Oops! It appears that you have disabled your Javascript. In order for you to see this page as it is meant to appear, we ask that you please re-enable your Javascript!

LOS TEXTOS SAGRADOS DE LAS RELIGIONES Y LOS DIOSES QUE VINIERON DE LAS ESTRELLAS

La URL corta de este articulo es : https://wp.me/p7ETdR-kw
Print Friendly, PDF & Email


La religión jainista pone mucha atención en el aparigraha,

el desapego de las cosas materiales a través del control

de uno mismo, penitencia, limitación voluntaria de las

necesidades y consecuente disminución de la agresividad.

El vegetarianismo es un modo de vida para un jainista,

teniendo su origen en el concepto de jīva dāya

(‘compasión por los seres vivos’) y el a-himsá (la no violencia).

La práctica del vegetarianismo es vista como un instrumento

para la práctica de la no violencia y la coexistencia pacífica

y cooperativa. Los jainistas son vegetarianos estrictos (dieta vegana)

que consumen solamente seres sin sentidos (sin sistema nervioso),

principalmente del reino vegetal.

Si bien la dieta jainista implica el aniquilamiento de cosas sin
mente como son las plantas, esto se ve como la forma de sobrevivir
que causa el mínimo de violencia hacia los seres vivos (muchas
formas vegetales como frutas o raíces son mejor vistas por el
Jainismo por comportar simplemente la extracción de una parte
de la planta y no su destrucción total).
Aparte de las escrituras antes indicadas, se supone que existieron
libros en tiempos remotos, pero que se han perdido.

Pero los creen que estas escrituras fueron

transmitidas oralmente a los sacerdotes a lo largo de

las generaciones. Y creen que siempre están apareciendo

reencarnaciones de los antiguos profetas que revelan de

nuevo su contenido, en la medida en que la gente y los

tiempos estén preparados para recibir tales enseñanzas.

Sólo se han conservado fragmentos de los textos perdidos,
pero su  contenido es realmente asombroso, tales como:
“Cómo viajar a tierras lejanas por medios mágicos;
hacer milagros y transformar las plantas y
los metales;   Cómo volar por los aires”.

También en la literatura sánscrita se describe el vuelo por los aires.

Según las enseñanzas, la época en que vivimos no es más

que una entre muchas. Antes de nuestro tiempo hubo otros periodos

cósmicos y dentro de poco tiempo empezará una nueva época.

Estas épocas nuevas siempre vienen anunciadas por veinticuatro
profetas, los tirthamkaras. Los profetas de nuestra época están
naciendo ahora, o quizás ya sean adultos. Los líderes religiosos
del jainismo dicen conocer sus nombres y otros detalles de sus vidas.
El primero de estos profetas (tirthamkaras) fue Rishabha y
 se dice que vivió en la Tierra durante unos increíbles
 8.400.000 años. Rishabha era un gigante, pero los patriarcas
que lo sucedieron fueron cada vez menos longevos y menos altos.

Pero, no obstante, el vigésimo primero, que se llamaba

Arishtanemi, llegó a vivir 1.000 años y medía diez codos de alto.

Sólo los dos últimos, Parshva y Mahavira, alcanzaron una edad razonable.

Parshva vivió cien años y sólo medía 2,74 metros

de estatura, mientras que Mahavira, el vigésimo cuarto

tirthamkara sólo alcanzó los 72 años de edad y sólo

medía 2,12 metros. Los jainistas sitúan la aparición de

los tirthamkaras en unos tiempos increíblemente remotos.

Se supone que los dos últimos, Parshva y Mahavira,
murieron en el 750 y en el 500 a. C, respectivamente,
mientras que el sucesor del primer patriarca Rishabha
estuvo presente durante unos 84.000 años.
Estos astronómicos números que se nos presentan deberían
llamar la atención a los investigadores de mitos y de los
teólogos. La razón es que tenemos un núcleo de tradiciones
 que se relatan en muchos libros considerados sagrados.

En la antigua lista de los reyes babilónicos se cuentan

diez reyes desde la creación de la Tierra hasta el Diluvio,

que reinaron durante un total de unos 456.000 años.

Después del Diluvio, «volvió a bajar del cielo el reino una vez
más», y los 23 reyes siguientes reinaron durante otros 24.000
años. A los patriarcas bíblicos también se les atribuyen edades
increíbles.

Se dice que Adán vivió más de 900 años; Enoc tenía 365 años

cuando ascendió en un carro de fuego, mientras que su hijo

Matusalén vivió 969 años. En el antiguo Egipto el sacerdote

Manetón dejó escrito que el primer monarca divino de Egipto

había sido Hefaisto, que también había traído el don del fuego.

Después de él vinieron Cronos, Osiris, Tifón, y Horus, hijo de Isis.

Después de los dioses, los descendientes de los dioses reinaron

durante 1.255 años. Y después vinieron otros reyes que

reinaron durante 1.817 años. Tras esto, otros 30 reyes reinaron

durante 1.790 años.

El reino de los espíritus de los muertos y de los descendientes
de los dioses abarcó 5.813 años. El historiador Diodoro de Sicilia,
que hace 2.000 años escribió varias obras, confirma estas fechas.

Desde Osiris e Isis hasta el reinado de Alejandro, que fundó la

ciudad de Alejandría, en Egipto, se dice que pasaron más de

10.000 años; pero algunos dicen que ese periodo abarca en

realidad unos 23.000 años. También el griego Hesíodo, en su

obra “Mito de las cinco razas de la humanidad”, escribió

(hacia el año 700 a. C.) que originalmente los dioses

inmortales habían creado a los seres humanos:

«Estos héroes de excelente origen, llamados semidioses,

que en los tiempos anteriores a los nuestros residían en la Tierra sin límites…»

Los jainistas, como hemos visto, no son los únicos que relatan fechas tan astronómicas.

Pero, además, muchos de sus escritos son revolucionarios

desde el punto de vista de la ciencia moderna. Su concepto

del tiempo, del kala, parece formulado por un físico actual.

Su unidad de tiempo más pequeña es el samaya. Éste es el

tiempo que tarda el átomo más lento en recorrer la distancia

de su propia longitud.

Una cantidad innumerable de samayas

 constituyen unavalika, y 1.677.216 avalikas componen un muhurta,

 que equivale a 48 de nuestros minutos.

Treinta muhurtas equivalen a un ahoratra, que es la duración exacta de un día y una noche.

Si multiplicamos 48 minutos (un muharta) por 30, obtenemos 1.440 minutos, que es exactamente el número de minutos que hay en 24 horas.

Pero la medida del tiempo de los jainistas tiene millares de

años de antigüedad, y se dice que fue comunicada a los seres

humanos por seres celestiales.

Quince ahoratras constituyen un paksha, que es medio mes;

dos pakshas equivalen a un mes. Dos meses son una

estación; tres estaciones son unayana o temporada.

Dos ayunas valen un año, y 8.400.000 años son un purvanga.

Pero el cálculo continúa: 8.400.000 purvangas constituyen

un purva (16.800.000 años). La cuenta de los jainistas llega

hasta increíbles números de 77 cifras. Más allá de estas

cifras, los valores se dan en términos de conceptos

concretos, semejantes a nuestros años luz, para

una distancia tan enorme como 9.500.000.000.000

kilómetros. ¡Realmente asombroso!

Y para demostrar que todo esto no son simples fantasías,

tenemos que los mayas de la América Central utilizan

cifras igualmente mareantes, y también las relacionan

con el tiempo y con el universo del mismo modo que

los jainistas de la lejana Asia.

Los jainistas tomaron también de sus maestros celestiales

unas definiciones de lo que es el espacio que resultan

sorprendentes, y que hacen comprensible la relación de éste

con el misterioso concepto del karma.

En los textos científicos de los jainistas, el átomo ocupa un punto en el espacio.

Este átomo puede unirse con otros para formar un skandha,

que abarca entonces varios puntos en el espacio o un número

de éstos imposible de medir.

Nuestra propia ciencia enseña lo mismo: dos átomos

pueden formar una cadena de proporciones mínimas,

pero también existen cadenas moleculares que contienen

muchos millones de átomos.

Estas cadenas atómicas producen sustancias y materiales de

diversas densidades. Las enseñanzas jainistas distinguen seis

formas principales de cadenas o conexiones de este tipo:

 Fino-fino: cosas que son invisibles;   Fino: cosas que también

son invisibles;  Fino-áspero: cosas que son invisibles pero

perceptibles por el olfato y el oído;  Áspero-fino: cosas que se ven

pero no se sienten, como las sombras o la oscuridad;  Áspero:

cosas que se reúnen por sí mismas, como el agua o el aceite;

Áspero-áspero: cosas que no se reúnen sin ayuda exterior, como

la piedra o el metal.

En el jainismo, hasta una sombra o un reflejo se consideran

materiales, porque son producidas por una cosa.

 Ni siquiera el sonido se clasifica en la categoría de

«fino-fino», sino que se considera una materialidad fina,

resultado del «frote de grupos de átomos entre sí».

Según esta enseñanza, la sustancia «fina-fina» puede

penetrarlo todo y, por lo tanto, puede desempeñar una

influencia modificadora sobre otras sustancias.

La sustancia que penetra en un alma se expresa

como karma, lo que nos vuelve a llevar al tema de la reencarnación.

Se considera que el karma es eterno, lo que podría aportar

una idea de inmortalidad de la esencia de cada ser.

Actualmente se sabe que todo tipo de materia se puede reducir al nivel atómico.

Y el mismo átomo está compuesto de partículas subatómicas,

entre las que destaca el electrón, que oscila a un ritmo de 1023

veces por segundo. Actualmente los jainistas considerarían

la materia de este electrón como «fina-fina»: ya que no es

posible captarla y, además, es inmortal.

El átomo actúa como «el espíritu dentro de la materia», de

manera parecida a una onda de radio que penetra sustancias determinadas.

Y resulta que los pensamientos de toda forma de vida influyen sobre sus obras.

En línea con esto, el astrónomo y físico inglés Arthur Eddington

escribió: «La sustancia del mundo es la sustancia del espíritu».

Y Max Planck, ganador del premio Nobel de Física, dijo lo siguiente:

“No existe la materia como tal. Toda la materia surge y se

sustenta únicamente en virtud de una fuerza que hace oscilar las partículas”.

Toda existencia es un eslabón en una larga cadena y

dado que nuestros pensamientos dirigen nuestros

actos, estos actos dejan su rastro en nuestra mente y espíritu.

Los jainistas conciben lo que llamamos «alma» como la materialidad «fina-fina» del cuerpo físico.

Esta materialidad penetra el cuerpo como el electrón

al átomo. El electrón pertenece al átomo, pero los dos

no entran nunca en contacto entre sí.

El átomo puede cambiar de posición, unirse a otros para

formar cadenas moleculares gigantescas, y siempre estará

acompañado de electrones; pero lo raro es que no son los

mismos electrones, pues el electrón «salta» de un átomo a

otro, por ejemplo, cuando se le aplica calor.

Y en la misma milmillonésima de segundo en la que un electrón

salta a un nuevo átomo, otro electrón ocupa el lugar que deja vacío.

 De modo que tenemos una actividad «fina-fina» eterna

e inmortal, una oscilación más allá del átomo material.

Los jainistas ven el karma del mismo modo. No importa qué le

suceda al cuerpo físico, que lo incineren o se pudra bajo tierra:

el karma sigue siendo inmortal.

Este karma contiene toda la información sobre la forma

vital a la que pertenece. A lo largo de la vida pensamos

y sentimos; estos pensamientos y estos sentimientos se

trasponen sobre la sustancia «fina-fina» del karma.

Cuando este karma se forma sobre un nuevo cuerpo,

ya contiene toda la información de su existencia anterior

y sigue conteniéndola para toda la eternidad.

Pero, dado que el fin último de la vida es alcanzar un

estado de serenidad absoluta, siendo uno con Brahma,

elkarma nos conducirá a esa meta por una serie de

innumerables reencarnaciones. Esta manera de pensar

no está demasiado alejada de la filosofía actual y de los

descubrimientos de la física moderna (ver el artículo

“La física moderna, ¿debe algunos de sus conceptos a civilizaciones remotas?”).

 Lo que puede sorprendernos es que unas teorías tan

complejas fueran enseñadas hace miles de años por unos

maestros que se dice que aparecieron de las profundidades del universo.

La última época de los jainistas comenzó hacia el 600 a. C.

con el último de los 24 tirthamkara,  llamado Mahavira,

que era el hijo de un rey cuyo embrión se dice que fue

implantado en el vientre de su madre, la joven reina, por

seres celestiales. Un tema recurrente en muchas de las

tradiciones existentes.

Se espera que todos estos maestros celestiales de la

Antigüedad reaparecerán, reencarnados en nuevos cuerpos.

Existen muchas pinturas jainistas antiguas en las que

aparece representado el vigésimo cuarto tirthamkara, el

profeta Mahavira. Por encima de la procesión en su

honor flotan cinco misteriosas aeronaves celestiales.

Pero existen diferencias apreciables entre las expectativas

del regreso de los dioses por parte de los jainistas y por

parte de los cristianos, musulmanes o judíos.

Estos últimos creen que aparecerá un Mesías que los juzgará,

y mientras los fieles disfrutarán de la gloria celestial los

infieles se asarán en el infierno. Los jainistas son más originales

y no esperan a un solo salvador, sino a varios a la vez.

Los profetas o tirthamkaras regresan constantemente, en

cada una de las épocas.

Después de su aparición no hay un

fin del mundo definitivo, no se alcanza el gozo celestial ni

tampoco la condenación eterna, sino que comienza un nuevo

acto en el teatro del universo.

Los tirthamkaras tienen menos

de salvadores que de ayudantes.

Preparan a los seres humanos para la época siguiente.

Por eso se reencarnan como seres humanos, tal como vemos

en las profecías de Enoc cuando se refieren al «hijo del hombre».

Pero su sustancia y su conocimiento kármico proceden del universo.

Son extraterrestres los que implantan el embrión en el

vientre de la mujer virgen. Y es importante tener en cuanta

que estas ideas proceden de hace varios miles de años antes

del nacimiento de Cristo, por lo que los jainistas no

pueden haber tomado del cristianismo el concepto del nacimiento

virginal.

No es de extrañar que unos maestros cósmicos tales como

los tirthamkaras tuviesen grandes  conocimientos en astronomía.

De estas fuentes es de donde los jainistas aprendieron sus

increíbles datos astronómicos.

Sus enseñanzas muestran que fueron capaces

de medir las dimensiones del universo.

Su unidad de medida era el rajju, la distancia que

recorre Dios volando en seis meses (curiosa unidad de

medida, que sugiere un dios muy “humano”), cuando

viaja a 2.057.152 yojanas por segundo (sea cual sea la

correspondiente unidad de tiempo nuestro a la que

la asimilemos, estamos hablando de velocidades inimaginables).

Las enseñanzas jainistas dicen que la Tierra está rodeada

por tres capas, que se diferencian por su densidad: densa

como el agua, densa como el viento y densa como un viento

fino. Más allá está el espacio vacío.

Es realmente asombrosa la semejanza con las conclusiones

de la ciencia moderna, que nos habla también de tres

capas: atmósfera; troposfera, que contiene nitrógeno y oxígeno;

y estratosfera, con la capa de ozono. Más allá está el espacio

interplanetario.

Actualmente, la gente admite cada vez más la

idea de que deben existir en el universo otras formas de vida

aparte de las terrestres. Los jainistas lo han creído siempre:

para ellos, todo el universo está lleno de formas de vida que

están repartidas desigualmente por los cielos.

Es interesante advertir que aunque reconocen la existencia

de las plantas y de las formas de vida básica en muchos

planetas diferentes, afirman que sólo en algunos

planetas determinados existen seres dotados de

«movimiento voluntario».

Los filósofos de la religión jainista describen las diferentes

características que poseen los habitantes de los diversos mundos.

Los cielos de los dioses dependen de los Kalpas, que son

un período de tiempo que comienza con la creación del

Universo y termina con su destrucción y la total vacuidad en el espacio.

Un kalpa consiste de cuatro períodos: el período de la

creación, el período de la existencia, el período de la destrucción

y el período del espacio vacío.

En ellos, al parecer, se pueden encontrar maravillosos

palacios voladores: unas estructuras voladoras que forman

muchas veces ciudades enteras.

Estas ciudades celestiales están alineadas unas sobre las otras

de tal modo que los vimanas (los carros de los dioses) pueden

salir en todas direcciones desde el centro de cada «nivel».

Cuando termina una época y están a punto de nacer nuevos

tirthamkaras, suena una campana en el palacio principal del «cielo».

Esta campana hace que suenen campanas en los otros

3.199.999 palacios celestiales. Enseguida, los dioses se reúnen,

en parte por amor a los tirthamkaras y en parte por curiosidad

. Y a continuación, transportados por un palacio volador,

visitan nuestro sistema solar, y comienza una nueva época sobre la Tierra.

En el budismo, el concepto fundamental de la redención

aparece bajo una forma muy semejante a la del jainismo,

que era una doctrina anterior a la llegada del Buda (560-480 a. C)

.Buda significa «el despierto» o «el iluminado» y su nombre propio era Siddharta.

Nació en el seno de una familia noble y se crió entre

lujos en el palacio de su padre, en las estribaciones del

Himalaya, en Nepal. A los veintinueve años de edad abandonó

su hogar y se dedicó durante siete años a la práctica de la

meditación, buscando el camino del conocimiento.

Pero en los tiempos del Buda, los dioses de la mitología ya

llevaban mucho tiempo de existencia.

Después de su iluminación, sintió que era la reencarnación

de un ser celestial. Se puso a predicar a sus discípulos el sendero

óctuple, que podría conducir a todas las gentes a la iluminación.

El Buda estaba convencido de que el futuro traería a otros budas

y en su discurso de despedida elMahaparinibbana-Sutta habla

de estos budas del futuro. Profetizó a sus discípulos que uno de

ellos llegaría en una época en que la India estaría abarrotada de

gente y las ciudades y las aldeas estarían pobladas tan

densamente como gallineros.

En toda la India habría 84.000 ciudades; en la ciudad de

Ketumati (la actual Benarés) viviría un rey llamado Sankha.

Y durante el reinado de este rey bajaría a la Tierra el sublime Metteya

(también llamado Maitreya): un maravilloso y único

«conductor de carros y conocedor de mundos», maestro

 el Buda perfecto.

La profecía del Buda es semejante a las enseñanzas jainistas

del regreso de los tirthamkaras.

El budismo habla también de diferentes épocas,

que se comparan con una rueda que gira.

La única diferencia es que en el budismo estas épocas tienen

una duración astronómica.

Es frecuente encontrar unas mismas cifras

en culturas que están muy alejadas unas de otras.

Según las crónicas babilónicas, los antiguos reyes o monarcas

del cielo reinaban durante miles de años.

 La duración que se atribuye a los reinados de los

dioses sumerios Anu, Enlil, Ea, Sin y Sama y Adad  se

asemejan mucho a las duraciones que se asignan a los

yugas o épocas en la India .

PUBLICIDAD

Leave a Reply

A %d blogueros les gusta esto: