Quetzalcoatl la serpiente Emplumada

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¿Qué o quién es realmente Quetzalcóatl? ¿Por qué el mito de la serpiente emplumada —y la misteriosa historia del hombre blanco que lo reencarna— sigue conmoviendo, de Alaska a la Patagonia, a todos los pueblos nativos de América? Aunque para algunos solamente sea un nombre imposible de pronunciar, los interrogantes que plantea la figura de Quetzalcóatl, a caballo entre la historia y el mito, son tan complejos y extensos como fascinantes. Dios y hombre a la vez, como el Cristo de la religión importada, este carácter dual es la primera clave que nos abre las puertas de un universo prodigioso, el de la oscura teogonía americana y sus ignoradas, pero más que probables conexiones con civilizaciones llegadas del Este y del Oeste. La tradición inmemorial, transmitida a través de las generaciones, nos ha legado una insólita descripción de este hombre-mito. Al parecer, Quetzalcóatl tenía la piel blanca, la frente amplia, la barba roja y entrecana y los ojos grandes y azules, de modo que en muy poco se parecía a los individuos naturales de México. Era, además, sorprendentemente alto, su figura destacaba holgadamente sobre las cabezas de los demás, y atención: vestía una amplia túnica blanca que se adornaba, sobre el pecho, con una cruz de un color rojo intenso… ¡Exactamente igual que los templarios! Estas y otras constataciones no menos insólitas, recogidas por la tradición, hacen creer a los investigadores en la posibilidad de que Quetzalcóatl fue quizás un hombre de procedencia europea que se adelantó en varios siglos a la llegada de los colonizadores españoles. Fue probablemente en el mes de marzo de 1517, con la llegada de Francisco Fernández de Córdoba al Yucatán, cuando los españoles tuvieron las primeras noticias de Quetzalcóatl en su versión maya de Kukulcán; cuando descubrieron, perplejos, que los nativos del Yucatán conocían y veneraban la cruz y poseían, además, nociones semejantes al bautismo, la confesión, la comunión, el diluvio universal, la virgen que concibe y las tres personas divinas. Tales evidencias alarmaron enormemente a los recién llegados y sembraron el desconcierto entre las más altas jerarquías eclesiásticas, que se afanaban desesperada e inútilmente en resolver este nuevo misterio, aduciendo las más extrañas y controvertidas teorías. No faltó quien intentara dar solución al problema acudiendo a la propia Biblia, como hiciera el historiador fray Diego Durán al rescatar las palabras de san Marcos que hablaban del envío de los apóstoles a predicar el Evangelio a todas las criaturas del mundo. ¿Y no eran también —argumentaba el fray— los indios criaturas de Dios? Otros escritores, como el oscuro Pedro Ruiz Ptolomeo, alquimista y nigromante sevillano del siglo XVI, no cejaron en su empeño por demostrar que Quetzalcóatl, el sacerdote de la cruz, era en realidad un destacado miembro de la Orden de los Templarios, quien llegaría a América huyendo de las persecuciones que contra dicha Orden se iniciaron en casi toda Europa. Lo que sí parece fuera de toda duda es que durante el tiempo en que Quetzalcóatl permaneció entre los aztecas, antes de exiliarse, al parecer, entre los mayas, el sacerdote encabezó una corriente nacida como reacción a la vida lujuriosa y desordenada que imperaba en la ciudad de Teotihuacán, actualmente México D.F., y que estaba ocasionando la ruina de la civilización y el imperio azteca. Quetzalcóatl suprimió los sacrificios humanos, muy frecuentes y tremendamente sangrientos, imprimiendo en el espíritu de los aztecas un profundo sentido de austeridad y misticismo y conduciéndoles al recogimiento y al ejercicio constante de los deberes religiosos. Después, el mero transcurso del tiempo y la tradición se encargaron del resto; el mito, sostenido por arquetipos mucho más antiguos de los pueblos americanos, estaba forjado. El gran Quetzalcóatl sería desde entonces recordado como el gobernante y político ejemplar, héroe civilizador, inventor del calendario, descubridor del maíz, maestro agricultor, inventor del arte de fundir metales, tallista de piedras preciosas, juez y jurista, rey de los Toltecas y dios unificador del mundo.

ARTILUGIOS VOLADORES

Pero, ¿cómo consiguió el extraño Quetzalcóatl llegar hasta el apartado y lejano imperio de los aztecas? ¿De qué medios se valió, de dónde procedía? ¿Por qué se le relaciona persistentemente, en el folclore mexica, con el planeta Venus. En el “Templo de las Inscripciones”, en México D.F., fue encontrada una hermosa lápida funeraria adornada con un extraño grabado: muestra una serie de figuras que parecen describir a un hombre pilotando una nave espacial. Pero si estas y algunas otras representaciones correspondieran a Quetzalcóatl, ¿qué razones motivaron al pueblo azteca a relacionar de un modo directo a su dios y gobernante Quetzalcóatl con el pájaro-serpiente, animal mítico, monstruo imposible que, según la tradición, llegó del cielo? Una serie de curiosos cuadros pintados por descendientes de los antiguos zapotecas, que se encuentran actualmente en la región de Oaxaca y en el Museo Nacional de México, muestran imágenes en las que se pueden apreciar extraños artilugios e ingenios humeantes, que sugieren la posibilidad de que la mítica serpiente no fuera sino el vehículo empleado por Quetzalcóatl en sus hipotéticos viajes a través de los cielos azules de México.

Izquierda: Quetzalcoatl (Mesoamérica); centro: Anunnaki (Sumer, Mesopotamia); derecha: Wandjina (Australia)... Casualidad que todos los "dioses" porten un bolso de mano?
Izquierda: Quetzalcoatl (Mesoamérica); centro: Anunnaki (Sumer, Mesopotamia); derecha: Wandjina (Australia)… Casualidad que todos los “dioses” porten un bolso de mano?

Corroborando, al menos en parte, estas nada ortodoxas teorías, encontramos el sorprendente códice “Telleriano-Remensis”, nada menos que del año 1509, en el que se describen los persistentes vuelos nocturnos de un ingenio espacial que realiza travesías y aterrizajes ante el asombro y terror de los enmudecidos indígenas mexicanos. “Cada atardecer —podemos leer en este códice— , y durante varias noches, aparece una gran claridad que nace del horizonte y sube hasta los cielos; de forma piramidal y con llamas, impresionó de tal modo al rey de Texcoco, que éste decidió acabar con las guerras”. SU RELACION CON EGIPTO Los descubrimientos arqueológicos actuales han constatado, entre muchas otras fascinantes cosas, que las pirámides construidas a ambos lados del Atlántico fueron erigidas con idéntica orientación astronómica y que la construcción en forma de grada es siempre la misma para ambas. Si además tenemos en cuenta que los egipcios veneraban a Ra, el dios del sol, y que Ra-Na era el dios sol entre los peruanos; que tanto el calendario mexicano como el egipcio constataban de un año de doce meses más cinco días por cada año, conocidos como “días sin uso”; que igual que en México, los egipcios contaban con doce dioses principales, uno correspondiente a cada mes; que por razones aún no descubiertas, desde el año 747 antes de Cristo, tanto en México como en Egipto el año solar comenzaba en la misma fecha, el 26 de febrero, y que las técnicas de medicina, y en especial las trepanaciones craneales, eran también muy similares en ambas culturas, concluiremos que tal cúmulo de coincidencias, aunque sin ser todavía concluyentes, nos sugieren la posibilidad de que entre ambas culturas hubiese existido, efectivamente, un contacto milenario, profundo y sostenido, tal vez a la sombra de la ¿mítica? Atlántida

La figura mítica del pájaro serpiente nos pone en contacto con el mundo oculto y simbólico de México, abriendo una puerta que conduce al orbe secreto y mitológico de los antiguos aztecas: las ondulaciones y anillos de la piel de la serpiente simbolizan la ligereza y sinuosidad del agua de los ríos mexicanos. El humo desenvuelto en la quietud de los páramos, las trombas fluviales o el polvo infernal del Dios del mal, el Dios Tezcatlipoca, opuesto de Quetzalcóatl. Quetzalcóatl, el Dragón del Cielo, era así considerado como una representación de la naturaleza en sentido amplio, del cambio y del movimiento del Universo. El pájaro quetzal, por el color verde esmeralda de su plumaje, su pico ganchudo y su cresta peculiar es, unido a la serpiente cascabel, el modelo preferido de la figura de Quetzalcóatl, que representa el sonido del trueno, cuyas plumas son la lluvia y el llanto del pueblo azteca, y sus garras afiladas, la furia de los guerreros mexicanos. Aunque si uno se pone a atar cabos, Quetzalcoatl, se asemeja a ciertos personajes de relatos antiguos de otras culturas ancestrales, como la Sumeria, en la cual Enki (“deidad”) es representado con la serpiente, simbolizando su sabiduría. Tal vez, ese misterio y paralelismo pueda develar la razón de las similitudes entre las Pirámides de uno y otro lado del Atlántico, pero ese es otro tema… CORTES Y MOCTEZUMA Por una rara y curiosa coincidencia, en 1519, año en que Cortés desembarcó, la tradición azteca predecía el retorno de Quetzalcóatl, que había partido ya hacía largos años hacia el Oriente, embarcado en una almadía de serpientes enroscadas. “Cuando vieron las velas blancas creyeron que era Quetzalcóatl que volvía, trayendo sus templos por el mar”. Este hecho desmoralizó a Moctezuma, que se vio asaltado por tristes pensamientos, pues tenía mala conciencia. Mandó llamar a sus sacerdotes diciéndoles: “Este es Quetzalcóatl que vuelve ya a la ciudad de Tula”. Esta confusión, a la que en gran medida contribuyó el resplandor áureo de las armaduras y vestimentas de los conquistadores, salvó la vida de Cortés y de sus acompañantes, quienes en una extraña muestra de gratitud y agradecimiento, penetraron con sus ejércitos hasta el corazón del imperio, ocasionando su destrucción.

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