un pequeño hueco seguido de una nueva loseta. La lucubraciones habn’an de continuar durante diez años, hasta que Zahi Hawass consiguió montar junto a la National Geographic Society un programa de tele­visión en directo, con él como estrella de la arqueología mundial, mientras los téc­nicos se encargaban de horadar la lose­ta… Solo para encontrar otra igual 17,5 cm más lejos y, al hacerlo, fracturar de paso la pequeña asa de cobre que quedaba in­tacta. Días después, el Pyramid Rover -di­señado y fabricado por la firma ¡Robot de Boston-, fue capaz de sortear la barra de hierro del conducto norte. Su recorrido ter­minó tras ascender por él otros 65 m, has­ta tropezarse con una loseta de piedra exactamente igual a la del conducto sur. Lo interesante de estos conductos de ai­reación es que estaban pensados para que no se vieran. No se sabe cuándo se abrie­ron los de la cámara del rey; pero los de la cámara de la reina fueron descubiertos en 1872, cuando Waymann Dixon consideró que si la cámara del rey los tenía, la cá­mara de la reina debía tenerlos iguales. Para dejarlos visibles tuvo que encontrar dónde sonaba a hueco y picar varios cen­tímetros del último sillar. Su función solo se supone, aunque como estaban obtura­dos se ha de descartar que sirvieran para introducir aire fresco en las cámaras. En general se considera que tienen un signi­ficado simbólico, pues están orientados de forma aproximada hacia estrellas con­cretas: el conducto norte de la cámara del rey apuntaría hacia Alpha Draconis -la Estrella Polar durante el Reino Antiguo- y el conducto sur hacia la constelación de Orion; el conducto norte de la cámara de la reina es­taña dirigido hacia la Osa Menor y el conducto sur hacia Sirio. El personaje que había dado permiso para hacer un agujero en directo delante de una au­diencia de millones de perso­nas era el mismo que solo hacía dos años atrás, en el año 2000, había prohibido hacer un agujero del mis­mo diámetro en una zona invisible de la misma pirámide para comprobarla posible existen­cia de una nueva habitación. ¿El motivo?, Supuestamente, proteger la integridad de la pirámide. La hipótesis que no dejó com­probar había vuelto a ser propuesta por nuestro viejo conocido, Dormion, quien tras un análisis arquitectónico de la cámara de la reina consideró que por debajo de ella debía de existir una segunda cámara con un corredor de acceso. Dormion encargó las nuevas medicio­nes microgravimétricas a Jean-Pierre Barón, experto en el campo, pues es el respon­sable de haber descubierto las pirámides subsidiarias de Pepi I en Sakkara. Por otra parte, este ingeniero trabaja en la empre­sa encargada de tender la línea de alta ve­locidad -7GV- entre París y Estrasburgo, de modo que sus conclusiones han de consi­derarse bastante fiables. Como dice al res­pecto Michel Vallogia -director de la misión franco-suiza que excava la pirámide de Djedefre-: “Si -Barón- dice que es seguro colocar los raíles en un lugar porque debajo no hay cavidades, más le vale estar en lo cierto, si no el número de muertos se­ra muy elevado”. Los datos obtenidos por Barón parecí­an coincidir a la perfección con la hipóte­sis de Dormion y para comprobarlos sólo es necesario realizar una perforación en el agujero de ladrones excavado en el nicho de la cámara de la reina, completamente oculto a la vista. Ni siquiera eso, pues entre las fracturas de los sillares puede introdu­cirse un cable de fibra óptica sin tener que dañar la pirámide. A pesar de ello, Hawass se mostró inflexible, quizá por la polémica suscitada ante la hipótesis; porque mu­chos egiptólogos la rechazaron de plano al considerar que no tenía fundamento, pe­ro, ¿tienen razón?

Dormion supone que la habitación no es más que una segunda cámara fuñeraria con entrada propia, que cree comienza (en la cara este de la pirámide. No hay na­da de extraño en una pirámide con dos entradas. La pirámide Romboidal posee este mismo diseño y da la casualidad de que la construyó el padre de Khufu. No tendría nada de particular que su hijo hubiera co­piado o evolucionado su diseño, y no olvi­demos que la pirámide Khaefre también cuenta con dos entradas a dos niveles. Lo único que no termina de resultar convin­cente de la reconstrucción de Dormion es que sitúa el acceso a esta segunda cámara en la cara este de la Gran Pirámide, cuan­do lo más lógico sería que comenzara en la oeste. Una década más ha tenido que trans­currir para que se realizaran nuevos descubrimientos en los canales de la cá­mara de la reina, aunque esta vez con gran discreción. Sin muchas alharacas, así ha pasado entre los medios de co­municación el ha­llazgo realizado el pasado 25 de mayo del 2011 en la Gran Pirámide. Debe de ser porque ahora Hawass no tenía a una cadena de tele­visión pagándole por salir en un programa en directo o, senci­llamente, para evitar llamar demasiado la atención sobre su persona debido a los numerosos proble­mas legales a los que se enfrenta -ai­radas acusaciones de abuso de poder, en­riquecimiento indebido, tráfico de antigüe­dades…-. En cualquier caso, ya sabemos qué hay detrás de la loseta que interrumpía el con­ducto sur de la cámara de la reina. El in­geniero Rob Richardson, de la Universidad de Leeds, ha conseguido -junto a las em­presas Scoutek y Dassault Systémes- di­señar un robot equipado con una cámara articulada. Djedi -mago protagonista de uno de los cuentos del Papiro Westcar, que le habla a Khufu de las cámaras perdidas de Thot-, introdujo su cámara por el agu­jero realizado por el Pyramid Rover en el 2002, proporcionando nueva e interesan­te información. Diseñada para ello, su cá­mara ha podido ver la parte posterior de la primera “puerta”, que está pulida, y en la que destaca el extremo posterior de los apliques de cobre, retorcidos hacia abajo contra la loseta para fijarlos en su sitio. Además, en el suelo de la “estancia” se pueden observar varios grafitos en rojo re­lacionados con la construcción, entre ellos una línea de di­rección. En principio, al lector poco avisado las líneas y grafitos pueden parecerle “misteriosas”, pero no tienen nada de raro; de hecho, son una prueba más de que fueron los egip­cios quienes cons­truyeron las pirámi­des. Terrestres y mor­tales como eran, para erigir las tum­bas de sus sobera­nos, los arquitectos del antiguo Egipto necesitaron trazar lí­neas directoras, que señalaran a los obre­ros dónde debían colocarse los blo­ques, además de utilizar jeroglíficos cursivos para dar a los capataces las in­formaciones pertinentes. Ahora solo queda por saber si tras la segunda loseta que bloquea el acceso hay un nuevo hueco o si el conducto termina aquí. Quizá sea el momento de instalar un taladro más largo en el «Pyramid Rover» y lanzarlo de nuevo con­ducto arriba. Seguro que «Djedy» está de­seando volver a subir a ver que más des­cubre con su cámara… que para eso tie­ne permiso del mandamas de las antigüedades egipcias.


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