UN MENSAJERO DEL MAS ALLA

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Este curioso Espectro habita las profundidades del Rin, principalmente en su recorrido por las tierras de Alemania; dónde se lo llama habitualmente “El mensajero de los Muertos”.

Está subordinado al dios principal de éste río, Nicus, terrible espíritu cuya mayor alegría consiste en contemplar el sufrimiento de las jóvenes que se suicidan lanzándose al Rin.

Nixcobt es el encargado de mantener las relaciones entre los habitantes del río y los del litoral. Posiblemente es el poblador más extraño de toda la mitología del Rin.

Cuando se vislumbra la primera luz de la aurora, y las cimas de las montañas comienzan a vestirse con su tenue resplandor, suele verse una especie de hombre, bajo y obeso, horriblemente grotesco, recorriendo las calles de los pueblos al abrigo de las últimas sombras de la noche. Su espantosa cabeza da vueltas alrededor de un cuello delgado, como si fuese un eje que le permite, sin disminuir su marcha, inspeccionar todo lo que ocurre a su alrededor. Sus piel está cubierta de escamas, y unas aletas se insinúan en sus gruesos tobillos. En el centro de los ojos brilla un punto de luz roja. Sus dientes y su cabellera son verdes. Su boca se contrae en una sonrisa fija que hiela el corazón de quién tiene la desgracia de verlo. Así es Nixcobt.

Algunas Leyendas.

Suele atormentar a los inocentes con astucias maliciosas. Es famosa la leyenda del hombre que despierta todos los días con un cuchillo en su almohada. No importa cuán lejos lo arroje, el cuchillo siempre retorna al lecho. Desesperado, el hombre comienza a pensar que padece de alguna clase de sonambulismo; y que recorre las noches armado con el infame filo en busca de víctimas para inmolar. Al enterarse de crímenes que nunca cometió, el pobre hombre lleno de culpa, se suicida.

Ahora bien, no en vano Nixcobt realiza estos engaños, ya que su alimento preferido es la magra hierba que crece en las tumbas de quienes no fueron enterrados en tierra santa. Allí disfruta de su festín de putrefacción, entre los vahos cadavéricos, danzando luego sobre las flores marchitas que crecen en la tierra profana, dónde descansan los suicidas olvidados.

No sólo encuentra placer en atormentar a los inocentes, también los criminales temen a sus apariciones: suele imitar las voces de aquellos que fueron asesinados, susurrando tétricos clamores en los oídos de los asesinos. Presos de un terror indecible, éstos sicarios tarde o temprano ceden o enloquecen. Aquellos que pierden la cordura se matan inmediatamente, sin poder soportar los horribles lamentos que retumban en sus oídos. Pero la peor parte la llevan quienes logran mantener algún atisbo de cordura. Presos de un pánico atroz, confiesan sus crímenes ante las autoridades, pensando que la expiación del crimen silenciará las voces. El pobre infeliz casi disfruta del silencio de la húmeda celda. Pero durante la primera noche en prisión, el clamor renueva su tormento; y ya no son voces que susurran, sino una letanía ensordecedora, aullidos imposibles de articular por una voz humana son los que acompañan al desdichado hasta que logra darse muerte. A menudo, al no poseer elementos que puedan facilitarle el suicidio, termina desgarrando las venas de sus brazos con los dientes, muriendo lentamente, desangrado.

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