QUE SON LOS OSNIS ?

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Como hasta el año 1947 prácticamente nadie había oído hablar de los OVNIs, nadie se atrevió a relacionar con ellos algunos fenómenos extraños que se habían producido en los mares o en sus proximidades. Y, sin embargo, los antiguos navegantes testificaron muchas veces, ante la incredulidad de sus oidores, que habían visto salir de las profundidades marinas imponentes esferas, o ruedas, muy luminosas, que se elevaban enseguida hacia las inmensidades del cielo; o habían contemplado estupefactos cómo cruzaban por debajo de las quillas de sus embarcaciones indefinidas estructuras – tendentes siempre a ser redondas – llenas de luz, a velocidades impensables para aquellos tiempos. Y estos relatos no se produjeron solamente a partir de que los barcos se adaptaron a la navegación oceánica para llevar a cabo la gesta del Descubrimiento, en las inmensidades del Atlántico, donde muy pronto se hizo célebre, tristemente célebre, el triángulo de las Bermudas o el mar de los Sargazos. Siglos antes, cuando las singladuras eran más cortas, porque se llevaban a cabo en las zonas próximas a las costas o, como mucho, en el Mediterráneo, también los marinos contaron cosas fantásticas, que después han resultado menos fantásticas, acerca de objetos submarinos – monstruos, fueron llamados en muchas ocasiones – que a veces salían a la superficie, y se elevaban volando perdiéndose de la vista rápidamente. Ya se sabía que los marineros son dados a la fantasía. Por eso, y porque los hechos que contaban eran increíbles, no les hicieron caso en su tiempo. Hoy, sin embargo – al menos en muchos casos – habría que darles la razón; porque muchos hechos están confirmando aquellas historias. LA ISLA DE SAN BORONDON Las crónicas antiguas hablaron de ella en varias ocasiones y ya en el siglo XVI se sabía de su existencia. Pero muy pocos la habían visto. Se trató, durante siglos – y todavía realmente habría que considerarla así – más de una leyenda que de una realidad contrastada. Sin embargo, algunos hechos, contemplados con la perspectiva que hoy podemos tener, sobre todo si nos referimos a la fenomenología OVNI, nos dan mucho que pensar. Entremos con mente abierta en el meollo del asunto. Resulta que en la zona de las islas Canarias, en diferentes lugares pero preferentemente en las proximidades de la isla del Hierro, y a juzgar por los lugareños que han mantenido la tradición de los sucesivos relatos acerca de su existencia, de vez en cuando emerge, como por arte de magia, una isla nueva, mucho más pequeña que las demás, y luego, en un lapso de tiempo variable pero que nunca se extiende más allá de unas pocas horas, desaparece. Como si las aguas se la tragaran, sin dejar rastro. Ninguna perturbación en la superficie de los mares, ninguna agitación previa, avisa que el fenómeno se va a producir. No es predecible, por lo tanto, el fenómeno. Y su hundimiento debe ser tan lento, tan majestuoso, que las aguas no se inquietan en absoluto. Una isla mágica ésta llamada de San Borondón, que ya conocían, y a la que probablemente rendirían culto – o por lo menos asombro – los recios guanches primitivos pobladores de las Canarias. Hay mucha magia en esas islas; de eso no cabe duda. Y sucede que, a veces – y en Canarias con frecuencia – la magia se concreta en realidades fantásticas. Los mitos se hacen realidad. Durante el siglo pasado, la isla de San Borondón apareció, por lo menos dos veces. Y nosotros hemos tenido la suerte de dialogar con un testigo de excepción de la última: Machín Padrón, un hombre que fue capaz de guardar toda la isla del Hierro en su corazón, y también toda su historia, sus leyendas y sus realidades. Fue durante los años 50. Nuestro testigo informador fue avisado una madrugada del prodigio por unos campesinos amigos suyos que vivían en la parte más alta y más al norte de la isla. Lo despertaron – nos contó – para que pudiera contemplar en medio del mar, entre el Hierro y La Gomera, una nueva tierra de la que los más viejos guardaban el recuerdo. A caballo, ascendieron lo más aprisa que pudieron hasta el lugar idóneo, al que llegaron ya con el Sol bastante alto. Era un día despejado, sin nubes, y con una visibilidad perfecta. Tuvimos la suerte de recibir de labios de Machín Padrón el relato de lo que vio aquel día lleno de asombro. Y lo hicimos en el mismo lugar en el que él estuvo contemplando los hechos. Desde casi los 2000 metros de altura en que nos encontrábamos, el mar quedaba abajo, a nuestros pies, y a lo lejos, mas perfectamente, se veían las islas de La Palma y Gomera. Muy cerca, los acantilados que conservan valiosísimos petroglifos con los mensajes que los guanches nos transmitieron en piedra, todavía indescifrados, y albergan a una ya escasa población de lagartos, inmensos, oscuros, esquivos, restos de una raza extinguida en todo el mundo. ¿UNA PLATAFORMA METALICA? Extrañas islas artificiales de apariencia metálica emergen de las profundidades ¿Acaso para la recolección de oxígeno?… Nos contó nuestro informante que él era el único superviviente de la isla del Hierro que había tenido la suerte de contemplar, y lo hizo durante varias horas, la mítica isla de San Borondón, que no era mito – porque él la estuvo contemplando – sino real. Y, si nos atenemos a su relato, repleto de detalles valiosos, la isla en cuestión es un territorio extraño. Le fue difícil a Machín Padrón determinar su extensión, pero la calculó en no inferior a los dos kilómetros de diámetro; en el caso de que fuera circular, que él creía que no, que era alargada. No distinguió vegetación, parecía que era una superficie lisa y de color plomizo, más elevada por uno de los extremos, en el que daba la sensación de que había edificios de estructuras totalmente geométricas, unas protuberancias rectangulares que iban decreciendo a medida que avanzaban hacia el interior. Es decir, a lo que más se parecía lo que estuvo contemplando el testigo del prodigio aquella mañana era a la cubierta de un portaaviones o de otra imponente nave semejante. No observó tampoco ningún tipo de movimiento sobre aquella plataforma detenida entre las tres islas; ningún cambio de color, nada. Tranquilidad absoluta. Aquella extraña isla emergida como por arte de magia parecía estar desierta. Duró varias horas la contemplación, más de medio día. Ya al atardecer, la isla comenzó a hundirse; o así se deducía, porque se veía cada vez en menor altura y extensión. Finalmente, después de unos minutos, las aguas del mar quedaron tersas y tranquilas tras engullirse aquella mole inmensa. Todo en calma. Como si nada hubiese sucedido.

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