EL URÓBOROS, SÍMBOLO DEL ETERNO RETORNO

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Este antiquísimo símbolo nos habla de la circularidad del tiempo, constante en numerosas tradiciones esotéricas.

“En mi principio está mi fin”. Así comienza uno de los memorables poemas del gran poeta inglés T.S Eliot, East Coker. El tiempo realiza sus progresos, el ciclo de vida y muerte se sucede; vemos el paisaje cambiar, las generaciones relevarse; y un determinado día, al borde de nuestro hálito final, nos damos cuenta de que todo estuvo ahí desde el principio, de que nuestra vida no ha sido más que trazar convulsamente un círculo.

Todo vuelve irremediablemente, y por eso el hombre pronto encontró una imagen que diera cuenta de esta inquietud esencial: se le llamó Uróboros, un animal serpentiforme que contorsionado en círculo devora su propia cola. El Uróboros está presente, desde hace miles de años, en diversas culturas, por ejemplo la egipcia, –aparece inscrita en la pirámide de Unis, en el 2300 a. C. Sin embargo, el contexto donde más se procura este símbolo es en el arte de la alquimia donde representa la cíclica emergencia y destrucción de todas las cosas.

En cuanto a las alusiones mitológicas, tenemos también múltiples episodios “urobóricos”. En Sísifo, condenado en el Tártaro a repetir ad nauseam el esfuerzo absurdo de subir una y otra vez una roca al culmen de una montaña, se representa por diferente medio esa misma obsesión por la circularidad, en este caso teñida de condena. Algo similar ocurre en el mito de Ixión, condenado a girar eternamente atado sobre una enorme rueda, da muestra del carácter inquietante de esta sentida reversibilidad del tiempo.

El Uroboros, su figura, esconde numerosos misterios. Por ejemplo, desde una perspectiva esotérica, representa el equilibrio de las fuerzas universales, la correspondencia de todo bien con todo mal, el flujo constante de la vida que nos balancea en su movimiento pendular. Mientras que dentro de las enseñanzas herméticas –cuya máxima “como es abajo es arriba; como es arriba es abajo”–, nos vincula irremediablemente con los procesos inexorables del cosmos.

El Uróboros muestra también una especial semejanza con el Enso, el trazo circular de tinta practicado habitualmente por el monje zen. A la luz de esta analogía, puede que también oculte parte de su significado en el espacio vacío que su cuerpo delimita. Tal como sucede con el Enso, el Uróboros parece apresar la vacuidad con su cuerpo, indicando el vacío esencial de toda realidad o, como promulgó Bodhidarma, mítico fundador del zen, la inexistencia de la mente. El Uróboros vendría a ser, desde este punto de vista, como aquel círculo descrito en el Shin Jin Mei: Un círculo como un vasto espacio, al que no le falta nada, y no le sobra nada.

La forma del círculo ha estado presente a lo largo de todas las civilizaciones humanas. El Samsara, o ciclo de nacimiento, vida, muerte y encarnación, propio de las tradiciones filosóficas de la India, suele ser representado pictóricamente como un círculo o rueda en la que una profusa simbología ilustra el flujo perpetuo de la existencia. Todo vuelve, todo retorna, principio y fin se confunden, y como apresados en la forma perpetua del círculo, volvemos nosotros al primer verso de East Coker con el que abrimos el artículo: “En mi principio está mi fin”.

Jorge Luis Borges imaginó un laberinto irresoluble que constaba de una sola línea recta. Es posible que el Uróboros represente algo similar: nuestro personal laberinto humano, desprovisto de corredores zigzagueantes, y en el que el único misterio, impenetrable, sería el de encontrarnos a nosotros mismos justo antes de haber emprendido el camino.

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