SANGRE AZUL, MALDITOS ?

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Desde tiempos remotos, el ser humano ha sido víctima de fuerzas sobrenaturales de carácter maligno que, controladas y redirigidas por personas con insólitas ­capacidades mágicas, han influido de forma negativa en la integridad física de las gentes. Llamativamente, las clases aristocráticas, las monarquías y otros altos ­poderes terrenales, a menudo han sido víctimas de tales imprecaciones. Veamos algunos ejemplos de cómo y sobre quiénes actúan estas temibles maldiciones.
A diferencia de otras ciudades, la localidad jiennense de Martos, que se corresponde con la legendaria Tucci de los iberos, ya parte con una gran ventaja esotérica gracias a su singular emplazamiento, sobre la ladera occidental de una impresionante roca conocida como La Peña. En su cima (1.003 m) todavía quedan restos de la antigua atalaya hispano-musulmana. Martos se beneficia de las fuerzas cósmicas y de los poderes sobrenaturales del crepúsculo. No es extraño que, desde tiempos ancestrales, se hayan celebrado en ella innumerables ritos, y que flote en su ambiente una de las maldiciones más sobrecogedoras de nuestra historia medieval.

AUGURIOS NEFASTOS
El episodio se remonta al año 1312, en tiempos del monarca castellano Fernando IV «El Emplazado», cuando éste, al frente de sus ejércitos y camino de la plaza de Alcaudete, se asentó en Martos y tuvo que decidir en el juicio por el asesinato de un tal Juan Benavides, un noble caballero que, en su campamento, fue sorprendido por dos hombres encapuchados que se dieron a la fuga tras acuchillarle por la espalda. A pesar de que ninguno de los testigos pudo presentar pruebas concluyentes contra los hermanos Carvajal, estos fueron considerados los únicos sospechosos del crimen.

Estos hermanos, ilustres caballeros marteños, gozaban del mayor respeto y cariño en la población. Sin embargo, el rey, quien tanto odio demostró en su vida hacia los caballeros de Calatrava y, sobre todo, hacia los templarios, no dudó en dictar una sentencia más digna de plebeyos que de hidalgos: introducir a los reos en sendas jaulas de hierro, con puntas afiladas mirando hacia dentro y, después, arrojarlos desde la cima de La Peña. Los Carvajal, del todo inocentes a los ojos del pueblo, cayeron rodando hasta llegar al llano. Las jaulas con los ensangrentados despojos se detuvieron finalmente en la zona conocida como la Cruz del Lloro, donde actualmente se alza una picota, utilizada después para castigar y ejecutar a los condenados por el Santo Oficio.

El Emplazado, que tenía prisa en proseguir la contienda contra los nazaríes, no tardó en levantar el campo y dirigirse hacia Alcaudete. Sin embargo, por razones de salud y ante una extraña enfermedad, tuvo que regresar a Jaén. Sin embargo, al pasar nuevamente por Martos, recordó que los desdichados calatraveños, antes de ser arrojados desde la cumbre, le auguraron que no tardaría en recibir un castigo divino… Por razones nada claras, Fernando IV fallecía días más tarde, a la edad de 26 años, en la ciudad de Jaén. Era el 7 de septiembre de 1312

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